domingo, 3 de septiembre de 2017

NELSON CASTRO Y LA IMAGINACION


Fue a las ocho y monedas de la mañana, en el transcurso de unas diez cuadras en auto, debo reconocer que me encontraba en el estado en que la modorra aún no se despega del cuerpo y las lagañas se aferran a los ojos como si quisieran vivir allí.
Estaba la radio encendida y la voz de Nelson Castro, con el tono de profesor de secundaria que siempre utiliza para ofrecer sus opiniones dijo, luego de mencionar y dejar traslucir su disgusto por una inminente movilización de trabajadores en protesta al gobierno y a razón de ello:
-El debate que falta en la Argentina y que deben darse los gremios de trabajadores es el del advenimiento de la era tec-no-ló-gica, sí, la era tecnológica, no debemos imaginarnos que esto se dará con complejos robots, que la robotización se dará de este modo, no…
Me interesó, ya estaba detenido en el semáforo de 40 y 29, que ahora dura el tiempo suficiente como para supervisar el aseo facial y acomodar los cabellos rebeldes. Nelson continuó:
-Por ejemplo, está el tema por llegar de los automóviles autoconducentes, ¿ustedes se imaginan cuando en un tiempo esto llegue? ¿los medios de transportes autoconducentes? Porque va a llegar, y ahí el empleo de los transportes estarán en un problema, los camiones, los taxis, los remises, toda esa gente no va a tener trabajo, los móviles se conducirán solos, ¿lo imaginan?
Si algo me gusta en la vida es que me inviten a la imaginación, y entonces cerré los ojos y me vi, me vi tomando mates en el auto mientras la Suran autoconducente me traslada por dónde yo le pida, imaginé también que yo podría ir en el asiento de atrás ensayando acordes en mi guitarra, componiendo, mientras el piloto invisible lidia con los controles, o mejor aún, podría conversar con el piloto, y este podría estar programado para hacer terapia sicológica...
El bocinazo interrumpió mi vuelo onírico. Me bajó de un hondazo. El semáforo ya estaba en verde y los bocinazos de los autos tras de mi me recordaron que el que conducía y conduce, lamentablemente, todavía soy yo.

LA NOVENA Y EL BESO


(sólo para músicos... aunque no sé)
Dicen que el primer beso no se olvida aunque sospecho que lo que resiste al olvido es, probablemente, la sensación del primer beso. Un sentir que por ser la primera vez provoca un nuevo espacio, como un ladrillo que conforma la pared, y que cuando el ladrillo no está surge la ausencia, un hueco que se rellena con un nuevo ladrillo, con enduido o -quizás es lo deseable- con nostalgia. Porque algo es inevitable: ya nunca más habrá una primera vez.
La primera vez que escuché una novena en un acorde en mi guitarra criolla sentí una vibración en la caja sobre mi cuerpo que se transportó inmediatamente al alma. La novena natural sobre un acorde mayor o uno menor es una pincelada sublime, un toque bellísimo como un atardecer sin nubes, como el vuelo estático del colibrí, o como un beso enamorado. Imaginen entonces como es la primera vez que se siente un acorde con novena vibrando en el cuerpo pegado a la caja de la guitarra.
La novena es uno de los tantos intervalos amables que existen, la preciosidad de la novena natural es aún mayor cuando se produce el acoplamiento de segunda mayor con la octava nota. Intuyo que Troilo se enamoró de las novenas naturales y por eso aparece en sus arreglos. Pink Floyd las incluyó en su repertorio abriendo la puerta de las novelas al rock. Tom Jobim, Paco de Lucia, Ralph Towner, Gustavo Cerati, Spinetta, Paez, Robert Fripp, Carnota, Charly García le hicieron gran honor a la novena natural.
Si alguien que no es músico no alcanza a comprender de lo que hablo le sugiero esta prueba. Las estrofas de Every Breath You Take de The Police tienen la misma secuencia armónica que otros clásicos como Stand By Me, Mister Postman, Despeinada, Yo no me sentaría a tu mesa y tantos otros, pero el detalle está en la sonoridad que Andy Summers le aportó agregando la novena natural a cada uno de los acordes. Esa fueron mis primeras novenas, se ve que a Andy Summers le encantaron porque en el mismo compilado aparecían también en Message In A Bottle.
Extraño la sensación de mis primeras novenas, iba al baño y me encerraba horas para gozar de ellas, hoy las toco y se disfrutan. Quizás, como los besos, hasta haya encontrado mejores, pero las primeras, fueron las primeras.

AH TRAE LA GUITARRA



La invitación habitualmente es del mismo tenor, palabras más palabras menos es algo así: venite que nos juntamos, hay asado, Fulano se encarga de comprar todo, Mengano de la parrilla y Sultano del postre, después hacemos las cuentas y arreglamos. Me refiero a grupos de amigos que no son músicos, de otros ámbitos, o a veces, inclusive, de la familia.

Yo hago memoria, evalúo posibilidades, horarios, consulto en casa y entonces si nada lo impide acepto. Pero ocurre que apenas termino de confirmar mi asistencia, llega un nuevo mensaje a modo de epílogo:

-Ah, trae la guitarra.

