viernes, 19 de mayo de 2017
LADY IN RED
-¿Cuánto hace que das clases de guitarra, Chori? –me pregunta Arturo, un alumno y amigo mientras hacemos una pausa para descansar los dedos.
Me apoyo en la guitarra, no es una pregunta frecuente así que intento hacer el cálculo en voz alta. Cuento que empecé en Rosario, a los veintidós años, demasiado joven, pero la necesidad de sobrevivir despierta cierto grado de caradurez que uno no cree tener. Era buen estudiante, pasaba obsesivamente muchas horas sobre el instrumento, entre lesiones de guitarra eléctrica autodidactas, clases de armonía y composición, pero viendo en retrospectiva no estaba lo suficientemente formado.
Le conté a Arturo sobre mi primer alumno, yo tomaba clases en esos días con Jorge Fandermole y admiraba que pudiera transcribirme cualquier canción o música que yo le llevara, lo hacía casi al instante. Me prometí hacer lo mismo, pegué carteles con la frase “Clase de Guitarra Todos los Estilos”. El primer alumno fue una alegría inmensa. Un pibe adolescente simpático y extrovertido. Y fue el primer traspié: Era fanático de Metallica. Si bien escuchaba mucho rock todavía no había incursionado en el heavy metal, Deep Purple y Led Zeppelin eran mis límites en el rock duro. Estuve toda la semana sacando a oído Master of Puppets. Y así empecé.
Al cabo de unos meses contaba con una decena de alumnos, había sido pesimista, ¿quién confiaría en un pibe de veintidós años para tomar clases? Pero no contaba con que en una ciudad grande como Rosario lo que se prioriza es la cercanía: Todos vivían a menos de dos o tres cuadras.
Le contaba todo esto a Arturo cuando recordé algo que había quedado congelado en la memoria como un archivo guardado en un viejo pen drive extraviado. No recuerdo su nombre pero era una alumna fanática de Los Beatles de apenas catorce años. Muy tímida y extremadamente obediente. No hablaba casi nada y avanzaba muy rápido clase a clase. Aún tengo grabada su cara de felicidad cuando pudo tocar Blackbird sin equivocarse. Fue luego de eso que me dijo que quería aprender Lady in Red.
¿Lady in Red? Pregunté asombrado. Lady In Red es una canción melosa, típica canción lenta de los ochenta que escuchaba en las radio y en los bailes, mundialmente famosa. De melodía potente y letra casi entendible para cualquiera que manejara aunque sea un pobrísimo inglés. La canción en la que el cantante decía “Chic tu Chic” casi en un susurro. Evidentemente Lady In Red era para mi alumna un tema fuera de programa. Además no era de las consideradas canciones guitarrísticas.
-La quiero aprender, profe -me dijo-, la canta mi tío.
Asentí, le pregunté si su tío tocaba la guitarra, me dijo que sí, pero que ya no vivía en el país y que pronto con su familia irían a visitarlo y que ella quería aprender Lady In Red para mostrársela. Como regalo. Le contesté que bueno, que me traiga el casette con la canción la próxima clase y la sacábamos. Me dijo que la tenía un disco vinilo pero en la semana la pasaba a un TDK.
En la clase siguiente apareció con su guitarra, un TDK y el vinilo con la canción Lady in Red. Me muestra la tapa del disco y me dice: éste es mi tío. En la tapa sólo estaba Chris de Burgh, el cantante y autor de Lady in Red. Con marcador negro tenía cruzada una gran dedicatoria sobre uno de los vértices en diagonal, decía algo como “para mi querida sobrina…” y firmado: Chris de Burgh. Recuerdo que le pregunté si me estaba haciendo un chiste, y noté que su rostro se oscureció, no le gustó mi desconfianza. Cambié el tono y le dije que me cuente.
