lunes, 29 de diciembre de 2014

NUEVAS ARTES



   Necesitaba emprender algunas de esas inquietudes que por causas de elección y de priorizar otras cosas quedan como deudas de vida. Ya se sabe: cuando un elige un camino se deja varios por transitar.
    Después de los cuarenta algunos caminos llegan a su fin, imposible ya iniciarme en el rugby, ni tampoco en el patinaje artístico, el primero porque podría terminar con algún tipo de lesión irreversible y el segundo porque mi columna vertebral, que en las radiografías se muestra con forma de S, le da a mi postura una forma ya humanoide que desplazándose sobre esos artilugios con ruedas resultaría el sumun del patetismo.
    Pintar. Es algo que siempre he envidiado y parece ser algo en lo que nunca es tarde para iniciarse. Durante unos seis años di clases de guitarra en El Limonero, cuando se encontraba en su antigua casa. Allí Pablo Russo, director de la casa y profesor de artística (y donde además tenía su atelier) sin querer, día a día, me introducía en ese gusto por descubrirse transformando la materia de cualquier soporte, tela, madera, metal, hasta inclusive una pared en obras artísticas con sólo pincelar sobre ellas.
    Aprendí muchas cosas con Pablo, muchas veces con sólo mirarlo y otras analizando sobre lo que el hacía. Como siempre, muy amable, Pablito escuchaba mis puntos de vista sobre lo que él iba creando. Con el correr de los años, me encontré discutiendo con él sobre proporciones, peso, trazos, formas, uniformidad y demás cosas.
   Llegó un momento que me notaba poseedor de un gran bagaje de conocimientos teóricos sobre el tema que tenía la impresión que iría a explotar. Se concentraba dentro de mí los conceptos de los pintores del renacimiento, los impresionistas y los expresionistas, pero prevalecía el surrealismo de la mano de Dalí y el cubismo de Picasso, uno por la técnica y el otro por la osadía. También el gusto de nuestro talento local Fifo Roggero retratando su aldea y mi aldea y por supuesto la imaginación de mi involuntario maestro: Pablo Russo.
   Para colmo de bienes ya me había casado y en poco tiempo mi esposa terminaba la carrera del profesorado de artes visuales, así que sentí que el pincel y las pinturas me perseguían por doquier, entonces me dije: ¿Por qué no?
   Necesitaba que esa iniciación, esa primera vez fuera especial, me di cuenta que podía combinarla con mi gran pasión que es la música. Es decir, si musicalizaba la ocasión dándole un marco espiritual podría lograr ese misterioso y mágico lugar de la creación en el que desaparecen las nociones del tiempo y del espacio.
   Elegí el sábado a la tarde, un día primaveral, nada de frio, nada de calor, anuncié en casa que me iniciaría por fin en algo postergado, me vieron llegar con los bártulos necesarios, las pinturas, los pinceles. Quería sorprender y sorprenderme, así que no pregunté nada. No quería aprovecharme de la ventaja que podría darme los conocimientos de mi esposa.
   Comencé con entusiasmo, sin prisa y con mucha alegría. Llega un momento en la creación artística que la ansiedad conspira contra el disfrute del momento, uno quiere terminar, quiere alcanzar la meta. También está el cansancio, como con cualquier cosa que uno emprende, por más pasión que a uno le genere. Como estaba trabajando a la intemperie debí apurarme y resignar el buen trazo y algunos detalles, la noche cambiaría mi impresión, no apreciaría lo mismo con luz artificial lo que había proyectado con luz natural. Los consejos de Pablo Russo venían a mí como un rio de críticas positivas que me alentaban a seguir. Supe que estaba en trance.
   Cuando la obra estuvo terminada me decidí a proceder como lo he visto en muchos artistas, destapar una cerveza, sentarme en un sillón un tanto alejado de la obra para poder percibir mejor su todo, en plenitud. El resultado no fue nada malo, pero  entendí por qué Miguel Angel para su magna realización en la Capilla Sixtina había utilizado empleados: la contractura de las cervicales que me ocasionó barnizar esos tirantes de la galería hizo que desistiera de esta actividad que algunos consideran terapéutica. El último sorbo de cerveza llegó con una revelación, ¿para qué incursionar en nuevas artes si uno con lo que ya tiene es suficiente?
Eso: ¿Para qué? 

