lunes, 6 de diciembre de 2021

GRETA Y SU TUMBA


Greta llegó a casa cachorrita, estaba en una jaulita en las que las veterinarias tienen perros para vender o regalar. Como era de raza inclasificable y muy pequeña no tenía precio. Fue en 2005, al poco tiempo de casarnos. A lo largo de su vida convivió con perros y gatos a los que fue sobreviviendo y soportó dos mudanzas.
Quince años después Greta ya era viejita y estaba muy deteriorada. La causa de su debacle física se debía únicamente a que no consciente de su pequeñez, en cada oportunidad en que se escapaba y salía a la calle, se enfrentaba y toreaba a cualquier perro sin importarle el tamaño. Y por supuesto cobró lindo. Asiduamente terminábamos en la veterinaria para curar sus heridas.
Uno de aquellos enfrentamientos la había dejado renga. Otro sin un ojo. A pesar de que iba quedando limitada y vulnerable no cesaba en enfrentarse con cuanto perro se encontrara y fue perdiendo una a una cada batalla.
Una noche de copiosa lluvia regresé a casa en el auto, escuchaba música más fuerte de lo habitual, antes de llegar abrí el portón automático, ingresé al garaje, y luego de parar el motor, aún con la música fuerte escuché unos llorisqueos caninos. Bajé, fui hacia la parte trasera del auto y vi a Greta ensangrentada gritando en el piso. Se me detuvo el corazón. La aplasté. La hice mierda, pensé. Entré a casa desesperado mientras la presión me bajaba y le conté a mi esposa llorando que había pisado a Greta.
-Pelotudo, eso es porque entraste con todo- me dijo.
-Sí papá, esto no te lo voy a perdonar– dijo mi hija, y sentí que esas palabras me cortaban filosamente el vientre.
Congelado por la culpa no atiné a hacer nada. Cobardía absoluta, lo confieso.
Por suerte ellas se ocuparon de curarla y lavarla, yo no dormí esperando que se hiciera la hora de ir lo de Pepe, el veterinario. A primera hora estaba allí con Greta en la caja. Le expliqué que no sabía que había pasado, que nunca había sentido que la había pisado, ninguna brusquedad en el andar me lo hizo notar y que a lo mejor otra opción es que al cerrar el portón automático la había enganchado. La culpa me carcomía.
-Olvidate –me dijo mientras la revisaba–la mordió un perro grande.
-¿Cómo?
Me mostró los orificios provocado por los colmillos en la cadera. Sentí que me alivianaba. Ya no era el homicida. Ahora podía visualizar lo ocurrido: cuando ingresé con el auto, apagué el motor y no cerré inmediatamente el portón porque me quedé escuchando una canción que me gustaba, seguramente en ese lapso Greta salió y como siempre, afuera, alguno de sus enemigos la esperaba.
Greta ya no se recuperó de ese ataque, a su parcial ceguera se le agregó la rotura de cadera por la mordida y no podía caminar, día a día fue apagándose hasta que entró en una especie de agonía, no comía y a la fuerza le hacíamos tomar agua.
Llamé Pepe y le expliqué la situación.
-Traela, le ponemos una inyección así ya no sufre.
Tuve suerte de que fuera él quien lo propusiera, obviamente en casa estábamos convencidos de que debería aplicarse la eutanasia pero no queríamos asumir la responsabilidad de sugerirlo.
Tuve una idea. Aprovechando que nuestra hija estaba en la escuela, cavaría su tumbita en el patio de casa antes de llevarla al veterinario así luego de regreso tendría todo preparado para su sepultura. Medí el cuerpo de Greta extendiendo mi mano y luego cavé como para que cupiera cómodamente su dos palmas de cuerpo.
Entramos en la veterinaria con ella en una cajita y lamenté el mal gusto que suele tener el destino, o la suerte, o lo que fuera: adentro había una persona a la que conozco solo por Facebook que se manifiesta muy a favor del cuidado de las mascotas y por su publicaciones demostraba que era un militante férreo de la protección animal. El detalle que me inquietó fue que estaba con un mate en la mano, señal de que estaría allí por mucho tiempo.
-A ver qué le pasa a esta chiquita –dijo Pepe que venía de su sala –ponela en el piso.
No sé qué clase de misterios provocan ciertas cosas pero la verdad es que Greta, una vez que tocó el piso, comenzó a moverse con una vitalidad desproporcionada. Arrastrando su cadera torcida chocaba contra las bolsas de alimentos, los almohadones, los banquitos…
-¡Ah no! Pero esta chiquita está muy bien, puede moverse, no, no –decía Pepe mientras la seguía con la mirada.
Yo miraba a Greta y no podía creer. Qué perra hija de puta, tres días sin moverse y ahora parecía una bola de flipper descontrolada rebotando sin parar.
-No, no –repetía Pepe –mientras recibía el mate ya sin agua del militante canino -esta chiquita está bien todavía, hay que esperar, se va a recuperar...
Subimos al auto llenos de vergüenza y bronca, al menos yo sentía eso. Volví y tapé el pozo.
Un par de semanas después el perro de la vecina logró vencer el alambrado que separaba nuestros terrenos y la atacó. No supimos que daño pudo haberle hecho, no había herida a la vista pero desde ese momento quedó quietita sin moverse, sin comer y beber, nuevamente. Luego de tres días inmóvil Greta ya apenas respiraba, no tenía otro reflejo de vida.
Pepe, por suerte, estaba solo en la veterinaria, llegamos con Greta en la cajita, la revisó, intentó estimularla y ya no dudó, preparó todo y nos dijo que esperemos afuera. Esta vez el pozo lo hice cuando regresamos. Todavía estaba la tierra floja y removida de la vez anterior.
Miguel Schafrik, Walter Chiqui Acenso y 7 personas más
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martes, 26 de octubre de 2021

