domingo, 3 de septiembre de 2017

NELSON CASTRO Y LA IMAGINACION


Fue a las ocho y monedas de la mañana, en el transcurso de unas diez cuadras en auto, debo reconocer que me encontraba en el estado en que la modorra aún no se despega del cuerpo y las lagañas se aferran a los ojos como si quisieran vivir allí.
Estaba la radio encendida y la voz de Nelson Castro, con el tono de profesor de secundaria que siempre utiliza para ofrecer sus opiniones dijo, luego de mencionar y dejar traslucir su disgusto por una inminente movilización de trabajadores en protesta al gobierno y a razón de ello:
-El debate que falta en la Argentina y que deben darse los gremios de trabajadores es el del advenimiento de la era tec-no-ló-gica, sí, la era tecnológica, no debemos imaginarnos que esto se dará con complejos robots, que la robotización se dará de este modo, no…
Me interesó, ya estaba detenido en el semáforo de 40 y 29, que ahora dura el tiempo suficiente como para supervisar el aseo facial y acomodar los cabellos rebeldes. Nelson continuó:
-Por ejemplo, está el tema por llegar de los automóviles autoconducentes, ¿ustedes se imaginan cuando en un tiempo esto llegue? ¿los medios de transportes autoconducentes? Porque va a llegar, y ahí el empleo de los transportes estarán en un problema, los camiones, los taxis, los remises, toda esa gente no va a tener trabajo, los móviles se conducirán solos, ¿lo imaginan?
Si algo me gusta en la vida es que me inviten a la imaginación, y entonces cerré los ojos y me vi, me vi tomando mates en el auto mientras la Suran autoconducente me traslada por dónde yo le pida, imaginé también que yo podría ir en el asiento de atrás ensayando acordes en mi guitarra, componiendo, mientras el piloto invisible lidia con los controles, o mejor aún, podría conversar con el piloto, y este podría estar programado para hacer terapia sicológica...
El bocinazo interrumpió mi vuelo onírico. Me bajó de un hondazo. El semáforo ya estaba en verde y los bocinazos de los autos tras de mi me recordaron que el que conducía y conduce, lamentablemente, todavía soy yo.

LA NOVENA Y EL BESO


(sólo para músicos... aunque no sé)
Dicen que el primer beso no se olvida aunque sospecho que lo que resiste al olvido es, probablemente, la sensación del primer beso. Un sentir que por ser la primera vez provoca un nuevo espacio, como un ladrillo que conforma la pared, y que cuando el ladrillo no está surge la ausencia, un hueco que se rellena con un nuevo ladrillo, con enduido o -quizás es lo deseable- con nostalgia. Porque algo es inevitable: ya nunca más habrá una primera vez.
La primera vez que escuché una novena en un acorde en mi guitarra criolla sentí una vibración en la caja sobre mi cuerpo que se transportó inmediatamente al alma. La novena natural sobre un acorde mayor o uno menor es una pincelada sublime, un toque bellísimo como un atardecer sin nubes, como el vuelo estático del colibrí, o como un beso enamorado. Imaginen entonces como es la primera vez que se siente un acorde con novena vibrando en el cuerpo pegado a la caja de la guitarra.
La novena es uno de los tantos intervalos amables que existen, la preciosidad de la novena natural es aún mayor cuando se produce el acoplamiento de segunda mayor con la octava nota. Intuyo que Troilo se enamoró de las novenas naturales y por eso aparece en sus arreglos. Pink Floyd las incluyó en su repertorio abriendo la puerta de las novelas al rock. Tom Jobim, Paco de Lucia, Ralph Towner, Gustavo Cerati, Spinetta, Paez, Robert Fripp, Carnota, Charly García le hicieron gran honor a la novena natural.
Si alguien que no es músico no alcanza a comprender de lo que hablo le sugiero esta prueba. Las estrofas de Every Breath You Take de The Police tienen la misma secuencia armónica que otros clásicos como Stand By Me, Mister Postman, Despeinada, Yo no me sentaría a tu mesa y tantos otros, pero el detalle está en la sonoridad que Andy Summers le aportó agregando la novena natural a cada uno de los acordes. Esa fueron mis primeras novenas, se ve que a Andy Summers le encantaron porque en el mismo compilado aparecían también en Message In A Bottle.
Extraño la sensación de mis primeras novenas, iba al baño y me encerraba horas para gozar de ellas, hoy las toco y se disfrutan. Quizás, como los besos, hasta haya encontrado mejores, pero las primeras, fueron las primeras.

AH TRAE LA GUITARRA



La invitación habitualmente es del mismo tenor, palabras más palabras menos es algo así: venite que nos juntamos, hay asado, Fulano se encarga de comprar todo, Mengano de la parrilla y Sultano del postre, después hacemos las cuentas y arreglamos. Me refiero a grupos de amigos que no son músicos, de otros ámbitos, o a veces, inclusive, de la familia.

Yo hago memoria, evalúo posibilidades, horarios, consulto en casa y entonces si nada lo impide acepto. Pero ocurre que apenas termino de confirmar mi asistencia, llega un nuevo mensaje a modo de epílogo:

-Ah, trae la guitarra.