    

lunes, 8 de diciembre de 2014

¿EL PAJARO O EL AUTO?

     No me gusta lavar el auto. En mi orden de prioridades está allá muy abajo, después de cortar el pasto y hacer las compras en el súper. Admiro en secreto a aquellos seres que disponen de todo su empeño para mantener la limpieza de su vehículo.
He visto casos de personas obsesivas desarmando su coche, lustrando hasta sacar chispas, con productos especiales de limpieza, aspiradoras, lustradoras, compresores  e hidrolavadoras.  Me llena de curiosidad conocer que misterios ocurren para que una persona le guste tanto  lavar el auto.    
   Recuerdo que una vez charlando con un conocido, quién me manifestaba que al auto lo lavaba él, personalmente, y que jamás lo llevaba a un lavadero, no pude resistir mi curiosidad y le pregunté:
-¿Por qué?
-Porque te lo lavan para el orto.
-Pero te tiene que gustar.
-A mí me gusta.
-¿Te gusta? –no pude contener el asombro -¿Por?
-¿A vos qué cosa te gusta hacer?
-Tocar la guitarra…
-Bueno… a mí me gusta lavar el auto.
   Después me condimentó un poco la cosa diciéndome que mientras lo hacía escuchaba radio o ponía música, que inclusive la esposa le cebaba unos mates, pero no llegó a seducirme. Lavar el auto para mí es una acción dificultosa, una marcha cuesta arriba, lo intenté dos veces: la primera vez, debido a la pretensión de hacerlo bien, tarde tres horas y pico y me agarró la noche aún sin terminar. La segunda apenas me esmeré y quedó con más marcas y rayas que una cebra. En caso de emergencia aplico la estrategia de la lluvia: me siento en un sillón y lo manguereo pero al menos una vez por mes lo llevo al lavadero.
     Esta semana ocurrió lo que casi siempre ocurre, saco el auto del lavadero y al otro día un pájaro dejó su huella fétida en la puerta izquierda delantera. En cuanto veo la mancha blanquecina de caca sobre el brillo de la chapa ocurre lo que siempre ocurre, puteo al pájaro y a diosymaríasantísima, sé que si tuviera un arma en ese momento, por la cuestión de la emoción violenta, asesinaría a cualquier cosa que tuviera alas. Pero sucedió algo que no siempre ocurre, reflexioné:
   “¿Qué es lo que no debiera existir? ¿El pájaro o el auto?”
   El auto se me ha tornado indispensable y para alguien que una carrera de autos es una exhibición de carteles que giran y un árbol de leva una especie desconocida de la vegetación amazónica el hecho de depender de un automóvil es una condena agobiante. Las publicidades televisivas, que siempre son engañosas, casi siempre muestran al comprador del coche manejando plácidamente por la ruta como si volviera de un spa, lo que no muestran es todo lo que sucederá después: el pago del seguro, la patente, la necesidad de revisar el aceite y los filtros, el paso semanal por la estación de servicio, el cambio de neumáticos, la alineación y el balanceo, las rótulas, las veletas, el rayoncito, el otro rayoncito, la tierra en el vidrio, la humedad que empaña los vidrios y por supuesto: la caca de los pájaros
   El pájaro, animal no racional, sólo come, vuela y caga, seguramente desde su perspectiva superior los autos no le representan una amenaza, miles y miles de chapas coloridas y brillosas serán para el pobre ave un dato sin importancia, a lo sumo pensará -sabemos que no piensan pero aceptemos el verbo por esta vez- que no son árboles donde podrá guarecerse, ni agua de la que podrá beber ni tampoco insectos con los cual alimentarse, los autos no le son de utilidad y en su diminuto cerebro concluirá que al menos sirven para echarles un cago. Así de simple.

   En el futuro prometo pensar a la inversa: cuando un pájaro deje su caca en mi auto tomaré un elemento contundente y castigaré al auto por ser el causante de este malestar. Ahora lo tengo claro: lo que no deberían haber existido jamás son los autos.

lunes, 1 de diciembre de 2014

ESCALERA DE ALUMINIO MULTIPROPOSITO


    “Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables.”

