La invitación habitualmente es del mismo tenor, palabras más palabras menos es algo así: venite que nos
juntamos, hay asado, Fulano se encarga de comprar todo, Mengano de la parrilla y Sultano del postre, después hacemos las cuentas y arreglamos. Me refiero a grupos de amigos que no son músicos, de otros ámbitos, o a
veces, inclusive, de la familia.
Yo hago memoria, evalúo posibilidades, horarios, consulto en casa y entonces si nada lo impide acepto. Pero ocurre que apenas termino de
confirmar mi asistencia, llega un nuevo mensaje a modo de epílogo:
-Ah, trae la guitarra.
Confieso que tengo una personalidad insegura y me cuesta exponerme en ese tipo de reuniones. Y repetidamente alego lo mismo: no siempre a todos los concurrentes les gusta que saque la guitarra y me ponga a tocar. Yo eso lo aprendí con el tiempo después de algunas experiencias pero es inevitable que alguno me diga ¿Quién te crees que
sos, Slash? ¡tocá y dejate de joder!
Soy consciente de que muchos colegas tienen la virtud de no dejarse abrumar por estos pensamientos y les importa poco si a alguien le molesta que estén tocando o no, yo los admiro, es como si tuvieran un interruptor con el que se activan y pueden estar dos o tres horas guitarreando sin parar. Los escuchen o no.
Valga estas palabras como reivindicación del músico
pobretón, independiente que no es ni Calamaro ni Arjona ni el Indio Solari,
sino ese músico guitarrista que se gana la vida dando clases, tocando en bares
o en otro trabajo y que de vez en cuando lo invitan a una cena con la
"condición" de que lleve la guitarra.
Digo entonces: somos mejores que los Calamaros, los
Arjonas y los Solaris, tenemos más obstáculos que sortear, más piedras en el camino. Mientras a ellos les piden las veinte o treinta canciones que se popularizaron, tocando en un estadio en el que ganan por un show lo que nosotros ganaremos en toda la vida, a los pobres otarios nos piden que acompañemos a
alcoholizados e improvisados cantantes en un repertorio que suele ir del tango a la
cumbia, del rock al folclore y lo que es una terrible pesadilla para mi: la
música melódica.
Logramos acompañar a cantantes que comienzan en un
tono y luego viran como barrilete descolado a dos o tres tonos diferentes. Nos
piden que cantemos y toquemos todo, en español, en inglés, en francés, en
portugués y nosotros, necesitados de ego y exultantes de orgullo, cedemos, pero
después de semejante hazaña. no tienen ellos prurito, ni piedad, en exponer
nuestra ignorancia, porque luego de interpretar ciento veinte temas sin fisuras, nos
preguntan con sonrisa socarrona:
-¿Qué, esa no la sabés?
Recuerdo un almuerzo familiar, de esos cruzados,
cuando se forma una pareja y convergen los Capuletos y los Montescos. En la
sobremesa saqué la guitarra obedeciendo al reclamo de algunos. Me pidieron folclore y
empecé a cantar Oración del Remanso, una canción de Fandermole que me emociona y empecé
sentido, cerré los ojos para invitar al alma a participar y canté, a medida que los versos y los acordes transcurrían el murmullo
crecía y percibí la indiferencia. Pero no sólo eso, alguien me llamaba:
-¡Nene, Nene!
Abrí los ojos, la señora que estaba sentada en frente
se había parado y me pedía algo. Señalaba la guitarra, eso creí mientras
luchaba con las notas altas del estribillo, y me hallaba desconcentrado por la situación. La mujer seguía allí y temí que algo grave estuviera por suceder, noté impaciencia en su rostro, casi desesperación y no le importaba la canción, exigía una respuesta.
Terminé el primer estribillo y decidí amputar esa
bellísima canción, paré de tocar y cantar, miré la guitarra y no había en ella nada
extraño. Levanté la vista perplejo y mirándome a los ojos me dijo:
-¿Nene, me alcanzás la cucharita y el plato, así sirvo
el postre?
Apuesto que ni a los Calamaro, ni a los Arjona, ni a
los Solari les ocurre esto.
Somos mejores.
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