Heidi y el queso.
Soy devoto de los quesos. No puede faltar en la heladera algún pedazo de pategrás, gruyere o sardo. Juanita, mi pequeña hija de seis años no gusta del queso, apenas los untables. Ella está ahora en estos días mirando nuevamente capítulos de Heidi en YouTube, aquellos viejos episodios de treinta minutos pero en color.
Mi primera gran historia fue Heidi. En televisión blanco y negro a sólo medio metro de la pantalla. Tendría seis o siete años. Y ahora, revivenciando con Juanita esa historia que me hacía llorar y emocionarme me doy cuenta que la pasión casi irracional por el queso tiene que ver con la fogocidad voraz con la que Heidi, la niña huérfana de los Alpes, se abalanzaba sobre la taza de leche, el pan y el queso que le preparaba su abuelo. Su felicidad era mi felicidad.
Heidi es la historia de una niña huérfana de cinco años que queda al cuidado de su tía en la ciudad, imposibilitada de hacerlo decide dejarla con su abuelo quien vive en una cabaña en lo alto de la montaña. El contraste de sus personalidades es antagónico. El abuelo es huraño, triste, introvertido y Heidi desborda alegría, su sonrisa es un dibujo gigante en su rostro y se vislumbra extrovertida y optimista. El viejo, en un principio no está contento con la idea de cuidar a su nieta pero en apenas días comenzará a reconciliarse con la niña.
Los días se suceden en episodios en los que Heidi descubre lo que provee esa naturaleza de valles y montañas, conoce a Pedro, un niño pastor, con el que tendrá aventuras y será muy feliz. También se relaciona con la madre y la abuela de Pedro. Aprende cosas, juega, disfruta y uno va aprendiendo de su sensibilidad para cuidar a los animalitos en problemas, su generosidad en compartir lo poco que tiene, el amor por su abuelo, por la amistad y el queso, el queso y la leche de cabra calentita en invierno. Heidi ama el queso.
Pasado un tiempo de la historia llega la noche: El abuelo se niega en enviar a Heidi a la escuela, y Heidi debe concurrir obligatoriamente a la ciudad de Frankfurt a educarse. Para ello es contratada como dama de compañía de Clara, una adolescente enferma que no puede caminar. Es la parte triste de la historia y recuerdo angustiarme mucho en esos episodios. Heidi queda al cuidado de la familia de Clara, ellos son su padre y abuela que casi nunca están. Y allí estará su tutora, la señorita Rottemberg, autoritaria y exigente, quien le dará clases.
Heidi entristece, logra hacerse muy amiga de clara y de la servidumbre, siempre muy querida por todos, pero extraña su vida en los Alpes Suizos, día a día entra en depresión, ya no es alegra, sus ojos se humedecen y su boca gigante se reduce a un pequeño esbozo.
Heidi entristece, logra hacerse muy amiga de clara y de la servidumbre, siempre muy querida por todos, pero extraña su vida en los Alpes Suizos, día a día entra en depresión, ya no es alegra, sus ojos se humedecen y su boca gigante se reduce a un pequeño esbozo.
Juanita, ahora frente a la tablet, aún no imagina que Heidi deberá dejar ese mundo bello de cabras, de su amigo Pedro, de valles suaves, pinos y cumbres nevadas... y de queso, mucho pan y queso. ¿Deberé alertarla? ¿Tendré que hablarle del cuando suceda la separación de Heidi y su querido abuelo? ¿O deberé dejar que suceda y que en todo caso me pregunte? Quizás, pienso, deba contarle el final de la historia, que Heidi vuelve con su abuelo, sus animales, las montañas, con Pedro y que tiempo después Clarita la visitará y, gracias al aire de la naturaleza, tendrá fuerzas y logrará caminar.
Pienso en eso mientras seco los platos y cubiertos y ella mira un episodio en su tablet, entonces es que me llama:
-Pa, ¿me das queso?
-¿Queso? - digo extrañado.
-Sí pa.
-Pero si nunca comés queso, Juani.
-Es que estoy mirando Heidi ¡y me dieron unas ganas de comer queso!
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