Fue a las ocho y monedas de la mañana, en el transcurso de unas diez cuadras en auto, debo reconocer que me encontraba en el estado en que la modorra aún no se despega del cuerpo y las lagañas se aferran a los ojos como si quisieran vivir allí.
Estaba la radio encendida y la voz de Nelson Castro, con el tono de profesor de secundaria que siempre utiliza para ofrecer sus opiniones dijo, luego de mencionar y dejar traslucir su disgusto por una inminente movilización de trabajadores en protesta al gobierno y a razón de ello:
-El debate que falta en la Argentina y que deben darse los gremios de trabajadores es el del advenimiento de la era tec-no-ló-gica, sí, la era tecnológica, no debemos imaginarnos que esto se dará con complejos robots, que la robotización se dará de este modo, no…
Me interesó, ya estaba detenido en el semáforo de 40 y 29, que ahora dura el tiempo suficiente como para supervisar el aseo facial y acomodar los cabellos rebeldes. Nelson continuó:
-Por ejemplo, está el tema por llegar de los automóviles autoconducentes, ¿ustedes se imaginan cuando en un tiempo esto llegue? ¿los medios de transportes autoconducentes? Porque va a llegar, y ahí el empleo de los transportes estarán en un problema, los camiones, los taxis, los remises, toda esa gente no va a tener trabajo, los móviles se conducirán solos, ¿lo imaginan?
Si algo me gusta en la vida es que me inviten a la imaginación, y entonces cerré los ojos y me vi, me vi tomando mates en el auto mientras la Suran autoconducente me traslada por dónde yo le pida, imaginé también que yo podría ir en el asiento de atrás ensayando acordes en mi guitarra, componiendo, mientras el piloto invisible lidia con los controles, o mejor aún, podría conversar con el piloto, y este podría estar programado para hacer terapia sicológica...
El bocinazo interrumpió mi vuelo onírico. Me bajó de un hondazo. El semáforo ya estaba en verde y los bocinazos de los autos tras de mi me recordaron que el que conducía y conduce, lamentablemente, todavía soy yo.