Confieso que tengo una personalidad insegura y me cuesta exponerme en ese tipo de reuniones. Y repetidamente alego lo mismo: no siempre a todos los concurrentes les gusta que saque la guitarra y me ponga a tocar. Yo eso lo aprendí con el tiempo después de algunas experiencias pero es inevitable que alguno me diga ¿Quién te crees que sos, Slash? ¡tocá y dejate de joder!

Soy consciente de que muchos colegas tienen la virtud de no dejarse abrumar por estos pensamientos y les importa poco si a alguien le molesta que estén tocando o no, yo los admiro, es como si tuvieran un interruptor con el que se activan y pueden estar dos o tres horas guitarreando sin parar. Los escuchen o no.

Valga estas palabras como reivindicación del músico pobretón, independiente que no es ni Calamaro ni Arjona ni el Indio Solari, sino ese músico guitarrista que se gana la vida dando clases, tocando en bares o en otro trabajo y que de vez en cuando lo invitan a una cena con la "condición" de que lleve la guitarra.

Digo entonces: somos mejores que los Calamaros, los Arjonas y los Solaris, tenemos más obstáculos que sortear, más piedras en el camino. Mientras a ellos les piden las veinte o treinta canciones que se popularizaron, tocando en un estadio en el que ganan por un show lo que nosotros ganaremos en toda la vida, a los pobres otarios nos piden que acompañemos a alcoholizados e improvisados cantantes en un repertorio que suele ir del tango a la cumbia, del rock al folclore y lo que es una terrible pesadilla para mi: la música melódica.

Logramos acompañar a cantantes que comienzan en un tono y luego viran como barrilete descolado a dos o tres tonos diferentes. Nos piden que cantemos y toquemos todo, en español, en inglés, en francés, en portugués y nosotros, necesitados de ego y exultantes de orgullo, cedemos, pero después de semejante hazaña. no tienen ellos prurito, ni piedad, en exponer nuestra ignorancia, porque luego de interpretar ciento veinte temas sin fisuras, nos preguntan con sonrisa socarrona:

-¿Qué, esa no la sabés?

Recuerdo un almuerzo familiar, de esos cruzados, cuando se forma una pareja y convergen los Capuletos y los Montescos. En la sobremesa saqué la guitarra obedeciendo al reclamo de algunos. Me pidieron folclore y empecé a cantar Oración del Remanso, una canción de Fandermole que me emociona y empecé sentido, cerré los ojos para invitar al alma a participar y canté, a medida que los versos y los acordes transcurrían el murmullo crecía y percibí la indiferencia. Pero no sólo eso, alguien me llamaba:

-¡Nene, Nene!

Abrí los ojos, la señora que estaba sentada en frente se había parado y me pedía algo. Señalaba la guitarra, eso creí mientras luchaba con las notas altas del estribillo, y me hallaba desconcentrado por la situación. La mujer seguía allí y temí que algo grave estuviera por suceder, noté impaciencia en su rostro, casi desesperación y no le importaba la canción, exigía una respuesta.

Terminé el primer estribillo y decidí amputar esa bellísima canción, paré de tocar y cantar, miré la guitarra y no había en ella nada extraño. Levanté la vista perplejo y mirándome a los ojos me dijo:

-¿Nene, me alcanzás la cucharita y el plato, así sirvo el postre?

Apuesto que ni a los Calamaro, ni a los Arjona, ni a los Solari les ocurre esto. 

Somos mejores.


OLVIDAR A PETER GABRIEL

OLVIDAR A PETER GABRIEL
Advierto y me permito la irracionalidad.
Estoy escuchando Peter Gabriel. Somos pocos los que nos emocionamos con Peter Gabriel. El ingreso al mundo Peter Gabriel es un arma de doble filo, una acción que provoca, por un lado, un estado de maravillosidad y energía sublime al escuchar y, sobre todo, fundirse en su obra -porque a Peter Gabriel no se lo escucha, se lo adopta, se lo vive-. Pero también está la consecuencia negativa, el lado poco amable.
Cada vez que me encuentro con una nueva versión en vivo del inmenso tema que es In Your Eyes, siento que el espíritu se despega de mi cuerpo, mi mente va con él y se aliviana y danza; porque a su modo, Peter Gabriel es, además de excepcional en música y letra, danzable.
La gran mayoría de los temas de Peter Gabriel son inmensos, incomensurables, extremadamente cuidados, magistralmente cantados, arreglados con tal soberbia artística que eleva la condición del arte musical del rockandpop en inglés a la categoría de los grandes clásicos.
Y aquí está lo negativo de entrar en el universo Peter Gabriel: cuando se está en él lo demás parece chiquito, disminuido, prescindible. Suena a herejía: ¡¿The Beatles prescindibles?! Pido perdón, y me pido perdón.
Entonces olvidar a Peter Gabriel se hace necesario, aunque sea por un tiempo. Irse de su mundo para ingresar en los otros. Hasta que que uno ande necesitado de alivianarse, de despegarse de lastre, o cuando hay que afrontar que la vida nos ataque como tromba. Entonces nada mejor que escuchar Dont Give Up, Washing On The Water, o poner fuerte Slosbury Hill y esperar a que llegue el momento de gritar Bum bum bum y hacerle un grandioso ole a la vida y salir volando.