    Así comienza el Julio Cortázar sus instrucciones para subir una escalera, texto que aparece entre otros en Historias de Cronopios y Famas.

   La verdad es que no he dejado de observar la conformación de una escalera, es de ese tipo de inventos que evidentemente no han de tener creador definido, y si bien cierta biografía sospechosa dice que las primeras escaleras aparecieron allá por el siglo 6000 antes de Cristo, uno imagina que en cualquier parte del mundo y en cualquier tiempo, cuando ha existido la necesidad de subir o bajar distancias imposibles, a esa persona en cuestión, se le ha venido a la mente alguna de las tantas formas que tienen las escaleras, y de algún modo se las ha ingeniado para fabricar escalones o peldaños.

   Tengo algo de vértigo y no me seducen las escaleras, vivo en una casa de planta baja pero muchas veces he tenido que hacer uso de alguna, o para subir al techo para ver porque se filtra el agua, o para pintar o cambiar una lamparita. En el último tiempo las lamparitas de mi casa comenzaron a quemarse y como no soy amante de la “reparación en casa” fui postergando el hecho de cambiarlas, primero sucumbió la de una habitación, luego la de la otra, luego las dos tortugas de afuera, y por último la del comedor. Esta última fue clave para tomar la decisión, sobre todo cuando confundí un pedazo de pan con la manito de mi hija.

 La excusa ante los ruegos de mi familia para que cambie las lamparitas, era que no teníamos escalera, pues las lamparitas de mi casa están todas bastante altas, algo que nos fue difícil prever al momento de hacer la instalación, y ni siquiera con la ayuda de una pequeña escalera de seis peldaños puedo alcanzar. Y la verdad es que ya me da vergüenza seguir molestando a mis vecinos para pedirles, por enésima vez, una escalera.

 Me decidí entonces en comprar la Escalera Aluminio Multipropósito, que como bien define el rótulo es una escalera de aluminio que será útil en innumerables propósitos que uno deba emprender. ¿Por qué me decidí por uno de esas? Porque he visto que pueden plegarse hasta ser apenas un cubilete liviano de un metro veinte de altura, lo cual facilita al momento de guardarlas y transportarlas.

Cuando la cargué en el auto luego de pagar en la ferretería noté que la satisfacción me invadía el cuerpo, ¿Ese pequeño bulto me llevaría a los cuatro metros de altura? ¿así yo engordara hasta pesar los ciento cincuenta kilos que permite como límite de peso?

  La alegría terminó cuando comencé la proeza de desplegarla. Leí sus instrucciones, mucho menos literarias que las de Cortázar, y noté que la cosa no iría a ser sencilla, un tramo para acá, otro para allá y no podía entender qué clase de forma estaba tomando ese pequeño robotito de aluminio. Yo necesitaba ese tipo de forma tradicional, un triángulo isósceles, tipo casita, en el que la escalera podría sostenerse por sí sola sin la necesidad de apoyarla. Por momentos parecía llegar al objetivo, pero confundido por las trabas, con el miedo a no aplastarme un dedo, no lograba que adquiera una forma razonable y en uno de los intentos la pata impactó contra el esquinero donde está el teléfono y los retratos y adornos volaron por el living. Esa pequeña estructura aparentemente inofensiva comenzaba a tomar vida propia.

Al fin hubo éxito y cambié el foquito del living, pero lo peor estaba por suceder: para ir hacia una de las habitaciones, debido a que hay que transitar por el pasillo, tuve que plegar totalmente los tramos porque en ninguna de sus diversas formas podía atravesar los estrechos ángulos. Nuevamente las dudas y los conflictos, cuatro veces tuve que repetir los procesos, plegado, desplegado, plegado desplegado… puertas abolladas, paredes rayadas y cachas en los muebles fue el lamentable saldo de la tarea.