Confieso que tengo una personalidad insegura y me cuesta exponerme en ese tipo de reuniones. Y repetidamente alego lo mismo: no siempre a todos los concurrentes les gusta que saque la guitarra y me ponga a tocar. Yo eso lo aprendí con el tiempo después de algunas experiencias pero es inevitable que alguno me diga ¿Quién te crees que sos, Slash? ¡tocá y dejate de joder!

Soy consciente de que muchos colegas tienen la virtud de no dejarse abrumar por estos pensamientos y les importa poco si a alguien le molesta que estén tocando o no, yo los admiro, es como si tuvieran un interruptor con el que se activan y pueden estar dos o tres horas guitarreando sin parar. Los escuchen o no.

Valga estas palabras como reivindicación del músico pobretón, independiente que no es ni Calamaro ni Arjona ni el Indio Solari, sino ese músico guitarrista que se gana la vida dando clases, tocando en bares o en otro trabajo y que de vez en cuando lo invitan a una cena con la "condición" de que lleve la guitarra.

Digo entonces: somos mejores que los Calamaros, los Arjonas y los Solaris, tenemos más obstáculos que sortear, más piedras en el camino. Mientras a ellos les piden las veinte o treinta canciones que se popularizaron, tocando en un estadio en el que ganan por un show lo que nosotros ganaremos en toda la vida, a los pobres otarios nos piden que acompañemos a alcoholizados e improvisados cantantes en un repertorio que suele ir del tango a la cumbia, del rock al folclore y lo que es una terrible pesadilla para mi: la música melódica.

Logramos acompañar a cantantes que comienzan en un tono y luego viran como barrilete descolado a dos o tres tonos diferentes. Nos piden que cantemos y toquemos todo, en español, en inglés, en francés, en portugués y nosotros, necesitados de ego y exultantes de orgullo, cedemos, pero después de semejante hazaña. no tienen ellos prurito, ni piedad, en exponer nuestra ignorancia, porque luego de interpretar ciento veinte temas sin fisuras, nos preguntan con sonrisa socarrona:

-¿Qué, esa no la sabés?

Recuerdo un almuerzo familiar, de esos cruzados, cuando se forma una pareja y convergen los Capuletos y los Montescos. En la sobremesa saqué la guitarra obedeciendo al reclamo de algunos. Me pidieron folclore y empecé a cantar Oración del Remanso, una canción de Fandermole que me emociona y empecé sentido, cerré los ojos para invitar al alma a participar y canté, a medida que los versos y los acordes transcurrían el murmullo crecía y percibí la indiferencia. Pero no sólo eso, alguien me llamaba:

-¡Nene, Nene!

Abrí los ojos, la señora que estaba sentada en frente se había parado y me pedía algo. Señalaba la guitarra, eso creí mientras luchaba con las notas altas del estribillo, y me hallaba desconcentrado por la situación. La mujer seguía allí y temí que algo grave estuviera por suceder, noté impaciencia en su rostro, casi desesperación y no le importaba la canción, exigía una respuesta.

Terminé el primer estribillo y decidí amputar esa bellísima canción, paré de tocar y cantar, miré la guitarra y no había en ella nada extraño. Levanté la vista perplejo y mirándome a los ojos me dijo:

-¿Nene, me alcanzás la cucharita y el plato, así sirvo el postre?

Apuesto que ni a los Calamaro, ni a los Arjona, ni a los Solari les ocurre esto. 

Somos mejores.


OLVIDAR A PETER GABRIEL

OLVIDAR A PETER GABRIEL
Advierto y me permito la irracionalidad.
Estoy escuchando Peter Gabriel. Somos pocos los que nos emocionamos con Peter Gabriel. El ingreso al mundo Peter Gabriel es un arma de doble filo, una acción que provoca, por un lado, un estado de maravillosidad y energía sublime al escuchar y, sobre todo, fundirse en su obra -porque a Peter Gabriel no se lo escucha, se lo adopta, se lo vive-. Pero también está la consecuencia negativa, el lado poco amable.
Cada vez que me encuentro con una nueva versión en vivo del inmenso tema que es In Your Eyes, siento que el espíritu se despega de mi cuerpo, mi mente va con él y se aliviana y danza; porque a su modo, Peter Gabriel es, además de excepcional en música y letra, danzable.
La gran mayoría de los temas de Peter Gabriel son inmensos, incomensurables, extremadamente cuidados, magistralmente cantados, arreglados con tal soberbia artística que eleva la condición del arte musical del rockandpop en inglés a la categoría de los grandes clásicos.
Y aquí está lo negativo de entrar en el universo Peter Gabriel: cuando se está en él lo demás parece chiquito, disminuido, prescindible. Suena a herejía: ¡¿The Beatles prescindibles?! Pido perdón, y me pido perdón.
Entonces olvidar a Peter Gabriel se hace necesario, aunque sea por un tiempo. Irse de su mundo para ingresar en los otros. Hasta que que uno ande necesitado de alivianarse, de despegarse de lastre, o cuando hay que afrontar que la vida nos ataque como tromba. Entonces nada mejor que escuchar Dont Give Up, Washing On The Water, o poner fuerte Slosbury Hill y esperar a que llegue el momento de gritar Bum bum bum y hacerle un grandioso ole a la vida y salir volando.

sábado, 8 de julio de 2017

MI PRIMERA CONFESIÓN - Pequeños pecadores



Había un obstáculo para llegar a nuestra primera comunión. La confesión. 

