OLVIDAR A PETER GABRIEL
Advierto y me permito la irracionalidad.
Estoy escuchando Peter Gabriel. Somos pocos los que nos emocionamos con Peter Gabriel. El ingreso al mundo Peter Gabriel es un arma de doble filo, una acción que provoca, por un lado, un estado de maravillosidad y energía sublime al escuchar y, sobre todo, fundirse en su obra -porque a Peter Gabriel no se lo escucha, se lo adopta, se lo vive-. Pero también está la consecuencia negativa, el lado poco amable.
Cada vez que me encuentro con una nueva versión en vivo del inmenso tema que es In Your Eyes, siento que el espíritu se despega de mi cuerpo, mi mente va con él y se aliviana y danza; porque a su modo, Peter Gabriel es, además de excepcional en música y letra, danzable.
La gran mayoría de los temas de Peter Gabriel son inmensos, incomensurables, extremadamente cuidados, magistralmente cantados, arreglados con tal soberbia artística que eleva la condición del arte musical del rockandpop en inglés a la categoría de los grandes clásicos.
Y aquí está lo negativo de entrar en el universo Peter Gabriel: cuando se está en él lo demás parece chiquito, disminuido, prescindible. Suena a herejía: ¡¿The Beatles prescindibles?! Pido perdón, y me pido perdón.
Entonces olvidar a Peter Gabriel se hace necesario, aunque sea por un tiempo. Irse de su mundo para ingresar en los otros. Hasta que que uno ande necesitado de alivianarse, de despegarse de lastre, o cuando hay que afrontar que la vida nos ataque como tromba. Entonces nada mejor que escuchar Dont Give Up, Washing On The Water, o poner fuerte Slosbury Hill y esperar a que llegue el momento de gritar Bum bum bum y hacerle un grandioso ole a la vida y salir volando.
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