jueves, 19 de marzo de 2020

¿NENA O NENE?



-¿Querés que sea varón o nena? -me preguntó apenas nos enteramos de que estábamos embarazados.

-La verdad que prefiero nena...

-¿Por? -dijo sorprendida.

-Porque si es varón hay más chances de que sea hijo de puta.

En 2010 los movimientos feministas no estaban a la vista y el debate sobre los derechos de la mujer no era cosa de todos los días, es más, haciendo retrospectiva sobre el tema daba la sensación de que con el derecho al voto y el hecho de que haya más mujeres trabajando ya la cosa estaba resuelta. Intuyo que mi respuesta sobre el deseo de que mi primer hijo en la vida sea nena tenía que ver con mi propia experiencia de ser un varón No Macho.

Jugar medianamente aceptable al fútbol me salvó de padecer la infancia y la adolescencia. Tenía asegurada la integración a grupos, la pertenencia, por lo menos a los grupos de fútbol. En el pan y queso no era elegido primero pero tampoco último. Los pibes de mi barrio, a veces más grandes, además de jugar bien eran más intrépidos y osados. Uno de ellos, en una disputa futbolera me la juró, me miró y me dijo:

-Cuando pases por mi casa te mato.

Pelear no estaba en mis propósitos, era el No Macho de la situación, además el pibe era dos o tres años mayor y una cabeza más alto. Él sabía que para ir desde mi casa hacia donde crecía la civilización tenía que pasar por la suya. Casi todas las tardes estaba afuera, y ahora esperándome. Una mujer me salvó. Mi hermana, dos años menor, enterada de la situación me tomó de la mano para ir hasta el almacén de Beba que estaba después de mi verdugo. Apenas nos acercamos, con su físico imponente nos cortó el paso. Mi hermana desplegó un arsenal de insultos, puteadas y amenazas que hizo que mi victimario retrocediera. A partir de allí pude pasar por su vereda si problemas.

En casa no había desigualdad entre el hombre y la mujer, mamá y papá iban a la par. Un detalle podría indicar que mamá era el macho: le había enseñado a manejar el auto a papá cuando eran novios. Limpiaban la casa, cocinaban, lavaban la ropa, cortaban el pasto, nos vestían, trabajaban y todo lo que pueda recordar siempre lo hacían los dos. Yo me integraba al mundo siendo un niño y después un adolescente que tenía una visión de la relación entre el hombre y la mujer de igualdad plena. Pero afuera de casa estaba la selva.

En la selva supe que había que medirse el pito, metafórica y literalmente, en cuanto a la cuestión anatómica pude sortear las oportunidades: a mi pito no tenía que mirarlo nadie. Pero en lo simbólico había una obligación de revalidar la virilidad todos los días.

Ser No Macho en la selva es abrumador y estresante. Yo no era el único, lógicamente, pero los No Machos solemos estar solos con nuestra condición. Vaya un ejemplo.

Mi noviecita se puso linda para salir conmigo a pasar la tarde. Tengo dieciocho años y estoy estrenando mayoría de edad. Caminamos por la calle conversando, conociéndonos. Nos dirigimos hacia un camioncito que distribuye algo en un supermercado, hay tres muchachos con la misma remera de la empresa y parecen estar descansando recostados sobre el camión. El corazón me late fuerte. Somos dos cebras yendo hacia una manada de hienas hambrientas. Siento el olor, lo sé. En el momento que pasamos casi rozando a las tres bestias la batería de frases sugestivas, amenazas de amor violento y promesas de empalamiento se suceden sin pausa. Yo escucho sustantivos como tetas, culito, mamita, cajeta; los adjetivos linda, hermoso, boludo, gil y diversas conjugaciones de los verbos romper, chupar, mamar y partir. La humillación es aplastante. Nunca hablamos del tema mientras duró la relación. Nunca lo olvidé.

Así es como transcurro la adolescencia, agudizando mi instinto para sortear a los Machos. Pero no fue fácil, el famoso Oso Garrido pegándome un coscorrón desde atrás todos los sábados en Deba Bailable, o el Perro Sardía empujándome a topetazos en los flippers para que salga y así jugar él, la bandita de los nenes bien rodeándome en la plaza lanzando patadas y manotazos, Damián Ribaudo, dos veces repitente, mojándome la oreja y pegándome en los huevos para que me retuerza de dolor, en fin, hubo escollos.