Sábado tras sábado, en las clases de catecismo de la Escuela Misericordia, la señorita Zulma nos venía advirtiendo de que antes de tomar la comunión había que confesarse. Decir nuestros pecados a un sacerdote. Teníamos apenas entre ocho y nueve años pero la educación religiosa de fines de la década del setenta era contundente: no importaba la edad, éramos pecadores solo por haber tenido la suerte de nacer y debíamos confesarnos. 

El miedo nos invadió a todos cuando Zulma nos dijo que el sábado siguiente, por la tarde, debíamos ir a la Iglesia Catedral y tener nuestra primera confesión con los Padres Dángelo y Tomás. Los conocíamos porque se alternaban para dar  la misa de once de la mañana de todos los domingos a la que asistíamos casi obligatoriamente. Tomás era un hombre al que veía ya anciano, quizás algo mayor que Dángelo. Ninguno de los dos era joven y no se revelaban para nada pedagógicos y contenedores.

Alguien preguntó en la clase sobre qué cosa era un pecado. La señorita Zulma, que no debería tener más de treinta años, comenzó a explicarnos que si desobedecíamos a nuestros padres, decíamos malas palabras, mentíamos o si nos peleábamos con nuestros hermanos, estábamos pecando, y que eso es lo que teníamos que confesarle al Padre.

Luego profundizó sobre la mecánica de la confesión. Nos explicó que primero teníamos que hacer la fila pacientemente y cuando llegara nuestro turno debíamos acercarnos al confesionario y arrodillarnos frente al padre, responder sus preguntas y esperar que nos dé la orden para rezar el Pésame. 

Aquel sábado soleado, en el atrio de la Iglesia estábamos todos silenciosos, aterrados. Carlitos, el más osado y valiente en estas cuestiones, nos alentaba a que hiciéramos lo que había dicho la señorita, que le digamos que desobedecimos a nuestros padres, que mentimos, que dijimos malas palabras y nos peleamos con nuestros hermanos y amigos. Así como había practicado horas para memorizar el Pésame yo ya había pasado un buen rato repitiendo mi confesión. Y mientras esperaba allí fuera de la iglesia seguía en ese trance como un autómata.  

Desobedecí a mamá y papá
Dije mentiras y malas palabras
Me peleé con mi hermana
Me peleé con mi amigo Gustavo y Ale.   

Vi que muchos chicos también repetían en murmullos la confesión tratando de memorizarla. Por fin la señorita apareció por la puerta y nos dijo que sólo estaba el Padre Dángelo porque Tomás estaba enfermo. Nos indicó que entremos y hagamos la fila en el confesionario de la izquierda. No recuerdo cuánto éramos pero seguro superábamos los sesenta chicos entre los dos cursos. Hicimos la fila, delante de mí habría una decena de compañeros. El Padre Dángelo llegó con su atuendo de punta en negro, nos miró seriamente y se sentó en el confesionario. Yo sólo le veía las rodillas.

   -Adelante – se escuchó que dijo.

Tuve miedo. Todos estábamos tensos. En absoluto silencio. Carlitos era el único que sonreía y por supuesto se había colocado primero. Yo sentí que el tiempo que duró su confesión fue mucho más extensa de lo que había imaginado. Mi deseo era que fuera breve porque yo quería estar allí dentro lo menos posible.

La fila que tenía por delante iba reduciéndose, mis nervios hacían latir mi corazón ruidosamente, repetía mi discurso mentalmente para no olvidarlo:

Desobedecí a mamá y papá
Dije mentiras y malas palabras
Me peleé con mi hermana
Me peleé con mi amigo Gustavo y Ale.   

Intentaba mecanizarlo porque ni siquiera sentía que lo mio era muy grave, no era un niño rebelde, no recuerdo ser desobediente ni ser agresivo, además mi repertorio de malas palabras era seguramente muy acotado. Pero si no tenía pecados había que inventarlos. No concebía entrar a ese lugar sin la materia prima necesaria.  

La cola avanzaba lentamente y yo cada vez me ponía más nervioso. No recuerdo cuántos compañeros ya habrían pasado por el interrogatorio cuando me sorprendió ver al padre Dangelos salir del confesionario algo fastidioso. Se paró delante de nosotros y llamó a todos a que hagan una especie de medialuna. Su rostro denotaba hartazgo.

  -Vengan todos, vengan…-repitió agitando la mano.

   Cuando todos estuvimos cerca preguntó levantando el tono de voz:

  -¡¿Todos desobedecieron a sus padres?!

  -¡Sí! –respondimos a coro.

  -¡¿Dijeron mentiras y malas palabras?!

  -¡Sí!