CONFESIONES DE UN ENTUSIASTA TENISTA AMATEUR QUE PIERDE 60 60 EN UN TORNEO DE SU PUEBLO.




No tengo condiciones anatómicas para el tenis. Mido 1,73 m pero eso no sería un problema, muchos tenistas profesionales tienen buen desempeño con esa altura. Tengo hombros pequeños, escasos músculos dorsales y en el proceso de mi gestación alguien olvidó colocarme los abdominales. Para graficarlo en forma simple, mi cadera, mi cintura, mis pectorales, espalda y hombros están en la misma línea. Un prisma perfecto. Mis brazos son modestos, cortos y mis biceps apenas asoman.
Recuerdo hace ya varios años, una kiniesióloga que me estaba tratando una dolencia de espalda, observando mi torso desnudo me dijo que tenía una característica corporal propia de no sé qué clasificación o categoría de la morfología humana, y mientras describía, entre otros detalles, mi espalda encorvada y mi abdomen pronunciado sentí que ni siquiera calificaba para homosapiens y ya no quise oirla. Así y todo me apasiona el tenis.
Quizás haya ejemplos de jugadores anatómicamente atípicos que hayan logrado cosas, pero seguramente el esfuerzo físico que proponen es el doble o triple que en jugador corporalmente dotado. En estos años en que me he dedicado a aprender tenis intenté focalizarme en mejorar. Entiendo -y esto es una apreciación personal- que lo principal en el aprendizaje es la técnica, luego la táctica y estrategia y después lo físico y mental. En lo técnico me veo modestamente aceptable, en lo táctico y estratégico un tanto anárquico (así me definió un amigo) y en lo físico y mental: pronto voy a cumplir 50 años, el cerebro ordena acciones que los tendones y músculos se niegan a acatar.
Hoy perdí 60 60 en un torneo. Luego, ya en casa tomando unos mates hidratantes y mirando por la ventana el viento mecer la copa de los árboles intenté dilucidar por qué. Creo convencido que la suerte, buena o mala, en el tenis no existe. Si en un tiro la pelota "casi" toca la línea y fue mala, el "casi" no tiene valor: fue mala porque no le pegaste adentro. Considero que siempre que pierdo un punto es mi error, si paso la pelota y el adversario mete un winner pegándole muy bien es por su virtud pero principalmente porque mi golpe previo no lo incomodó.
Preguntándome por qué perdí 60 60, resultando además víctima de una masacre recordé que en el mismo partido lo había analizado y descubierto. Cuando terminó el primer set, un par de amigos que estaban mirando me dijeron que tenía que empezar a pegar, dar más velocidad, porque iba rumbo a la catástrofe.
¿Pegar más? me pregunté. ¿Pero es que acaso no lo estoy haciendo?
Empezó el segundo set y no encontraba la forma de cambiar el destino, y allí fue que pensé: pará Walter, estás jugando contra una mole de 1,82 metros de altura de espalda ancha, brazos largos, dorsales, pectorales y abdominales como indica el manual de gestación embrionaria y vos Walter, fuiste provisto de una proporción anatómica fallida y además impropia para un deporte como el tenis. Lo reflexionaba allí, mientras el partido seguía, y los pelotazos me venían como balazos. Intenté compensar con esfuerzo mental y físico e inmediatamente comprendí que ni siquiera tengo la edad para lograrlo. Ya está. Fue Walter. Vas a perder 60 60. Y encima va a salir publicado en los grupos y el Semanario Protagonistas. Taqueteparió.
Esta foto me la sacó un amigo después del partido, es la toma perfecta, de arriba, para ilustrar a un derrotado. Pero yo veo a un hombre que está sonriendo, quizás porque sabe que sumó un día más de tenis a su prontuario. Y eso no lo empaña ningún 60 60.

viernes, 15 de octubre de 2021

¿QUÉ ES LA FELICIDAD?