Gracias a internet hoy pude corroborar algunos datos que había deformado en la historia, Chris de Burgh se llamaba en realidad Christian John Davison (yo lo había simplificado en Cristian Burgos), nació en Venado Tuerto (en mi memoria lo cambié por San Nicolás), a pocos kilómetros de Rosario, y se fue del país pronto por trabajo de sus padres, de Venado Tuerto eran los padres de mi alumna. Me lo contó naturalmente.
Pudimos hacer una versión respetable de Lady In Red, nunca quiso cantarla frente a mí por timidez pero su madre me dijo que en la casa la cantaba y muy bien. Días después les comunicaba a mis alumnos que ya no podría darles más clases porque me volvía a vivir a Mercedes. Cuando vino la madre de mi alumna sobrina de Chris de Burgh se lo dije, las dos se pusieron tristes y la madre me dijo que su hija esperaba cada clase de guitarra con muchas ganas. Las despedí en el palier.
Nunca supe si pudo cantarle Lady In Red a su tío Christian John Davinson. Ojalá que sí
miércoles, 10 de mayo de 2017
HEIDI Y EL QUESO
Heidi y el queso.
Soy devoto de los quesos. No puede faltar en la heladera algún pedazo de pategrás, gruyere o sardo. Juanita, mi pequeña hija de seis años no gusta del queso, apenas los untables. Ella está ahora en estos días mirando nuevamente capítulos de Heidi en YouTube, aquellos viejos episodios de treinta minutos pero en color.
Mi primera gran historia fue Heidi. En televisión blanco y negro a sólo medio metro de la pantalla. Tendría seis o siete años. Y ahora, revivenciando con Juanita esa historia que me hacía llorar y emocionarme me doy cuenta que la pasión casi irracional por el queso tiene que ver con la fogocidad voraz con la que Heidi, la niña huérfana de los Alpes, se abalanzaba sobre la taza de leche, el pan y el queso que le preparaba su abuelo. Su felicidad era mi felicidad.
Heidi es la historia de una niña huérfana de cinco años que queda al cuidado de su tía en la ciudad, imposibilitada de hacerlo decide dejarla con su abuelo quien vive en una cabaña en lo alto de la montaña. El contraste de sus personalidades es antagónico. El abuelo es huraño, triste, introvertido y Heidi desborda alegría, su sonrisa es un dibujo gigante en su rostro y se vislumbra extrovertida y optimista. El viejo, en un principio no está contento con la idea de cuidar a su nieta pero en apenas días comenzará a reconciliarse con la niña.
Los días se suceden en episodios en los que Heidi descubre lo que provee esa naturaleza de valles y montañas, conoce a Pedro, un niño pastor, con el que tendrá aventuras y será muy feliz. También se relaciona con la madre y la abuela de Pedro. Aprende cosas, juega, disfruta y uno va aprendiendo de su sensibilidad para cuidar a los animalitos en problemas, su generosidad en compartir lo poco que tiene, el amor por su abuelo, por la amistad y el queso, el queso y la leche de cabra calentita en invierno. Heidi ama el queso.
Pasado un tiempo de la historia llega la noche: El abuelo se niega en enviar a Heidi a la escuela, y Heidi debe concurrir obligatoriamente a la ciudad de Frankfurt a educarse. Para ello es contratada como dama de compañía de Clara, una adolescente enferma que no puede caminar. Es la parte triste de la historia y recuerdo angustiarme mucho en esos episodios. Heidi queda al cuidado de la familia de Clara, ellos son su padre y abuela que casi nunca están. Y allí estará su tutora, la señorita Rottemberg, autoritaria y exigente, quien le dará clases.
Heidi entristece, logra hacerse muy amiga de clara y de la servidumbre, siempre muy querida por todos, pero extraña su vida en los Alpes Suizos, día a día entra en depresión, ya no es alegra, sus ojos se humedecen y su boca gigante se reduce a un pequeño esbozo.
Heidi entristece, logra hacerse muy amiga de clara y de la servidumbre, siempre muy querida por todos, pero extraña su vida en los Alpes Suizos, día a día entra en depresión, ya no es alegra, sus ojos se humedecen y su boca gigante se reduce a un pequeño esbozo.