  -¡¿Se pelearon con sus hermanos o sus amigos?!

   -¡Sí! –el coro era cada vez más efusivo.

El Padre pareció distenderse y dejó caer los hombros, como si se sacara una pesada mochila de la espalda. Bajando la voz, en tono conciliador, nos dijo:


   -Bien, vayan, vayan, están todos perdonados.


sábado, 17 de junio de 2017

LA IGNORANCIA Y LA DESHUMANIZACIÓN

Leo y escucho en estos días una frase, de las tantas que se instalan que dice lo siguiente.
“Con el kirchnerismo las pensiones por discapacidad pasaron de 180 mil a más de un millón”.
Mi actividad de profesor de guitarra me hizo y me hace conocer mucha gente, y por lo tanto enterarme de sus problemas, sus necesidades y sus experiencias, como ellos conocen y conocieron también las mías.
Recuerdo en aquellos tiempos precedentes al gobierno de Néstor Kirchner a cuatro alumnos adultos con discapacidad, que no voy a mencionar nombres por supuesto. Dos de ellos con problemas psíquicos y dos con problemas físicos.
Los dos que tenían dificultades psíquicas dependían de sus familiares, pues no podían trabajar bajo ninguna circunstancia y dos de ellos, justamente quienes tenían limitaciones físicas trabajan por su cuenta, por lo que sobrellevaban grandes dolores al momento de hacerlo.
Una de ellas gastaba todo lo que podía en masajes y analgésicos. Ninguna de las dos personas serían aceptadas en un empleo privado y hacían cursos de lo que fuera con la esperanza de incrementar el curriculum. Una de ellas me pagaba con boletos del trueque.
Ninguno de ellos tenía un subsidio o pensión.
Eran tiempos en que los requisitos para lograr la pensión por discapacidad hacían que fuera imposible lograrlo. La única opción que podría haber en una ciudad como Mercedes es la de trabajar en el municipio, en alguna función en las que se pudieran adaptar. Llorando, una de esas personas, me dijo que le gustaría hacerlo pero no iba a permitirse “chuparle las medias a un político para lograrlo”.
Si haciendo memoria me doy cuenta que conocí mucha gente discapacitada estoy seguro que 180 mil discapacitados para una población de más de 35 millones (en 2002) es muy poco. Hoy mismo el gobierno asume que uno de cada diez sufre una discapacidad.
“¿Acaso hubo una guerra en estos doce años que aumentó la cantidad de discapacitados?”, dijo un periodista influyente sonriendo, festejando su propia o no tan propia ocurrencia. La ignorancia, el no conocer, el no conocernos nos hace menos humanos.
Yo tengo muy en claro que no quiero ver a la gente sufrir, pues yo no quiero sufrir y no estoy exento de que en algún momento pueda sufrir una discapacidad o le suceda a un ser querido. El estado, o sea todos nosotros, tenemos la responsabilidad de ser humanos, de ayudarnos, de no dejarnos sufrir.
Supe que dos de esas personas con el tiempo lograron sus pensiones. Las otras dos francamente las perdí de vista y no lo sé. Ojalá que sí.

LA CANCION QUE MAS ME DEPRIME EN EL MUNDO.


Me deprime Tirá para arriba, la canción de Miguel Mateos Zas, no lo diría si no fuera la canción que más me desanima y agobia en el mundo, apenas una radio (siempre es una radio) pasa la canción, en el primerísimo instante en que el acorde de re menor da pie al "yo no busco lo que vos tenés..." siento la necesidad irrevocable de cambiar de dial o apagarlo.
Sucede que a veces esto no ha sido posible, quizás porque estaba trotando y se me hace dificultoso manipular el celular o porque la radio la está escuchando otro y estoy en contra de la dictadura y el totalitarismo.
¿Qué es lo que me deprime de la canción?
La pregunta me la hago siempre que la escucho y entro en vagos análisis que no parecen concluir en nada aceptable. La melodía de las estrofas están bien a mi gusto, la letra, aunque anacrónica (la mención del Atari la sepulta en lo demodé) no parece molestarme pero tampoco me entusiasma. La voz de Miguel Mateos, que tiene el honor de haber sido el único telonero de Queen y que Fredy Mercury debe haber apreciado desde su camarín, no es ni fu ni fa, más fu que fa, quizás.
Pero hoy, la escuché nuevamente y aunque pude haber apagado la radio resolví llegar hasta el final y entonces lo supe.
La cagada, para mi, es el estribillo. El texto y la melodía. Y digo cagada porque es eso lo que me ocurre cuando llega el estribillo: un imprevisto puñado de mierdita de pájaro que me cae en el alma.
La repetición exagerada de la frase "Tirá para arriba" es un buen disparador para mi acidez estomacal, y la frase en sí misma, fuera de cualquier vuelo poético pero espantosamente imperativa, extraída del coloquio de la época (como si la dijera el personaje de Paolo El Roquero) me lleva a ese adolescente de trece años que fui que todavía no había descubierto a Pink Floyd ni Serú Girán y que por lo tanto poco entendía de la vida.
Pero hay otra cosa. Los casamientos. Ese momento absurdo en que tipos grandes de saco y corbata se disponen en la fiesta, en medio del baile, en tomar al recién casado sujetado del fundillo y esperar la llegada del estribillo para lanzarlo por el aire como una metáfora de lo que habrá de ocurrirle a su estado civil.
Lo hacen también las mujeres pero a mi me molestan los hombres, y me duele en haber participado de la proeza más de una vez.
No imagino a muchos músicos, los que me gustan, cantar ese estribillo, ni a Charly Garcia (el pre reconstrucción), ni Spinetta, ni Mollo, ni Cerati... ni Roger Waters y David Gilmour. El que más se le ha acercado, y rozó en el palo, es Fito Paez con su "Hay que salir al sol", pero Fito compuso Tumbas de la Gloria y Tres Agujas. Así que está en su derecho.