La modernidad tiene estas cosas, ya no siento que tengo una Escalera Aluminio Multipropósito, sino que estoy seguro de tener un enemigo en casa.         

lunes, 10 de noviembre de 2014

LA EMPRESA IMPOSIBLE



  Así como existe el “amor imposible” que equivale a decir “amor no correspondido” también existe el “empresario imposible” quien tendrá la misma suerte desdichada que el enamorado frustrado.  
  El empresario “platónico” (que valga el adjetivo aunque los filósofos proclamen que el derivado de Platón en cuestiones del amor está mal utilizado) no puede con su genio, es además un “empresario teórico” y sentirá que tiene las mejores ideas para formar una nueva empresa, hará análisis de mercado, proyectará la forma de producción, marketing, logística y luego dejará el plan en pausa hasta que aparezca una idea mejor pero nunca concretará la experiencia. Veamos la historia de K.
    K, es mercedino está con su familia en el shopping de Morón, como llegaron a la hora del almuerzo directamente se dirigen hacia el patio de comidas. Los dos pequeños de tres y cinco años suplican por La Cajita Feliz así que el paso por Mc Donalds es inevitable. Su esposa pide una ensalada porque está a dieta y K se resigna con el combo mediano Angus Bacon. Mira el ticket y ve la razón social: Arcos Dorados SA. Y allí comienza el flechazo.
   ¿Por qué no poner un Mc Donalds en Mercedes? Mientras come las papas fritas por demás saladas recuerda la cantidad de chicos, niños y muchachos que se amontonan en la plaza céntrica como ganado, en las noches multitudinarias de carnaval y en los días de diciembres navideños. También cree que sería una sucursal estratégica debido a la confluencia de la Ruta 5 y la Ruta 41 facilitando la concurrencia de gente del norte, sur y oeste de la región. Todo es positivo. Por una vez en la vida le ganaríamos una a Chivilcoy, a Junín, a Chacabuco, piensa, y hasta el intendente daría una mano para que Mercedes tenga su Mc Donalds.
   K, luego de mirar vidrieras y disfrutar con sus hijos de los carísimos y brevísimos juegos mecánicos del shopping (otra empresa que dejará para otro momento), compra un rollo de manguera para regar el jardín en el inmenso local de Easy. Luego paga el estacionamiento, se sienta en su auto y conduce casi sin hablar, ensimismado en su proyecto. Piensa en la antigua casa de su ya fallecido abuelo y estima en remodelarla, hacerle un piso arriba quizás, y alquilarle la parte que no ha heredado a sus familiares. Pero le diría que es para un emprendimiento comercial cualquiera, poner un kiosco por ejemplo, si les confesara que su proyecto es poner nada menos que una sucursal de Mac Donalds inmediatamente querrán convertirse en su socio. Les dirá que es para un kiosco y fiambrería de esa forma acordará un alquiler módico y tendrá tres años de changüí que es lo que dura el contrato de alquiler, luego, con la fenomenal renta comprará la parte a sus familiares.
    No quiere comentarlo con nadie, cree que una buena idea no debe mencionarse hasta que no esté concretada. No quiere mufarla. Sabe que tiene el as de espadas; es Carlos, un amigo de la facultad que llegó a gerente de la sucursal Mc Donalds de San Miguel, lo invitará a comer un asado y de esa forma intentará “robarle” los conocimientos, el Know How del negocio. Llegando al peaje de Olivera mira a su esposa y se lo dice, el domingo invitarán a un asado a Carlos y su familia. Su esposa frunce la nariz, no le cae bien la mujer de Carlos que es capaz de venir a comer un asado con los tacos puestos.
  K llega a su casa y está impaciente, se ha entusiasmado tanto que ya le resulta un suplicio tener que ir a trabajar al Banco al otro día. Pero le da fuerzas el hecho de que por ser empleado de más de quince años pueda obtener un buen crédito para el proyecto. Y se entusiasma tanto que decide no esperar hasta el domingo, va hasta su cuarto y cierra la puerta, toma el celular y llama a Carlos.
     Luego de preguntar por los chicos y por Norma se decide, le cuenta todo, su plan, sus posibilidades y hasta una posibilidad de asociarlo en un porcentaje y lo asesora, se siente un dios en lo más alto de la montaña. La respuesta de Carlos es lacónica y contundente.
    -Hermano, primero que Mc Donalds no le da la concesión a cualquiera y otra que jamás pone sucursales en lugares donde se corta al mediodía para dormir la siesta.
    K corta el celular, se siente abatido, deprimido, le ha pasado un tráiler con acoplado por encima,  pero la pena dura segundos, un clavo saca otro clavo, y una nueva idea toma forma en su imaginación, mira el rollo de manguera aún empaquetado, se toma la pera con la mano y piensa casi en voz alta:
   ¿Por qué no poner un Easy en Mercedes?
  



