domingo, 19 de agosto de 2018

EL PULLOVER PUNTO INGLES COLOR VERDE LORO

EL PULOVER PUNTO INGLES COLOR VERDE LORO

 -Correte gordo loro –me dijo el Sapo Matiucci mientras me daba un empujón y me desplazaba del flipper de Batman.

En el ambiente denso de Oykos, templo de juegos electrónicos de la ciudad en la década del 80, una fría tarde de invierno fui rebautizado: ya no era el Chori, el zurdo que jugaba decentemente al fútbol, el pibe que taladraba oídos con su canto y su guitarra sino que hora era el Gordo Loro.

Tenía catorce años recién cumplidos y por primera vez en mi vida me llamaban gordo, porque efectivamente estaba gordo; y durante esa tarde y por un tiempo más, fui el Gordo o el Gordo Loro. La incorporación del flamante apodo se debía a que tenía puesto un pulóver punto inglés de un verde estridente, notable, muy poco común. La rebeldía e innovación a la moda no era a causa de mi decisión: se debía a que las prendas que no tenían salida en la tienda de mis padres terminaban por vestir mi cuerpo.  

La escuela secundaria había modificado mi vida: de un verano a pura energía y deporte en la Liga de Padres de Familia pasé a un invierno sedentario de kilos y kilos de pan con manteca con azúcar y café con leche. Aquella tarde de invierno en que fui a jugar a los juegos electrónicos en Oykos era la primera vez que salía de mi ostracismo sedentario y el Sapo Matiucci me revelaba que estaba gordo. Me sorprendí amargamente. Culpé al pullover que notoriamente era de un talle XL. Pero la confirmación vino minutos después, cuando jugando al Gaplus, escuché que alguien detrás de mí dijo:

-Cuando termine el gordo, estoy yo. 

Me destruyó. Quería salir corriendo. Definitivamente era un gordo.Y ser gordo no era negocio, yo no tenía experiencia en ser El Gordo, El Gordito, el Gordo panceta con pan y manteca. Con los días ese desprecio gordofóbico empezó a ser más frecuente.

Esa noche dejé el pulover verde hecho un bollo en un rincón del ropero. Cada vez que lo veía allí me angustiaba. 

Mi amigo Jano, con el que pasábamos juntos todos los días en aquellos tiempos, notando mi angustia me dio un consejo, un recurso que él ya utilizaba cuando le hacían bromas por su baja estatura. Me decía:

-Cuando te hinchen las pelotas cagáte de risa, y si podés cargáte sólo, hacéte chistes vos mismo, antes de que lo hagan ellos.

Fue un regalo de la vida, funcionaba perfecto. Lo puse en práctica y logré disipar un poco esa tormenta, pero ciertas desventajas eran inevitables, y el fútbol era una de ellas.

La modificación de los horarios en la escuela me había dejado fuera de las prácticas de fútbol, pero en la segunda mitad del año, cuando los días comenzaron alargarse y el horario de las prácticas se pasó más tarde, mi viejo me llevó nuevamente al club. El desaparecido club Austral donde jugaba. 

 -Jugá de tres –me dijo Perico Lopez, el técnico que nos tocaba ese año.

-Pero yo juego de cinco –le dije convencido.

-Pero hoy jugá de tres y no subas que no vas a poder volver. Quedate paradito.

Jugar de tres y no subir es peor que ser arquero. En todo el primer tiempo toqué la pelota tres o cuatro veces. Perico me había mojado la oreja, había lastimado mi orgullo, sin querer por supuesto, y como la orden de no atacar seguramente no se debía a un orden táctico, sino a mi deficiente estado físico, quise demostrarle que podía hacerlo. 

Ya en el segundo tiempo, en cuanto vi la oportunidad, piqué unos veinte metros a la búsqueda del pase, pero la pelota fue interceptada por un defensor que despejó y me obligó a retomar mi puesto. Cuando llegué sentí que los pulmones me iban a estallar, me incliné y me tomé las rodillas tratando de recuperar el aire. No volví a desobedecer. Terminé la práctica casi desvanecido. Había hecho un solo pique y quedé fulminado.  