lunes, 12 de junio de 2017

LA VERDADERA HISTORIA DE UN HIT MUSICAL - Contada por un músico resentido que no entiende nada


   Cuenta Luis Fonsi que se despertó en Miami con la palabra “despacito” en la cabeza y allí comenzó a gestarse todo. Se levantó de la cama y ya en el baño, mientras acomodaba la tapa del inodoro, tarareó el motivo inicial de tres notas en negras y melódicamente descendentes por grados conjuntos desde la tercera hacia la tónica.
   Luego de desayunar cuentan que buscó la tonalidad en la guitarra, resolvió que "si menor" era la adecuada y al motivo inicial le adosó una respuesta un tanto más elaborada, articulada en semicorcheas. Supo de antemano que sería un reggaetón, no era momento de improvisar cosas y lo que la gente pide (en realidad lo que la gente “cree” que pide porque solo ve lo que le ofrecen en el menú) es un ritmo de reggaetón (una especie de reggae que comparte la clave rítmica de la milonga rioplatense) y, que al igual que la famosa lambada ochentosa, es caldo de cultivo para movimientos sensuales y directamente sexuales del baile (al final del video oficial, a la derecha, un flaco se agarra sus genitales en franco gesto onanista)
   Luis Fonsi intentó seguramente desarrollar aún más el tema y se habrá sentido impotente en no poder culminarlo. Llamarse Luis Fonsi, de curriculum baladista, no bastaba para asegurar el éxito y probablemente su productor se lo haya hecho notar y le sugirió compartir este proyecto con Daddy Yanquee, experto en lacerar cerebros con repetición diabólica de motivos melódicos.
-Oye Chaval, no salgas de los cuatro acordes, olvídate de las baladas, esto es palo y a la bolsa – le dijo Daddy mientras se acariciaba el collar dorado sentado al piano, -déjamelo a mí.
Daddy, mientras daba vueltas sobre la secuencia armónica I, VI, III, VII en el piano, improvisó una pirotecnia de frases melódicas que iban desde la melodía romántica hasta el rap.
-¡Pues sí bro! Hay que tirar todos los camarones a la sartén –insitió Dady mientras Fonsi seguía golpeteando el piano con su mano. Dady lo miró feo y lo reprendió:

 –Eso sí pana, si vas a percutir en mi piano intenta llevar mi ritmo.

Fonsi, no contento sólo con esto, llamó por skiype a su amiga Erika Ender y le mostró que tenía una letra de un grandioso hit para que ella pudiera continuarla.
-Mándamela por email o wasap, Luis. –Dijo ella desde su casa.
-Si tienes para anotar prefiero dictártela ahora…- contestó Luis
-Voy por papel… espera - dijo ella.

Al cabo de unos segundos volvió a la pantalla con lapiz y una hoja en blanco.

-Dime Luis. 
-Des pa ci to…
-Sí…qué sigue...
-Listo, tengo nada más que eso…
   Erica Ender, terminó de componer la canción con una letra cargada de sensualidad y que ella asegura que lo hizo con “buen gusto, respetando a la mujer”. Sintió que encontró oro cuando descubrió que si a la palabra “Despacito” le quitaba la primera sílaba quedaba “pasito”... pasito pasito, suave suavecito, cantó bajo la ducha, contenta por el hallazgo.
   El resto de la letra compuesta por Erica, en extremo erótica, de carácter danzable son cuartetas, coplas de impronta urbana centroamericana y que remiten seguramente a sus tiempos de jovencita cuando quiso sobrepasar las zonas de peligro de algún muchache que olvidó su verdadero apellido luego de provocarle gritos en una playa de Puerto Rico.




EL ARTE, LOS GUSTOS y EL RIDíCULO


Quizás algún profesional pueda explicar. Quizás debería pagar una consulta. Esto es en referencia al arte y los gustos.

Con el tiempo he notado que cualquier artista es pasible de críticas. Aún el artista que más nos gusta puede ser descalificado y desaprobado por otros. Al punto de que muchas veces eso incide en nuestra propia visión.

Recuerdo que me sucedió con Fito Paez, en un momento de mi vida sentí que Tumbas De La Gloria era la mejor canción que había escuchado –lo de “mejor” es un exceso y es falso, obviamente, como todo sentimiento es pura subjetividad- pero una noche, mientras veía a un imitador de Fito Paez, exagerando sus gestos y ridiculizándolo, me sentí contrariado al punto de poner en duda lo que yo había sentido.