lunes, 3 de noviembre de 2014

EL ANTIPOETA

   

   La drupa es una fruta cuya pulpa es comestible y dicen que sabe agridulce, el árbol que produce esa la drupa es el jocote, como en aquel pueblo de Guatemala había muchos jocotes lo llamaron Jocotenango.
   Un 19 de enero de 1964 nacía en Jocotenango, Guatemala, Ricardo Arjona. Cincuenta años después millones de mujeres en Latinoamérica se sienten identificadas con las letras de las canciones e incrementan su cuenta bancaria a niveles exorbitantes.
    Una leyenda urbana argentina se propagó a través de los años contando que este autor y compositor guatemalteco, muchos años atrás, pobre y exiliado, cantaba en la calle Florida de la ciudad de Buenos Aires, recaudando monedas con la funda de la guitarra abierta.
   Reza el axioma popular que los hombres no entendemos a las mujeres y la poesía de Ricardo Arjona, o la antipoesía quizás es bueno decir, da pruebas claras de que el género masculino poco conoce de esta especie descendiente de Eva.
   Aquí intentaré comprender de qué manera el mal gusto, el pésimo sentido de ubicuidad y la discriminación pueden ser consideradas virtudes del romanticismo. Pablo Neruda y Mario Benedetti quedaron relegados a la condición de simples artistas del medioevo, o inclusive de la prehistoria. Ricardo Arjona destronó por completo la pasada estética romántica transformándola en demodé.

TU REPUTACION
“Tu reputación son las primeras seis letras de esa palabra”
 Así comienza esta canción, con un juego de palabras que pretende ser ingenioso (por lo visto para mucha gente lo es). Nada qué decir, el inicio es contundente y agresivo, luego la letra matiza la violencia de esta primera frase dejando traslucir la idea de que no hay mejor amante que una profesional del sexo. Pero cuando Arjona canta esto en un escenario señalando a las treinta mil o cuarenta mil mujeres que lo escuchan, al menos por un instante ellas, la mayoría señoras de cuatro décadas y con grasa abdominal, sienten en su interior, que son poseedoras de la misma reputación. Es el efectivo ardid de la identificación.

QUIERO
“Y quiero correr por ahí mientras trepo un cometa
y levantarle la falda a la gorda del barrio.
Quiero vivir sin un guión ni la misma receta.
Quiero inventarle otra letra al abecedario.”

    Quiero es una canción que como lei motiv utiliza el verbo “Quiero” para expresar un sinnúmeros de deseos, entre explícitos y metafóricos.  Los versos que transcribo arriba son parte del estribillo.  Mientras suceden las estrofas todo parece habitual en la poética hasta que llega este particular deseo: “…y  levantarle la falda a la gorda del barrio”, la primera vez que lo escuché, en esas escuchas de ocasión en que uno está pensando en otra cosa fue inevitable visualizar la imagen del mismo  Arjona levantándole la pollera a una mujer. ¿Dijo eso? ¿”Levantarle la falda a la gorda del barrio”? ¿Por qué? ¿Por qué es gorda? ¿Por qué es de barrio? Y lo más inquietante:  ¿para qué? ¿Por qué razón uno querría levantarle la falda a una chica excedida en peso? Discriminación y abuso, todo en una sola oración.                                                                                                 

APNEA
“No consigo respirar,
hago apnea desde el día en que no estás”

   Aquí la metáfora de la imposibilidad al respirar ante la revelación del amor no es original, Vivir sin aire de Maná, Every breath you take de The Police y Take my breath away de Berlin demuestran que el recuso está trillado, lo meramente excepcional es el mecanismo poético de comparar la emoción romántica con una patología respiratoria.  La apnea es una enfermedad que puede ser grave y que provoca que la persona que lo padece quede mucho tiempo sin respirar lo que luego genera una brusca convulsión más fuerte que un ronquido. La situación es muy poco literaria. Esto nos da la pauta de que Arjona jamás hubiese escrito lo que Charly García plasmó en la canción Seminare: “Si pudieras olvidar tu mente, frente a mí, sé que tu corazón diría que sí” sino, en boca del guatemalteco quedaría mejor:  “Si pudieras quedar en coma irreversible, frente a mí, sé que te corazón diría que sí”
   Para terminar el análisis una pequeña anécdota, cuentan que una canción aún inédita del cantautor refleja con énfasis su condición hipocondríaca:
   “… de tanto esperar sentado tu hermoso rostro ovoide
    No te das una idea de cómo tengo las hemorroides”