Juanita, ahora frente a la tablet, aún no imagina que Heidi deberá dejar ese mundo bello de cabras, de su amigo Pedro, de valles suaves, pinos y cumbres nevadas... y de queso, mucho pan y queso. ¿Deberé alertarla? ¿Tendré que hablarle del cuando suceda la separación de Heidi y su querido abuelo? ¿O deberé dejar que suceda y que en todo caso me pregunte? Quizás, pienso, deba contarle el final de la historia, que Heidi vuelve con su abuelo, sus animales, las montañas, con Pedro y que tiempo después Clarita la visitará y, gracias al aire de la naturaleza, tendrá fuerzas y logrará caminar.
Pienso en eso mientras seco los platos y cubiertos y ella mira un episodio en su tablet, entonces es que me llama:
-Pa, ¿me das queso?
-¿Queso? - digo extrañado.
-Sí pa.
-Pero si nunca comés queso, Juani.
-Es que estoy mirando Heidi ¡y me dieron unas ganas de comer queso!
martes, 2 de mayo de 2017
OBDULIO
Obdulio.
Los soretes no pasaban. Esa era el triste infortunio que nos tocaba vivir en la casa que apenas meses atrás habíamos alquilado, en marzo de 2005. Era una casa de barrio, carecía de red de cloacas y sólo tenía un único baño. Así que en el fondo yacía el pozo ciego al que los soretes debían culminar luego de tirar de la cadena. Pero los últimos quedaron allí, en flotación, deshaciéndose en el inodoro.
A la mañana siguiente probé esperanzado tirar nuevamente de la cadena, pero no, sólo el líquido escurría lentísimo. En mi barrio el cloaquista era el Pelado que Pasa las Cañas. El Pelado llegó esta vez en bicicleta, sacó sus cañas del portaequipaje y, por respeto a los trabajadores domiciliarios, lo dejé hacer tranquilo mientras preparaba un mate.
Varón, me dijo mientras apuntaba a la bombilla, acá no hay cámara y las cañas no pasan. Ante mi cara de desconcierto explicó: debe estar el caño partido, tenés que llamar a un plomero.
Llamé a Dios y María Santísima, desde los plomeros renombrados hasta los novatos, esos que a veces hacen de peón de los consagrados y agarran laburitos chicos por su cuenta. Que vengo mañana, que la semana que viene, que a la tarde, a la mañana… ni siquiera pedí rebaja en el presupuesto. Necesitaba solucionarlo y ya.
Al cabo de tres días de espera llamé al Pelado y le ofrecí que lo hiciera él, que le pagaba los ciento cincuenta pesos que era el mayor de los presupuestos que me habían pasado y que recuerdo que equivalía a medio alquiler. No te preocupes, yo te mando uno mañana por la mañana, si le pagás eso va seguro, se llama Obdulio.
A la mañana siguiente estaba Obdulio. Entró su bicicleta. Entre sesenta y setenta años pero en buen estado físico. Me dijo que fuera a trabajar tranquilo que el Pelado ya le había explicado que tenía que cavar en el patio a cinco o seis metros del inodoro que es donde se trababan las cañas. Quedamos en que volvía a las diez y media.
Cuando regresé, Obdulio estaba esperándome apoyado en la pala sumergido en una cava de casi un metro, me hace señas para que mire el problema. Vi el bruto caño de cemento partido y descalzado, y también vi sus zapatillas y el pantalón hasta la rodilla cubiertas de mierda, la cavidad que había hecho era una cavidad íntegra de mierda, no era barro, eran las heces de probablemente meses de evacuación. Obdulio no se inmutaba, estaba parado sobre nuestras cacas y orines y probablemente las de los inquilinos anteriores sin provocarle estupor. Traeme tres metros y medio de caño PVC, me dijo como si nada pasara, y lo solucionamos.