Cuando subimos al auto papá me dijo:

   -Hablé con Perico –mi viejo fue sincero – dijo que estás pesado, que te va a costar.

Fue un cuchillazo al corazón. Esa noche no pude dormir. No eran tiempos de nutricionistas, de terapias psicoanalíticas, de conciencia alimentaria, es decir, la conciencia alimentaria te determinaba que si estabas gordito y robusto eras sano. Pero yo no quería que me desplazaran por gordo y que me hagan jugar al fútbol en un puesto miserable con la única condición de no dejar pasar un delantero.

Bajé doce kilos en dos semanas. En alguna revista había leído que debía comer cada dos o tres horas, dejar las harinas, mucho líquido, y nada de grasas. Lo hice en soledad, mis padres trabajaban todo el día y no llevaban un seguimiento cotidiano sobre lo que hacía. Además, de los dos días de práctica, agregué por mi cuenta tres días más en el que corría hasta diez kilómetros y sumaba una rutina de ejercicios.

No fue fácil igual. Uno de aquellos días de extrema dieta, caminando,vi que un auto pasó por encima a un perrito, al lado mío, el alarido de dolor me estremeció, la vista se me nubló y sentí que las piernas se me vencían como gelatina, caí al piso. Un par de personas me asistieron hasta que me repuse. Supe que había tenido una baja de presión. En los días siguientes me volvió a suceder antes de un partido pero pude reponerme y jugarlo. Busqué en la enciclopedia de medicina que había en casa lo relacionado con la baja de presión y deduje que era por mi adelgazamiento brusco y comencé a comer más sin detenerme en el entrenamiento. Así fue que lo fui regulando. Los bajones de presión desaparecieron. 

 Antes de fin de año recuperé mi puesto de cinco y la cinta de capitán. Había ganado la capitanía por no faltar nunca a las prácticas. Y porque Perico y Birola se habían enterado de que yo entrenaba por mi cuenta. 

Tiempo después, en el invierno siguiente, buscando abrigo levanté una pila de ropa del placard y atrás, en el rincón, yacía hecho un bollo el pulóver punto inglés color verde loro. Tomé coraje y me lo puse, me miré al espejo, estaba estirado y deformado, le había tomado bronca pero ahora lo veía como un luchador derrotado, vencido luego de la contienda, un enemigo respetable. Me lo saqué y lo coloqué en una bolsa para luego dejarlo en el canasto de la basura.

   A la mañana siguiente el canasto estaba vacío, sentí alivio.

lunes, 4 de junio de 2018

AY, EL HIMNO ARGENTINO


Fecha patria. Fiestita de la escuela. Ingreso de la bandera y palabras alusivas. Luego erguirse y entonar las estrofas del Himno Nacional Argentino.
Me gusta cantar el Himno fuerte y exultante para que escuchen los mortales el grito libertad, libertad, libertad, pero dependerá en parte de la versión grabada que nos conducirá en ese derrotero musical sinuoso y complejo.
A veces, a través de los parlantes, se escuchan versiones solemnes de música de cámara, otras de coros operísticos, y algunas como la que me tocó una vez en la escuela de mi hija, en la que cantaba Jairo.
Jairo es técnicamente dotado, eso no está en discusión, pero hay una necesidad tendenciosa a que la interpretación y el arreglo musical sea tan complejo como su composición melódica. La versión es excesivamente lenta y acompañar el ritmo de Jairo fue como intentar alcanzar un fórmula uno subido a una bicicleta. 
Debo ser honesto aún a riesgo de cometer herejía: no me gusta melódicamente el himno, me entusiasma el contenido patriótico de la letra pero la melodía de sus estrofas iniciales compiten con la marcha fúnebre. Ese lei motiv, "Oid mortales..", en un ascendente por grados conjuntos, denota un comienzo forzoso, agobiante, como si uno intentara subir una montaña cubierta de barro (Charly Garcia, creo, se da cuenta de ese errático comienzo, sobre todo para una composición que pretende arengar y levantar el ánimo, y en su acertada versión cambia por completo el motivo melódico, además de otras cosas).
Uno observa los rostros adustos y fruncidos de los padres y familiares cantando el himno y se adivina en sus gestos que esperan ansiosos que llegue el entusiasta momento de "Sean eternos los laures". Allí es cuando las facciones se relajan y la voz se eleva, pero solo hasta allí. Porque lo que parecía ya ir como pancho por su casa se frustra nuevamente en el "gloria viva a a a a mos", una cadena de bordaduras que provoca que el coro de voces entre en una zona pedregosa en la que nadie sale bien parado.
Las pruebas están a las claras: cantar el himno en una fiesta patria es una misión escabrosa que fracasa casi por completo, y que sólo justifica su tránsito hacia el final, en el que los cantantes ocasionales toman coraje y levantan la voz para cantar a viva voz las tres veces "Oh juremos con gloria morir".
De ser presidente decretaría que cada argentino ya se ha ganado la gloria solo por intentar entonar las estrofas de una composición rebuscada como pocas y lamento que no hayamos tenido la suerte de que la melodía haya sido la del Himno a Sarmiento, La Marcha de San Lorenzo o la que más me habría gustado en lo personal: Inconsciente Colectivo.

