lunes, 12 de junio de 2017

EL ARTE, LOS GUSTOS y EL RIDíCULO


Quizás algún profesional pueda explicar. Quizás debería pagar una consulta. Esto es en referencia al arte y los gustos.

Con el tiempo he notado que cualquier artista es pasible de críticas. Aún el artista que más nos gusta puede ser descalificado y desaprobado por otros. Al punto de que muchas veces eso incide en nuestra propia visión.

Recuerdo que me sucedió con Fito Paez, en un momento de mi vida sentí que Tumbas De La Gloria era la mejor canción que había escuchado –lo de “mejor” es un exceso y es falso, obviamente, como todo sentimiento es pura subjetividad- pero una noche, mientras veía a un imitador de Fito Paez, exagerando sus gestos y ridiculizándolo, me sentí contrariado al punto de poner en duda lo que yo había sentido.

Mientras escribo me viene a la mente otro recuerdo, esta vez el caso es con un amigo, de esos amigos que son referentes en uno, con los que uno ha compartido los gustos y conformado ese universo de lo que es el gusto artístico, con el que uno traza la línea de esa división errónea que uno llama la música buena y la música mala, cuando en realidad debería ser siempre, la música que nos gusta y la que no nos gusta.

Fue con ese amigo, que luego de no verlo durante mucho tiempo, quise transmitirle mi devoción por Pedro Navaja, la versión de Rubén Blades, tema que escuché de niño sin prestarle atención a la letra pero ya en los veinte lo redescubrí. Pasada la adolescencia, nuestro derrotero musical fue por distintos caminos:  Hendrix me llevó a Santana, y las tumbadoras de Santana me llevaron a Rubén Blades. A mi amigo, sin que yo lo sepa, Hendrix lo llevó a Red Hot Chilli Peppers y éste a Metallica.
Luego de escuchar dos estrofas de Pedro Navaja en un viejo equipo de audio, mi amigo fue sincero y lacónico:

-¡¿Qué hacés escuchando esta mierda?!

No supe qué contestar, pero durante un tiempo Pedro Navaja ya no me provocaría la admiración acostumbrada. Aunque lo analicé y reflexioné no pude. “Chori, no podés ser tan pelotudo” me dije en el espejo, hice fuerzas por sacarme el influjo de mi amigo pero fue imposible. Me seguía gustando Pedro Navaja pero ya no era lo mismo.

Debido a mi actividad como instructor de guitarra, y en la que abogo la metodología de trabajar con los gustos musicales de mis alumnos, he entrenado la condición de no manifestar ni tampoco denotar con las expresiones de mi rostro qué reacción me produce la canción o el tema que me traen. Ni aún gustándome, porque sé que el mismo alumno quizás la próxima vez traiga para aprender algo que no me guste, y por más cara de poker que ponga notará la diferencia.

Con el tiempo aprendí a soportar las críticas sobre mis gustos y en muchos casos a descalificar a quien las dice, pero he desarrollado un sistema de defensa: sin que se entere, lo digo para mis adentros ¿No te gusta Peter Gabriel? ¿Te parece un viejo pelado que debería dedicarse a vender huevos por los barrios con un megáfono? A mi no me gusta cómo te queda el pullover rayado porque te hace más gordo, tampoco ese diente ladeado cuando reís, ni el pelo de la oreja que te olvidaste cortar. Entonces así lo ridiculizo. Y como lo veo ridículo, qué importancia tiene lo que me diga sobre Peter Gabriel. Por momentos funciona.

No hay comentarios:

Publicar un comentario