En camino a la ferretería entendí por qué el gremio de los plomeros había desechado la propuesta, los comprendí, y sentí nuevamente esa sensación de injusticia que me sobreviene asiduamente en la que compruebo que el mundo está al revés, pensé: Obdulio debería ser millonario, sus ingresos tan sólo por ese trabajo deberían ser siderales y luego de terminar en casa debería subirse a su pick up doble cabina cuatro por cuatro con sistema automático y computadora de a bordo y partir a su casa en el barrio más exclusivo de la ciudad.
Cuando terminó probamos tirar de la cadena y la boca del inodoro se devoró la turbiedad dejando nada más que blancura. Sentí felicidad. Le pagué a Obdulio y le pregunté cuánto hacía que trabajaba en plomería. Me dijo que no era plomero, que andaba sin laburo y que cuando salía algo lo agarraba. Le prometí que si sabía de algo le avisaba.
A la mañana siguiente probé esperanzado tirar nuevamente de la cadena, pero no, sólo el líquido escurría lentísimo. En mi barrio el cloaquista era el Pelado que Pasa las Cañas. El Pelado llegó esta vez en bicicleta, sacó sus cañas del portaequipaje y, por respeto a los trabajadores domiciliarios, lo dejé hacer tranquilo mientras preparaba un mate.
Varón, me dijo mientras apuntaba a la bombilla, acá no hay cámara y las cañas no pasan. Ante mi cara de desconcierto explicó: debe estar el caño partido, tenés que llamar a un plomero.
Llamé a Dios y María Santísima, desde los plomeros renombrados hasta los novatos, esos que a veces hacen de peón de los consagrados y agarran laburitos chicos por su cuenta. Que vengo mañana, que la semana que viene, que a la tarde, a la mañana… ni siquiera pedí rebaja en el presupuesto. Necesitaba solucionarlo y ya.
Al cabo de tres días de espera llamé al Pelado y le ofrecí que lo hiciera él, que le pagaba los ciento cincuenta pesos que era el mayor de los presupuestos que me habían pasado y que recuerdo que equivalía a medio alquiler. No te preocupes, yo te mando uno mañana por la mañana, si le pagás eso va seguro, se llama Obdulio.
A la mañana siguiente estaba Obdulio. Entró su bicicleta. Entre sesenta y setenta años pero en buen estado físico. Me dijo que fuera a trabajar tranquilo que el Pelado ya le había explicado que tenía que cavar en el patio a cinco o seis metros del inodoro que es donde se trababan las cañas. Quedamos en que volvía a las diez y media.
Cuando regresé, Obdulio estaba esperándome apoyado en la pala sumergido en una cava de casi un metro, me hace señas para que mire el problema. Vi el bruto caño de cemento partido y descalzado, y también vi sus zapatillas y el pantalón hasta la rodilla cubiertas de mierda, la cavidad que había hecho era una cavidad íntegra de mierda, no era barro, eran las heces de probablemente meses de evacuación. Obdulio no se inmutaba, estaba parado sobre nuestras cacas y orines y probablemente las de los inquilinos anteriores sin provocarle estupor. Traeme tres metros y medio de caño PVC, me dijo como si nada pasara, y lo solucionamos.
En camino a la ferretería entendí por qué el gremio de los plomeros había desechado la propuesta, los comprendí, y sentí nuevamente esa sensación de injusticia que me sobreviene asiduamente en la que compruebo que el mundo está al revés, pensé: Obdulio debería ser millonario, sus ingresos tan sólo por ese trabajo deberían ser siderales y luego de terminar en casa debería subirse a su pick up doble cabina cuatro por cuatro con sistema automático y computadora de a bordo y partir a su casa en el barrio más exclusivo de la ciudad.
Cuando terminó probamos tirar de la cadena y la boca del inodoro se devoró la turbiedad dejando nada más que blancura. Sentí felicidad. Le pagué a Obdulio y le pregunté cuánto hacía que trabajaba en plomería. Me dijo que no era plomero, que andaba sin laburo y que cuando salía algo lo agarraba. Le prometí que si sabía de algo le avisaba.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)