Dos tácticas aprendí a utilizar en momentos donde las papas quemaban y podía recibir una golpiza, salir del paso con algún chiste o elogio buscando empatizar, o huir. El saldo fue positivo, nunca hubo sangre en mis ropas ni huesos rotos.

Ahora que escribo esto pienso que no deseaba tener un hijo varón para no verme en la encrucijada de tener que educarlo como Macho para que no sufra la prepotencia de otros machos. Por lo pronto, a mi hija, que cumplirá diez años pronto, cada vez que puedo la adoctrino:

-Hija, si algún varón te molesta ya sabés...
-Si papá, le doy una patada ahí abajo, a donde a los varones le duele.
-Bueno, sí… pero vení y decime.

NOTA AL PIE: todos los nombres de mis acosadores son falsos, los veo a diario. Una condición que desarrollé como No Macho es la de no ser boludo.

lunes, 3 de febrero de 2020

NO VERANEES EN BRASIL


No veranees en Brasil. No conozcas las playas de Florianópolis, Rio de Janeiro y mucho menos las del norte. No lo hagas al menos de que estés seguro que a partir de allí podrás hacerlo cada verano de tu vida.
No te embarques en esa aventura si después tendrás que optar por algunas de las playas de la costa argentina debido a que no has podido ahorrar lo suficiente o porque el cambio no te favorece.
Pensálo bien, porque cuando tengas que volver a vivir la experiencia de concurrir a una playa de nuestro mar austral sentirás que algo no está bien, que una situación forzada se estará por presentarse, como jugar al fútbol en una cancha empinada o reir a carcajadas en un velorio.
Irás por ejemplo a Punta Mogotes en Mar del Plata y apenas estaciones tu auto te darás cuenta que las puertas quedarán a merced de un viento incesante que podrá doblegarlas y romperlas. Caminarás con los bártulos necesarios hacia una playa de arena cubierta por una lágrima de polvo negruzco. La ignorancia te hará creer que alguien ha prendido fuego o desparramado una bolsa de carbón, pero no, un guardavidas te dirá que es una sustancia natural llamada yodo. 
La sombrilla que te costará clavar por la apelmasada arena no cumplirá solo la función de cubrirte del sol, la pondrás a contra viento para refugiarte también como si estuvieras en la punta del Himalaya y que no se vuelen las cosas que necesitarás para pasar un día de playa agradable.
Verás que las personas, niños, jóvenes y viejos, pasarán caminando con camperas y buzos como si fuera junio, ¡pero es enero la puta que lo parió!, y vos, convencido por el almanaque, estarás en cueros y short porque será un día de bendita playa, y notarás que la piel de gallina te invadirá por completo aunque te cruces de brazos.
Notarás que en el mar habrá metido solo un ser humano cada cien metros. Pero claro: en un glorioso día de playa, no romper una ola será una acción que no podrá eludirse, una contravención, un delito. Porque en Argentina, en enero, es verano y en la playa se rompen olas, está decretado. Te autoconvencerás y te dirás que es como todo, que al principio será traumático ingresar en el mar, pero después la temperatura del cuerpo y su adaptación lo compensará, porque la naturaleza es sabia.
Entonces, parado frente al majestuoso océano, para juntar coraje, recordarás la semana anterior que pasaste en tu Mercedes natal, con sus treinta y cinco grados y ese tufo de humedad y asfalto que casi te asfixiaba mientras el sudor brotaba en el cuerpo y las sábanas se mojaban bajo tu espalda, cuando intentabas dormir con el ventilador a máxima potencia. Lo recordarás hasta niveles de sugestión y pensando en ello saldrás corriendo y te lanzarás a romper la primera ola que se te aparezca. 
Los diez grados del agua te abrazarán sin piedad y te erguirás de inmediato, el viento patagónico te invitará a que ingreses nuevamente al agua salada. Lo harás rompiendo la segunda ola, notarás el principio de hipotermia y saldrás buscando ese aire cálido centroamericano que nunca, nunca, pero nunca existirá en ese lugar de la geografía sudamericana.
Volverás a la sombrilla -si es que aún el viento no la ha hecho volar- y te secarás con la toalla, luego te pondrás la remera y lamentarás no haber traído la campera de frisa, porque es enero y son las tres de la tarde, obvio. Entonces te indignarás 
preguntándote a vos mismo, por qué carajo no pudiste ir nuevamente a una suave playa de aguas cálidas en Brasil, y reflexionarás concluyendo que tenés razón cuando pensás que hay manjares y lujos que uno no debería probar nunca.