-¿Querés que sea varón o nena? -me preguntó apenas nos enteramos de que estábamos embarazados.
-La verdad que prefiero nena...
-¿Por? -dijo sorprendida.
-Porque si es varón hay más chances de que sea hijo de puta.
En 2010 los movimientos feministas no estaban a la vista y el debate sobre los derechos de la mujer no era cosa de todos los días, es más, haciendo retrospectiva sobre el tema daba la sensación de que con el derecho al voto y el hecho de que haya más mujeres trabajando ya la cosa estaba resuelta. Intuyo que mi respuesta sobre el deseo de que mi primer hijo en la vida sea nena tenía que ver con mi propia experiencia de ser un varón No Macho.
Jugar medianamente aceptable al fútbol me salvó de padecer la infancia y la adolescencia. Tenía asegurada la integración a grupos, la pertenencia, por lo menos a los grupos de fútbol. En el pan y queso no era elegido primero pero tampoco último. Los pibes de mi barrio, a veces más grandes, además de jugar bien eran más intrépidos y osados. Uno de ellos, en una disputa futbolera me la juró, me miró y me dijo:
-Cuando pases por mi casa te mato.
Pelear no estaba en mis propósitos, era el No Macho de la situación, además el pibe era dos o tres años mayor y una cabeza más alto. Él sabía que para ir desde mi casa hacia donde crecía la civilización tenía que pasar por la suya. Casi todas las tardes estaba afuera, y ahora esperándome. Una mujer me salvó. Mi hermana, dos años menor, enterada de la situación me tomó de la mano para ir hasta el almacén de Beba que estaba después de mi verdugo. Apenas nos acercamos, con su físico imponente nos cortó el paso. Mi hermana desplegó un arsenal de insultos, puteadas y amenazas que hizo que mi victimario retrocediera. A partir de allí pude pasar por su vereda si problemas.
En casa no había desigualdad entre el hombre y la mujer, mamá y papá iban a la par. Un detalle podría indicar que mamá era el macho: le había enseñado a manejar el auto a papá cuando eran novios. Limpiaban la casa, cocinaban, lavaban la ropa, cortaban el pasto, nos vestían, trabajaban y todo lo que pueda recordar siempre lo hacían los dos. Yo me integraba al mundo siendo un niño y después un adolescente que tenía una visión de la relación entre el hombre y la mujer de igualdad plena. Pero afuera de casa estaba la selva.
En la selva supe que había que medirse el pito, metafórica y literalmente, en cuanto a la cuestión anatómica pude sortear las oportunidades: a mi pito no tenía que mirarlo nadie. Pero en lo simbólico había una obligación de revalidar la virilidad todos los días.
Ser No Macho en la selva es abrumador y estresante. Yo no era el único, lógicamente, pero los No Machos solemos estar solos con nuestra condición. Vaya un ejemplo.
Mi noviecita se puso linda para salir conmigo a pasar la tarde. Tengo dieciocho años y estoy estrenando mayoría de edad. Caminamos por la calle conversando, conociéndonos. Nos dirigimos hacia un camioncito que distribuye algo en un supermercado, hay tres muchachos con la misma remera de la empresa y parecen estar descansando recostados sobre el camión. El corazón me late fuerte. Somos dos cebras yendo hacia una manada de hienas hambrientas. Siento el olor, lo sé. En el momento que pasamos casi rozando a las tres bestias la batería de frases sugestivas, amenazas de amor violento y promesas de empalamiento se suceden sin pausa. Yo escucho sustantivos como tetas, culito, mamita, cajeta; los adjetivos linda, hermoso, boludo, gil y diversas conjugaciones de los verbos romper, chupar, mamar y partir. La humillación es aplastante. Nunca hablamos del tema mientras duró la relación. Nunca lo olvidé.
Así es como transcurro la adolescencia, agudizando mi instinto para sortear a los Machos. Pero no fue fácil, el famoso Oso Garrido pegándome un coscorrón desde atrás todos los sábados en Deba Bailable, o el Perro Sardía empujándome a topetazos en los flippers para que salga y así jugar él, la bandita de los nenes bien rodeándome en la plaza lanzando patadas y manotazos, Damián Ribaudo, dos veces repitente, mojándome la oreja y pegándome en los huevos para que me retuerza de dolor, en fin, hubo escollos.
Dos tácticas aprendí a utilizar en momentos donde las papas quemaban y podía recibir una golpiza, salir del paso con algún chiste o elogio buscando empatizar, o huir. El saldo fue positivo, nunca hubo sangre en mis ropas ni huesos rotos.
Ahora que escribo esto pienso que no deseaba tener un hijo varón para no verme en la encrucijada de tener que educarlo como Macho para que no sufra la prepotencia de otros machos. Por lo pronto, a mi hija, que cumplirá diez años pronto, cada vez que puedo la adoctrino:
-Hija, si algún varón te molesta ya sabés...
-Si papá, le doy una patada ahí abajo, a donde a los varones le duele.
-Bueno, sí… pero vení y decime.
NOTA AL PIE: todos los nombres de mis acosadores son falsos, los veo a diario. Una condición que desarrollé como No Macho es la de no ser boludo.