 

La pesadilla me despertó. Eran las cinco de la mañana y sabía que no podía dormir más.
No hay dudas de por qué tuve ese sueño. Debo confesar que se trata de miedo. Temor que deviene de aquellos recitales que uno da como músico y a los que muy poca gente asiste. Tan poca que te hace dudar si vale la pena tocar. Pero uno es estoico por naturaleza y enfrenta ese viento frío en contra con valentía. Pero el temor queda.
Para que los cantautores, sin ser artistas populares reconocidos, tengamos una afluencia de público decente –no hablo de multitudes, cuarenta personas es un verdadero éxito- deben confluir varios factores, cercanía del lugar, buen clima, familiares y amigos solidarios, bajo o nada de valor de la entrada, que haya algo barato para comer y tomar, y por supuesto wi fi gratis.
Pero ya estoy lejos de la queja, así es el mundo, injusto y despiadado por momentos y de vez en cuando te hace una caricia.
A vivir con esto.
Vamos a la pesadilla.
Tenemos un recital, esta vez en trío, Damián Tessore al bajo y Maxi Rodriguez a la percusión, yo guitarra y voz. Llegamos al bar temprano pero ya es de noche. En una sala pequeña, justo a la entrada, está la batería armada y un precario sonido. El bar no me es conocido, a medida que se me van revelando sus instalaciones resulta una mezcla de varios bares de Mercedes.
Ahora estoy con Maxi afuera, en la única mesa sobre la vereda, armando la lista de lo que vamos a tocar. La escribo sobre un cuaderno. En la calle, que se parece mucho a la 25, no hay nadie. Damián sale del bar y me dice que están mi tío Jorge y mi tía Lili, raro, hace años que no vienen a un recital mío. Entro para saludarlos. Efectivamente son los únicos que están sentados en la sala. Atrás se ve un hombre grande, en penumbras tomando una copa, no le veo el rostro. A la derecha está la barra atendida por una chica.
Estoy afuera de nuevo y les pregunto a los chicos sino debería esperar a que venga alguien más para tocar. De pronto decido ir al baño, tomo un pasillo y paso por otra sala repleta de gente. De nuevo en la calle comento que podríamos haber elegido esa sala para tocar. Pero Damián, siempre sensato, me abre los ojos, esa gente está ahí porque seguramente no quiere presenciar ningún show.
Mi tío Jorge y mi tía Lili salen afuera y me buscan con la mirada, Jorge bosteza y me dice que se muere de sueño, se van. Solo queda el señor misterioso. Esperamos a que venga alguien más. Pero nadie más viene.
Estamos ahora sentados los tres adentros en una mesa frente a nuestros instrumentos. Intempestivamente comienza a entrar gente, ya no es una sala sino es una salita gigante, se encienden spots de luces que van enfocando a gente y más gente. Al poco tiempo el lugar es lo más parecido a un Luna Park, hay miles y miles de personas, es la imagen que recuerdo de estar en la parte de debajo de un estadio repleto y mirar hacia las gradas de arriba.
Luego se enciende una pantalla, ya tiene el aspecto de un cine, se apagan las luces y se proyecta algo, parece un programa deportivo. Todo el mundo mira la pantalla hipnotizado mientras un hombre habla sobre las bondades del deporte y la fortaleza mental. Salgo afuera y la calle es un desierto, oscuro y frío. Ingreso por la puerta y la luz de la calle da en el rostro de alguien que recuerdo como patovica del viejo Tijuana.
-Eh flaco- me dice de mal modo- cerrá que entra luz.
-Ya va, ya va –contesto.
La proyección sigue, tengo a mi lado a Gustavo Villalba –así son los sueños, los personajes y las secuencias aparecen y desaparecen- y le digo susurrando.
-Negro, no sé cómo es que viene tanta gente a ver esto…
-Claro –me dice –si lo pueden ver en su celular en la casa, no tienen sentido.
A mi otro lado, casi hombro con hombro, está Leo Routin que me aclara lo que pasa:
-Es una charla motivacional, boludo, sobre la felicidad, yo lo sigo a este chavón, pero hoy no sé qué le pasa, no está bueno.
Miro la pantalla y en letras gigantes amarillas sobro fondo negro se lee “¿Qué es la felicidad?”
Estoy de nuevo en mi mesa junto a Damián y Maxi y se me ocurre decir que podemos tocar cuando termine la proyección y aprovechar que hay gente. Con buen tino Maxi me responde lo que ya sé, que estas personas no vinieron para vernos y que nos van a tirar con todo.
Estamos de nuevo los tres afuera y siento pesar por no haber tocado, se me ocurre proponer lo que suelo decir en estos casos, que hagamos de cuenta que es un ensayo con público, aunque en verdad adentro de la sala ni siquiera está el señor misterioso. Solo gente que desde otras salas pasa por ahí, o porque va al baño o a la barra o entra y sale.
Tomamos coraje y empezamos a tocar, cierro los ojos, me duele ver la sala vacía y de esa forma invento un público que está en mi cabeza. Mientras canto voy sintiendo la estática del micrófono. Alguien me empuja de atrás y golpeo fuerte mis dientes superiores delanteros en la boca del micrófono, tengo la sensación vívida de que me he quebrado un diente y me desespero, no podré hablar ni sonreir ni cantar hasta vender mi casa y arreglarlo. Me despierto. El corazón me late fuerte. Toco con la lengua mis paletas. Están ahí, están ahí. Me vuelve el alma al cuerpo. Suspiro. Hoy la felicidad es eso: saber que estás vivo y que tus dientes están ahí.