    


domingo, 19 de octubre de 2014

LA TRANSICIÓN Y LA RUBIA


LA TRANSICIÓN Y LA RUBIA

1988. Deba, boliche bailable en la que su nombre deviene por ser el lugar un anterior local en el que funcionaba la Dirección de la Energía de Buenos Aires. La música que más me gusta se escucha temprano, antes de que la introducción The Final Countdown, de Europe, dé inicio al baile propiamente dicho. Con mis amigos (apenas tenemos dieciséis años) ingresamos una hora antes de la medianoche, hay poca gente y es más fácil el ingreso. Sabemos que hoy puede haber razzia, es decir, pueden encenderse las luces del local iluminándolo por completo y la policía ingresaría a buscar menores pidiendo el documento. Pero no nos importa, lo peor que puede pasar es un paseo en un colectivo de la empresa de transporte del pueblo hasta la comisaría donde nuestros padres irán a retirarnos luego previo llamado telefónico. En mis pensamientos está la chica que me gusta, no sé su nombre todavía así que la he bautizado “La Rubia”. ¿Vendrá esta noche?

Allí en la pista, temprano, suena en penumbras Confortably Numb de Pink Floyd, espero el solo de guitarra para sentirme David Gilmour, me transporto, estoy en estado alfa, beta y gama, disfrutando de ese mágico sonido moviendo los dedos en mi stratocaster imaginaria. Tengo puesto un jean azul, unos zapatos náuticos marrones y una camisa a rayas con el cuello tirado hacia atrás como si me estuvieran tirando de un hilo invisible. Todos los varones estamos en composé, uniformados, hay variantes en los colores de las rayas de la camisa, a veces verdes, a veces rojas, otras azules pero siempre sobre un fondo blanco. Ellas, las damas,  usan pantalones blancos livianos, a veces natural, y blusas de igual color, el cabello largo, algunas lacio, otras ondulado.

La discoteca Deba se va colmando de gente, la música es lenta, porque es la antesala a lo que vendrá. Cuando ya no cabe más nadie, las cornetas de Europe estallan, las luces hacen su juego y el baile comienza. Primero, como siempre: música movida.

 No somos todo lo valiente que queremos, sacamos a bailar a nuestras compañeras o amigas, sabemos que no podrán decirnos que no. Somos ingeniosos, si nos gusta una de ellas invitamos a bailar a la amiga. Lo hacemos sin temor, no habrá rechazo. Pasan los hits de Erasure, Bon Jovi, Depeche Mode y otros. Nuestras amigas y compañeras se cansan, bailan con nosotros pero miran hacia más allá siempre buscando a alguien, luego cuchichean entre ellas, nosotros ya no importamos. Dejamos de bailar de mutuo acuerdo y ahora viene lo difícil. Sacar a bailar pero con riesgo. El rechazo es doloroso, pero no nos queda otra, lo intentamos, buena suerte y mala suerte.
  
Hace rato que me atrae La Rubia, y ella vino, está con una amiga. Busco a uno de mis amigos, al que la memoria ha borrado, le pido que me ayude, le explico que hay una chica que me gusta pero está con otra. La otra no lo impacta pero tampoco le provoca repulsión. Somos crueles, no lo sabemos pero somos crueles. Todos y todas.
 
Las dos dicen que sí. Ella no va a mi escuela pero la tengo vista y me gusta mucho, desde hace tiempo. Ese oxímoron llamado rock nacional es lo que musicaliza el momento. Hablamos y nos escuchamos lo que podemos. Nos comunicamos casi con mímica. La música comienza a ser más lenta, Pretty Woman de Roy Orbison da comienzo a la transición, es la señal que se vienen los lentos. El ritmo es cada vez más sinuoso y cansino, y todas las parejas nos miramos de soslayo, seguimos moviéndonos como marionetas electrificadas pero la cadencia ya es propia de un minué. La transición es terrible, nadie da el primer paso, ni nosotros las tomamos de la cintura, ni ellas nos toman del cuello. El piano lentissimo de Total eclipse of the heart de Bonnie Tyler se hace insostenible y amerita iniciar el baile pegado de una vez. De reojo veo que todos lo hacen. Miro a la rubia y amago a tomar su cintura pero sus manos no vienen a mi cuello, sí se acercan sus labios y me estremezco.
  
