martes, 2 de mayo de 2017

OBDULIO

Obdulio.

Los soretes no pasaban. Esa era el triste infortunio que nos tocaba vivir en la casa que apenas meses atrás habíamos alquilado, en marzo de 2005. Era una casa de barrio, carecía de red de cloacas y sólo tenía un único baño. Así que en el fondo yacía el pozo ciego al que los soretes debían culminar luego de tirar de la cadena. Pero los últimos quedaron allí, en flotación, deshaciéndose en el inodoro.
A la mañana siguiente probé esperanzado tirar nuevamente de la cadena, pero no, sólo el líquido escurría lentísimo. En mi barrio el cloaquista era el Pelado que Pasa las Cañas. El Pelado llegó esta vez en bicicleta, sacó sus cañas del portaequipaje y, por respeto a los trabajadores domiciliarios, lo dejé hacer tranquilo mientras preparaba un mate.
Varón, me dijo mientras apuntaba a la bombilla, acá no hay cámara y las cañas no pasan. Ante mi cara de desconcierto explicó: debe estar el caño partido, tenés que llamar a un plomero.
Llamé a Dios y María Santísima, desde los plomeros renombrados hasta los novatos, esos que a veces hacen de peón de los consagrados y agarran laburitos chicos por su cuenta. Que vengo mañana, que la semana que viene, que a la tarde, a la mañana… ni siquiera pedí rebaja en el presupuesto. Necesitaba solucionarlo y ya.
Al cabo de tres días de espera llamé al Pelado y le ofrecí que lo hiciera él, que le pagaba los ciento cincuenta pesos que era el mayor de los presupuestos que me habían pasado y que recuerdo que equivalía a medio alquiler. No te preocupes, yo te mando uno mañana por la mañana, si le pagás eso va seguro, se llama Obdulio.
A la mañana siguiente estaba Obdulio. Entró su bicicleta. Entre sesenta y setenta años pero en buen estado físico. Me dijo que fuera a trabajar tranquilo que el Pelado ya le había explicado que tenía que cavar en el patio a cinco o seis metros del inodoro que es donde se trababan las cañas. Quedamos en que volvía a las diez y media.
Cuando regresé, Obdulio estaba esperándome apoyado en la pala sumergido en una cava de casi un metro, me hace señas para que mire el problema. Vi el bruto caño de cemento partido y descalzado, y también vi sus zapatillas y el pantalón hasta la rodilla cubiertas de mierda, la cavidad que había hecho era una cavidad íntegra de mierda, no era barro, eran las heces de probablemente meses de evacuación. Obdulio no se inmutaba, estaba parado sobre nuestras cacas y orines y probablemente las de los inquilinos anteriores sin provocarle estupor. Traeme tres metros y medio de caño PVC, me dijo como si nada pasara, y lo solucionamos.
En camino a la ferretería entendí por qué el gremio de los plomeros había desechado la propuesta, los comprendí, y sentí nuevamente esa sensación de injusticia que me sobreviene asiduamente en la que compruebo que el mundo está al revés, pensé: Obdulio debería ser millonario, sus ingresos tan sólo por ese trabajo deberían ser siderales y luego de terminar en casa debería subirse a su pick up doble cabina cuatro por cuatro con sistema automático y computadora de a bordo y partir a su casa en el barrio más exclusivo de la ciudad.
Cuando terminó probamos tirar de la cadena y la boca del inodoro se devoró la turbiedad dejando nada más que blancura. Sentí felicidad. Le pagué a Obdulio y le pregunté cuánto hacía que trabajaba en plomería. Me dijo que no era plomero, que andaba sin laburo y que cuando salía algo lo agarraba. Le prometí que si sabía de algo le avisaba.

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