Mientras escribo me viene a la mente otro recuerdo, esta vez el caso es con un amigo, de esos amigos que son referentes en uno, con los que uno ha compartido los gustos y conformado ese universo de lo que es el gusto artístico, con el que uno traza la línea de esa división errónea que uno llama la música buena y la música mala, cuando en realidad debería ser siempre, la música que nos gusta y la que no nos gusta.

Fue con ese amigo, que luego de no verlo durante mucho tiempo, quise transmitirle mi devoción por Pedro Navaja, la versión de Rubén Blades, tema que escuché de niño sin prestarle atención a la letra pero ya en los veinte lo redescubrí. Pasada la adolescencia, nuestro derrotero musical fue por distintos caminos:  Hendrix me llevó a Santana, y las tumbadoras de Santana me llevaron a Rubén Blades. A mi amigo, sin que yo lo sepa, Hendrix lo llevó a Red Hot Chilli Peppers y éste a Metallica.
Luego de escuchar dos estrofas de Pedro Navaja en un viejo equipo de audio, mi amigo fue sincero y lacónico:

-¡¿Qué hacés escuchando esta mierda?!

No supe qué contestar, pero durante un tiempo Pedro Navaja ya no me provocaría la admiración acostumbrada. Aunque lo analicé y reflexioné no pude. “Chori, no podés ser tan pelotudo” me dije en el espejo, hice fuerzas por sacarme el influjo de mi amigo pero fue imposible. Me seguía gustando Pedro Navaja pero ya no era lo mismo.

Debido a mi actividad como instructor de guitarra, y en la que abogo la metodología de trabajar con los gustos musicales de mis alumnos, he entrenado la condición de no manifestar ni tampoco denotar con las expresiones de mi rostro qué reacción me produce la canción o el tema que me traen. Ni aún gustándome, porque sé que el mismo alumno quizás la próxima vez traiga para aprender algo que no me guste, y por más cara de poker que ponga notará la diferencia.

Con el tiempo aprendí a soportar las críticas sobre mis gustos y en muchos casos a descalificar a quien las dice, pero he desarrollado un sistema de defensa: sin que se entere, lo digo para mis adentros ¿No te gusta Peter Gabriel? ¿Te parece un viejo pelado que debería dedicarse a vender huevos por los barrios con un megáfono? A mi no me gusta cómo te queda el pullover rayado porque te hace más gordo, tampoco ese diente ladeado cuando reís, ni el pelo de la oreja que te olvidaste cortar. Entonces así lo ridiculizo. Y como lo veo ridículo, qué importancia tiene lo que me diga sobre Peter Gabriel. Por momentos funciona.

viernes, 19 de mayo de 2017

LADY IN RED


-¿Cuánto hace que das clases de guitarra, Chori? –me pregunta Arturo, un alumno y amigo mientras hacemos una pausa para descansar los dedos.

Me apoyo en la guitarra, no es una pregunta frecuente así que intento hacer el cálculo en voz alta. Cuento que empecé en Rosario, a los veintidós años, demasiado joven, pero la necesidad de sobrevivir despierta cierto grado de caradurez que uno no cree tener. Era buen estudiante, pasaba obsesivamente muchas horas sobre el instrumento, entre lesiones de guitarra eléctrica autodidactas, clases de armonía y composición, pero viendo en retrospectiva no estaba lo suficientemente formado.

Le conté a Arturo sobre mi primer alumno, yo tomaba clases en esos días con Jorge Fandermole y admiraba que pudiera transcribirme cualquier canción o música que yo le llevara, lo hacía casi al instante. Me prometí hacer lo mismo, pegué carteles con la frase “Clase de Guitarra Todos los Estilos”. El primer alumno fue una alegría inmensa. Un pibe adolescente simpático y extrovertido. Y fue el primer traspié: Era fanático de Metallica. Si bien escuchaba mucho rock todavía no había incursionado en el heavy metal, Deep Purple y Led Zeppelin eran mis límites en el rock duro. Estuve toda la semana sacando a oído Master of Puppets. Y así empecé.

Al cabo de unos meses contaba con una decena de alumnos, había sido pesimista, ¿quién confiaría en un pibe de veintidós años para tomar clases? Pero no contaba con que en una ciudad grande como Rosario lo que se prioriza es la cercanía: Todos vivían a menos de dos o tres cuadras.
Le contaba todo esto a Arturo cuando recordé algo que había quedado congelado en la memoria como un archivo guardado en un viejo pen drive extraviado. No recuerdo su nombre pero era una alumna fanática de Los Beatles de apenas catorce años. Muy tímida y extremadamente obediente. No hablaba casi nada y avanzaba muy rápido clase a clase. Aún tengo grabada su cara de felicidad cuando pudo tocar Blackbird sin equivocarse. Fue luego de eso que me dijo que quería aprender Lady in Red.