 -Llegó mi novio, no bailo más, gracias –me dice al oído.   


miércoles, 3 de septiembre de 2014

EL ASADO Y LA VIRILIDAD

“Con su permiso voy a dentrar
aunque no soy convidado
pero en mi pago un asao
no es de naides y es de todos
yo voy a cantar a mi modo
después que haya churrasqueado”
Atahualpa Yupanki

    Mi suegro y mi concuñado me arrinconaron en una sobremesa.

   -¿Cuándo te vas a hacer un asado? –dijeron casi al unísono.

   No tengo parrilla, muchas veces pienso que debería invertir en construirla o comprar alguna de las tantas variantes que vienen prehechas pero siempre hay prioridades que se anteponen a tal propósito.

  -Hacelo en el piso, no tiene por qué ser en una parrilla –dijo mi suegro.

   Con desgano comienzo a excusarme. Les cuento de la molestia de tener que hacerlo con dos perras que se adueñaron del patio de casa y que podrían hacer fracasar el plan robándose la carne. Mi suegro y mi concuñado se cruzan en una mirada cómplice sugiriendo descreimiento y proponen que los ate, pero yo les pido que tengan en cuenta la requerida libertad de los animales, y luego ellos proponen que cubra la carne con algo, yo respondo que no es suficiente y así podríamos haber continuado la esgrima verbal hasta altas horas de la tarde. Decidí cortar por lo sano la conversación y sentencié:

   -Reivindico mi derecho a no querer hacer un asado, puedo invitarlos a una lasagna, una carne al horno con papas, empanadas con carne cortada al cuchillo, pero basta de pedirme que haga un asado como si de eso dependiera mi virilidad.
   
    Históricamente el asado ha sido cosa de hombres, los muchachos en la parrilla y las mujeres a la ensalada, y parece ser nomás que además del desempeño sexual y la cantidad de hijos, saber hacer un asado es la tercera condición que el hombre masculino debe poseer para consolidar su hombría. Cuando mi suegro me dice: Hacete un asado, siento lo mismo que si me dijera “hacete hombre, carajo”.

   Me encanta el asado y debo haber comido en los últimos diez años, más de cien realizados por mi suegro. Pero apenas recuerdo un sólo asado hecho por mi concuñado en su casa, en el que terminé trabajando humeándome frente a su parrilla porque el anfitrión se fue a bañar para poder ser un comensal perfumado y bien vestidito. Junto a su hermano terminamos sirviendo los chorizos y el vacío mientras el señor de la casa (era su cumpleaños) nos esperaba de punta en blanco sentado en la cabecera de la mesa. Esa única vez comí asado en su casa y ya quiere que lo compense.

  Una vez leí que el asado en la Argentina se lo hace de un modo como en ningún otro país, y que la razón es porque se confía en la buena carne de nuestros novillos. En otros lugares tirar la carne a la parrilla sin ningún tipo de maceración o condimento es un camino al fracaso en el que el resultado puede terminar siendo algo parecido a una suela de zapatos desabrida.

   No hay ningún secreto y la teoría me la sé de memoria: prender el fuego, esperar que las brasas enciendan totalmente, colocar las brasas, limpiar la parrilla, salar la carne y distribuirla estratégicamente, cocinarlas muy bien de un solo lado y darlas vuelta.  Es decir que debo confirmar mi masculinidad haciendo una cocción básica que un chico se siete años resolvería perfectamente. 

    Pero mi suegro y mi concuñado son inflexibles, quieren ver al macho haciendo el asado. Ellos se pierden la complejidad de un lomo a la crema, un pollo a la ciruela con papas noisette o mis bifes a la criolla. Claro que para algunos de estos platos debo picar cebolla, lo cual me hace lagrimear a granel, y es sabido que llorar es de maricones.