Había un obstáculo para llegar a nuestra primera comunión. La confesión.
Sábado
tras sábado, en las clases de catecismo de la Escuela Misericordia, la señorita
Zulma nos venía advirtiendo de que antes de tomar la comunión había que
confesarse. Decir nuestros pecados a un sacerdote. Teníamos apenas entre ocho y nueve años pero la educación
religiosa de fines de la década del setenta era contundente: no importaba la edad, éramos pecadores solo por haber tenido la suerte de nacer y debíamos confesarnos.
El miedo nos invadió a todos cuando Zulma nos
dijo que el sábado siguiente, por la tarde, debíamos ir a la Iglesia
Catedral y tener nuestra primera confesión con los Padres Dángelo y Tomás. Los
conocíamos porque se alternaban para dar la misa de once de la mañana de todos los domingos a la que
asistíamos casi obligatoriamente. Tomás era un hombre al que veía ya anciano, quizás algo mayor que Dángelo. Ninguno de los dos era joven y no se revelaban para nada
pedagógicos y contenedores.
Alguien preguntó en la clase sobre qué cosa era un
pecado. La señorita Zulma, que no debería tener más de treinta años, comenzó a
explicarnos que si desobedecíamos a nuestros padres, decíamos malas
palabras, mentíamos o si nos peleábamos con nuestros hermanos, estábamos
pecando, y que eso es lo que teníamos que confesarle al Padre.
Luego profundizó sobre la mecánica de la confesión. Nos explicó que primero teníamos que hacer la fila pacientemente y cuando llegara nuestro turno debíamos acercarnos al confesionario y arrodillarnos frente al padre,
responder sus preguntas y esperar que nos dé la
orden para rezar el Pésame.
Aquel sábado soleado, en el atrio de la Iglesia
estábamos todos silenciosos, aterrados. Carlitos, el más osado y valiente en estas
cuestiones, nos alentaba a que hiciéramos lo que había dicho la señorita, que le digamos que
desobedecimos a nuestros padres, que mentimos, que dijimos malas palabras y nos
peleamos con nuestros hermanos y amigos. Así como había practicado horas para memorizar el Pésame yo ya había pasado un buen rato repitiendo mi confesión. Y mientras esperaba allí fuera de la iglesia seguía en ese trance como un autómata.
Desobedecí a mamá y papá
Dije mentiras y malas palabras
Me peleé con mi hermana
Me peleé con mi amigo Gustavo y Ale.
Vi que muchos chicos también repetían en murmullos la confesión tratando de memorizarla. Por fin la señorita apareció por la puerta y nos dijo que sólo
estaba el Padre Dángelo porque Tomás estaba enfermo. Nos indicó que entremos y
hagamos la fila en el confesionario de la izquierda. No recuerdo cuánto éramos
pero seguro superábamos los sesenta chicos entre los dos cursos. Hicimos la fila,
delante de mí habría una decena de compañeros. El Padre Dángelo llegó con su
atuendo de punta en negro, nos miró seriamente y se sentó en el confesionario.
Yo sólo le veía las rodillas.
-Adelante – se escuchó que dijo.
Tuve miedo. Todos estábamos tensos. En absoluto
silencio. Carlitos era el único que sonreía y por supuesto se había colocado
primero. Yo sentí que el tiempo que duró su confesión fue mucho más extensa de
lo que había imaginado. Mi deseo era que fuera breve porque yo quería estar allí
dentro lo menos posible.
La fila que tenía por delante iba reduciéndose, mis
nervios hacían latir mi corazón ruidosamente, repetía mi discurso mentalmente
para no olvidarlo:
Desobedecí a mamá y papá
Dije mentiras y malas palabras
Me peleé con mi hermana
Me peleé con mi amigo Gustavo y Ale.
Intentaba mecanizarlo porque ni siquiera sentía que lo mio era muy grave, no era un niño rebelde, no recuerdo ser desobediente ni ser agresivo, además mi repertorio de malas palabras era seguramente muy acotado. Pero si no tenía pecados había que inventarlos.
No concebía entrar a ese lugar sin la materia prima necesaria.
La cola avanzaba lentamente y yo cada vez me ponía más nervioso. No recuerdo cuántos compañeros ya habrían pasado por el interrogatorio cuando me sorprendió ver al padre Dangelos salir del confesionario algo fastidioso. Se paró delante de nosotros y llamó a todos a que hagan una
especie de medialuna. Su
rostro denotaba hartazgo.
-Vengan todos, vengan…-repitió agitando la mano.
Cuando todos estuvimos cerca preguntó levantando el
tono de voz:
-¡¿Todos desobedecieron a sus padres?!
-¡Sí! –respondimos a coro.
-¡¿Dijeron mentiras y malas palabras?!
-¡Sí!
-¡¿Se pelearon con sus hermanos o sus amigos?!
-¡Sí! –el coro era cada vez más efusivo.
El Padre pareció distenderse y dejó caer los hombros,
como si se sacara una pesada mochila de la espalda. Bajando la voz, en tono
conciliador, nos dijo:
-Bien, vayan, vayan, están todos perdonados.
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