miércoles, 4 de abril de 2018

LA TRISTE Y AGOBIANTE ODISEA DE COMPRAR UN JEAN




El jean es la prenda que he adquirido para utilizar en modo pantalones. Es mi punto débil en lo que fue la penetración cultural de norteamérica en mi persona. Es más, he teorizado sobre esto y estoy convencido de que el gran éxito imperial fue el jean.
Comprar un jean se ha vuelto la cosa más horrorosa de mi vida. No tengo pretenciones en el vestir, soy un hombre sencillo, prácticamente me pongo lo primero que aparece en el estante del ropero o lo que asoma arriba del cajón, pero también soy vulnerable a las recomendaciones de los que me rodean.

-Voy a comprar un jean -le comento a mi esposa. 
-¡No te vas a comprar esos jeans cuadrados, anchos que te hacen casi anciano!
Con esa sentencia marital, con ese mandato conyugal me dispongo, entonces, a buscar un jean.
Llego al local de ropa masculina. El vendedor ya está en frente de mí, por suerte lo conozco. Bueno, no sé si es suerte porque pronto conocerá una de mis miserias. Tomo aire, levanto la cabeza y pido un jean.
-¿Algo en especial?
Dudo en responder. En qué cosa responder. Nada mejor que zafar de una respuesta que hacerlo con una pregunta.
-¿Qué tenés?
-¿Qué talle usas, cuarenta y seis?- me repregunta escrutándome la cintura con la mirada. 
-Cuarenta y cuatro- aclaro con mezcla de orgullo y desafío.
En treinta segundos despliega sobre la mesa una veintena de jeans. Rotos, descocidos, claritos, oscuros, veteados, unos manchados como si lo hubiera usado mi amigo Coki en el taller, otros desflecados y gastados como los que tiene el innovador de mi primo Paulo, en fin, comienzo a sufrir el mismo estrés que me sobreviene cuando debo elegir el papel higiénico en el supermercado, pero mucho peor, a gran escala.
-¿Clásico tenés? - pregunto cohibido. Ya desahuciado.
El vendedor mira los jeans, el gesto en su rostro denota vértigo, adivino que siente que está por cruzar una tormenta de viento y agua y ni siquiera tiene paraguas: soy el cliente difícil.
Nos quedamos en silencio mientras observo la ensalada de jeans sobre el mostrador. Levanto uno que parece talle ocho pensando que se coló.
-¿A éste que le pasó? -me sale la pregunta sin pensar.
-Es chupín.
-¿En teoría esto me entra?
-Es tu talle, seguro.... pero si querés algo más clásico tenés este que es semi chupín, o este que es eslastizado...
-¿Elastizado? -sonrío sorprendido.
-Sí, se usa, éste que tengo puesto es elastizado.
Apenas me lo dice se agacha y hace sentadillas, el típico movimiento en que un jean se raja en la entrepierna si está gastado por el tiempo o lo usa un anchito como yo.
El silencio vuelve a apoderarse de nuestra escena. El vendedor seguramente nota mi angustia creciente y tiene una fantástica idea. Dice que me conoce y que me dará tres o cuatro jeans a consignación para que me pruebe tranquilo en mi casa. El alma me vuelve al cuerpo. Los elijo por el color.
Ya en casa, en la pieza, y en soledad,  me dispongo a probarlos. Uno de ellos es el que parece talle ocho, por curiosidad lo tomé, quiero enterarme de qué va esto. Intento embutirme en él. Se resiste. No puede ser que me venza un pedazo de tela cocida y me tiro boca arriba en la cama. La batalla es desigual. Como si quisiera ponerme en una pierna la manguera del jardín, pienso en Naza, Oscar, Juan... amigos, probablemente de mi talle, que he visto con chupines, ¿Pasarán por esto cada día que deciden usarlos? ¿Tendrán alguna técnica especial? ¿Se venderá por internet algún artefacto o un producto lubricante que ayude en la tarea? 
Cuando ya consigo cerrar el botón de la cintura me miro al espejo. Un segundo basta para deshacerme de semejante aberración de la industria textil y de la moda. Yo no soy yo con eso puesto. La imagen que se me viene a la cabeza es la de un pollo de patas delgadas desafiando la física al poder sostener un abdomen voluptuoso. 
Sin embargo esta historia tiene un final feliz. El pantalón semi chupín elastizado fue toda una revelación para mi. Como siempre me sucede en estas elecciones resultó ser el más caro, pero no está ni roto, ni descocido, ni veteado..es azul liso, como debe ser un jean.