¿Lady in Red? Pregunté asombrado. Lady In Red es una canción melosa, típica canción lenta de los ochenta que escuchaba en las radio y en los bailes, mundialmente famosa. De melodía potente y letra casi entendible para cualquiera que manejara aunque sea un pobrísimo inglés. La canción en la que el cantante decía “Chic tu Chic” casi en un susurro. Evidentemente Lady In Red era para mi alumna un tema fuera de programa. Además no era de las consideradas canciones guitarrísticas. 

-La quiero aprender, profe -me dijo-, la canta mi tío. 

Asentí, le pregunté si su tío tocaba la guitarra, me dijo que sí, pero que ya no vivía en el país y que pronto con su familia irían a visitarlo y que ella quería aprender Lady In Red para mostrársela. Como regalo. Le contesté que bueno, que me traiga el casette con la canción la próxima clase y la sacábamos. Me dijo que la tenía un disco vinilo pero en la semana la pasaba a un TDK.

En la clase siguiente apareció con su guitarra, un TDK y el vinilo con la canción Lady in Red. Me muestra la tapa del disco y me dice: éste es mi tío. En la tapa sólo estaba Chris de Burgh, el cantante y autor de Lady in Red. Con marcador negro tenía cruzada una gran dedicatoria sobre uno de los vértices en diagonal, decía algo como “para mi querida sobrina…” y firmado: Chris de Burgh. Recuerdo que le pregunté si me estaba haciendo un chiste, y noté que su rostro se oscureció, no le gustó mi desconfianza. Cambié el tono y le dije que me cuente.

Gracias a internet hoy pude corroborar algunos datos que había deformado en la historia, Chris de Burgh se llamaba en realidad Christian John Davison (yo lo había simplificado en Cristian Burgos), nació en Venado Tuerto (en mi memoria lo cambié por San Nicolás), a pocos kilómetros de Rosario, y se fue del país pronto por trabajo de sus padres, de Venado Tuerto eran los padres de mi alumna. Me lo contó naturalmente. 

Pudimos hacer una versión respetable de Lady In Red, nunca quiso cantarla frente a mí por timidez pero su madre me dijo que en la casa la cantaba y muy bien. Días después les comunicaba a mis alumnos que ya no podría darles más clases porque me volvía a vivir a Mercedes. Cuando vino la madre de mi alumna sobrina de Chris de Burgh se lo dije, las dos se pusieron tristes y la madre me dijo que su hija esperaba cada clase de guitarra con muchas ganas. Las despedí en el palier. 
Nunca supe si pudo cantarle Lady In Red a su tío Christian John Davinson. Ojalá que sí

miércoles, 10 de mayo de 2017

HEIDI Y EL QUESO

Heidi y el queso.
   Soy devoto de los quesos. No puede faltar en la heladera algún pedazo de pategrás, gruyere o sardo. Juanita, mi pequeña hija de seis años no gusta del queso, apenas los untables. Ella está ahora en estos días mirando nuevamente capítulos de Heidi en YouTube, aquellos viejos episodios de treinta minutos pero en color.

   Mi primera gran historia fue Heidi. En televisión blanco y negro a sólo medio metro de la pantalla. Tendría seis o siete años. Y ahora, revivenciando con Juanita esa historia que me hacía llorar y emocionarme me doy cuenta que la pasión casi irracional por el queso tiene que ver con la fogocidad voraz con la que Heidi, la niña huérfana de los Alpes, se abalanzaba sobre la taza de leche, el pan y el queso que le preparaba su abuelo. Su felicidad era mi felicidad.

   Heidi es la historia de una niña huérfana de cinco años que queda al cuidado de su tía en la ciudad, imposibilitada de hacerlo decide dejarla con su abuelo quien vive en una cabaña en lo alto de la montaña. El contraste de sus personalidades es antagónico. El abuelo es huraño, triste, introvertido y Heidi desborda alegría, su sonrisa es un dibujo gigante en su rostro y se vislumbra extrovertida y optimista. El viejo, en un principio no está contento con la idea de cuidar a su nieta pero en apenas días comenzará a reconciliarse con la niña. 

   Los días se suceden en episodios en los que Heidi descubre lo que provee esa naturaleza de valles y montañas, conoce a Pedro, un niño pastor, con el que tendrá aventuras y será muy feliz. También se relaciona con la madre y la abuela de Pedro. Aprende cosas, juega, disfruta y uno va aprendiendo de su sensibilidad para cuidar a los animalitos en problemas, su generosidad en compartir lo poco que tiene, el amor por su abuelo, por la amistad y el queso, el queso y la leche de cabra calentita en invierno. Heidi ama el queso.    

   Pasado un tiempo de la historia llega la noche: El abuelo se niega en enviar a Heidi a la escuela, y Heidi debe concurrir obligatoriamente a la ciudad de Frankfurt a educarse. Para ello es contratada como dama de compañía de Clara, una adolescente enferma que no puede caminar. Es la parte triste de la historia y recuerdo angustiarme mucho en esos episodios. Heidi queda al cuidado de la familia de Clara, ellos son su padre y abuela que casi nunca están. Y allí estará su tutora, la señorita Rottemberg, autoritaria y exigente, quien le dará clases. 