miércoles, 21 de febrero de 2018

STEVE JOBS NOS ARRUINÓ


Me sorprendí. Vi dos películas y un documental sobre Steve Jobs, el diseñador, gurú tecnológico, responsable de que escribamos, leamos, escuchemos música e interactuemos a todo nivel en teléfonos inteligentes.

Lo que me sorprendió es que Steve Jobs es mostrado como la peor calaña de tipo que uno pudiera encontrar: no reconoció a su hija, maltrató a su madre, defenestró a sus amigos y estafó a sus socios, no profesaba la empatía, era pedante, competidor despiadado, soberbio y no temía causar daño en el otro aunque fuera su mejor amigo y programador, y por momentos estaba convencido de que era un dios del Olimpo.

Steve Jobs fue el creador del reproductor de archivos de música que cambió y deterioró a la industria de la música. "Voy a poner 1000 canciones en tu bolsillo" le dice, en una escena de una de las películas, a su hija -finalmente, y con recelo, reconocida-, "no puedo ver ese ladrillo de walkman que cuelgas de la cintura", le termina diciendo orgulloso.

La verdad es que el mundo escucha habitualmente archivos de música en el formato mp3, en el que cada canción tiene no mas de 4 o 5 megas de información, cuando en un CD oscilaba los 70 mega. Las 1000 o más canciones en un par de años estuvieron en el bolsillo pero ya no con la misma potencia y calidad.

Reducción. En todas los documentales y los videos que vi sobre disertaciones de Steve Jobs, la reducción en pos de la comodidad era el motivo principal de sus innovaciones.
A veces me asalta la idea de que eso que llamamos progreso no es una curva ascendente sino una especie de parábola, que en el caso de continuar, luego de pasar el punto más alto se termina por descender. Ya lo decía Ernesto Sábato en otro orden de las cosas "¿Qué progreso puede haber en esos edificios de cientos de departamentos donde la gente vive alienada como animales? Alguien debería decir: muchachos, frenemos acá, con esto está bien, de aquí en adelante, más es menos.

Mi hija tiene 7 años, sabe leer, pero no tiene paciencia para leer textos largos, me preocupa, sé que se viene un nuevo mundo, pero el uso de su tablet, con el sistema táctil y la interfaz gráfica de la que también Steve Jobs es responsable, le han opacado la paciencia para hacer el esfuerzo de leer un texto de más de diez palabras. Pronto empezará segundo grado y tendré que convencerla de practicar la letra cursiva, un código milenario que ella lo ve como yo veía el idioma latín que aprendían algunos amigos que iban a la escuela Parroquial en los ochentas, y sé que va a ser una tarea monumental, ella ve que el mundo va para un lado y la escuela para el otro.

La verdad es que viendo estas películas, documentales y videos sobre Steve Jobs, me encontré pensando, luego de mi Campari puro nocturno, ¿Y si quedamos a merced de la obra de un déspota que nos sumergió en esta era de comodidad extrema y simplificación cerebral? ¿Y si Steve Jobs fue el anticristo y vino a destruirnos de este sutil modo, inventando un sistema de comunicación virtual, ficticia e intangible, un sistema de comunicación muerta? ¿Que buena cosa puede salir de alguien que si hubiera sido um vecino cualquiera denunciaríamos por malos tratos o daríamos vuelta la cara para no saludarlo?

Cuando murió Steve Jobs se viralizó en redes su discurso meritócrata en una universidad, un discurso que muchos lo tienen como un emblema apoteótico. Me agarró con la guardia baja y le creí.

Ahora que me doy cuenta que Steve Jobs es el culpable de que esté haciendo un esfuerzo sobrehumano para escribir este texto, que muy pocos tendrán tolerancia de leer, con dos pulgares regordetes, digo: nos cagaste la vida Steve Jobs, quiero mi vida anterior. Sin dudas.

martes, 23 de enero de 2018

LA IMPRUDENCIA Y EL AZAR



   En una semana, dos noticias, una local de la ciudad de Mercedes y otra de trascendencia nacional cuentan la fatalidad de niños perdiendo la vida por desplazarse en vehículos. Una madre con sus niños en moto embiste un camión en Mercedes y un niño de siete años manejando un cuatriciclo en una playa en Pinamar.
   Allí estamos entonces para señalar con el dedo y juzgar –y prejuzgar- sobre el descuido de los adultos con sus hijos. Lo hacemos todos.
  Cuando ocurrió primero el caso de la pobre madre que por necesidad se desplazaba sobrecargando su moto, muchos, orillando el racismo, consideraron una tragedia propia los pobres; la inconsciencia, la falta de educación, etc. Cuando los mismos se enteran del segundo caso, un niño de siete años que ya no por necesidad sino por diversión fallece chocando con otro cuatriciclo, todos aquellos argumentos segregativos quedan obsoletos:
   La tragedia no discrimina.
   En una charla donde se debatía esto con amigos, observando las sentencias condenatorias sobre la mujer de la moto, lo pregunté:
   -¿Nadie tuvo un momento de imprudencia en su vida?
 Por suerte mis amigos son sinceros y sin esperar demasiado respondieron que sí.
  -¿Saben cuál es la diferencia? –repregunté y me respondí al instante -, el azar.
  Ante la mirada de suspenso y el silencio, continué:
  -Bueno, algunos lo llaman destino, a mi me gusta más hablar de cuestiones azarosas, en mi caso, una vez llevaba a mi hija en auto a la casa de una amiguita, para llegar había que hacer unos dos o tres kilómetros de ruta, y olvidé colocarle el cinturón, me di cuenta a mitad de trayecto, pero no me detuve en la banquina a colocárselo, faltaba poco para llegar y decidí continuar. La imprudencia la tuve, pero tuve suerte que no coincidiera con algo que desatara una fatalidad. El azar o el destino quiso que no pasara.

  Después seguí teorizando sobre la idea de que vivimos en un mundo difícil que hace que una mujer pobre deba trasladarse riesgosamente en moto para sus quehaceres o que un pibe deba colocarse en riesgo en un cuatriciclo para lograr una diversión mejor,  y que todos debemos cuidarnos, que a veces no hay casco que te salve si te gusta la velocidad, que no debemos juzgar apresuradamente… pero mis amigos ya no me escuchaban, igual los quiero.