   Heidi entristece, logra hacerse muy amiga de clara y de la servidumbre, siempre muy querida por todos, pero extraña su vida en los Alpes Suizos, día a día entra en depresión, ya no es alegra, sus ojos se humedecen y su boca gigante se reduce a un pequeño esbozo. 

   Juanita, ahora frente a la tablet,  aún no imagina que Heidi deberá dejar ese mundo bello de cabras, de su amigo Pedro, de valles suaves, pinos y cumbres nevadas... y de queso, mucho pan y queso. ¿Deberé alertarla? ¿Tendré que hablarle del cuando suceda la separación de Heidi y su querido abuelo? ¿O deberé dejar que suceda y que en todo caso me pregunte? Quizás, pienso, deba contarle el final de la historia, que Heidi vuelve con su abuelo, sus animales, las montañas, con Pedro y que tiempo después Clarita la visitará y, gracias al aire de la naturaleza, tendrá fuerzas y logrará caminar.


    Pienso en eso mientras seco los platos y cubiertos y ella mira un episodio en su tablet, entonces es que me llama:
 

   -Pa, ¿me das queso?
   -¿Queso? - digo extrañado.
   -Sí pa.
   -Pero si nunca comés queso, Juani.
   -Es que estoy mirando Heidi ¡y me dieron unas ganas de comer queso!

martes, 2 de mayo de 2017

OBDULIO

Obdulio.

Los soretes no pasaban. Esa era el triste infortunio que nos tocaba vivir en la casa que apenas meses atrás habíamos alquilado, en marzo de 2005. Era una casa de barrio, carecía de red de cloacas y sólo tenía un único baño. Así que en el fondo yacía el pozo ciego al que los soretes debían culminar luego de tirar de la cadena. Pero los últimos quedaron allí, en flotación, deshaciéndose en el inodoro.
A la mañana siguiente probé esperanzado tirar nuevamente de la cadena, pero no, sólo el líquido escurría lentísimo. En mi barrio el cloaquista era el Pelado que Pasa las Cañas. El Pelado llegó esta vez en bicicleta, sacó sus cañas del portaequipaje y, por respeto a los trabajadores domiciliarios, lo dejé hacer tranquilo mientras preparaba un mate.
Varón, me dijo mientras apuntaba a la bombilla, acá no hay cámara y las cañas no pasan. Ante mi cara de desconcierto explicó: debe estar el caño partido, tenés que llamar a un plomero.
Llamé a Dios y María Santísima, desde los plomeros renombrados hasta los novatos, esos que a veces hacen de peón de los consagrados y agarran laburitos chicos por su cuenta. Que vengo mañana, que la semana que viene, que a la tarde, a la mañana… ni siquiera pedí rebaja en el presupuesto. Necesitaba solucionarlo y ya.
Al cabo de tres días de espera llamé al Pelado y le ofrecí que lo hiciera él, que le pagaba los ciento cincuenta pesos que era el mayor de los presupuestos que me habían pasado y que recuerdo que equivalía a medio alquiler. No te preocupes, yo te mando uno mañana por la mañana, si le pagás eso va seguro, se llama Obdulio.
A la mañana siguiente estaba Obdulio. Entró su bicicleta. Entre sesenta y setenta años pero en buen estado físico. Me dijo que fuera a trabajar tranquilo que el Pelado ya le había explicado que tenía que cavar en el patio a cinco o seis metros del inodoro que es donde se trababan las cañas. Quedamos en que volvía a las diez y media.
Cuando regresé, Obdulio estaba esperándome apoyado en la pala sumergido en una cava de casi un metro, me hace señas para que mire el problema. Vi el bruto caño de cemento partido y descalzado, y también vi sus zapatillas y el pantalón hasta la rodilla cubiertas de mierda, la cavidad que había hecho era una cavidad íntegra de mierda, no era barro, eran las heces de probablemente meses de evacuación. Obdulio no se inmutaba, estaba parado sobre nuestras cacas y orines y probablemente las de los inquilinos anteriores sin provocarle estupor. Traeme tres metros y medio de caño PVC, me dijo como si nada pasara, y lo solucionamos.
En camino a la ferretería entendí por qué el gremio de los plomeros había desechado la propuesta, los comprendí, y sentí nuevamente esa sensación de injusticia que me sobreviene asiduamente en la que compruebo que el mundo está al revés, pensé: Obdulio debería ser millonario, sus ingresos tan sólo por ese trabajo deberían ser siderales y luego de terminar en casa debería subirse a su pick up doble cabina cuatro por cuatro con sistema automático y computadora de a bordo y partir a su casa en el barrio más exclusivo de la ciudad.
Cuando terminó probamos tirar de la cadena y la boca del inodoro se devoró la turbiedad dejando nada más que blancura. Sentí felicidad. Le pagué a Obdulio y le pregunté cuánto hacía que trabajaba en plomería. Me dijo que no era plomero, que andaba sin laburo y que cuando salía algo lo agarraba. Le prometí que si sabía de algo le avisaba.