viernes, 21 de noviembre de 2025

Bandera roja.


Fue el sábado. La playa, en el sur de Gesell, desbordaba de gente. Iniciamos el ritual instalando la sombrilla, reposeras, heladera y nos colocamos el protector. Recuerdo que nos reímos del guardavidas, petiso pero musculoso, haciendo facha con su cabello rubio dorado y su bronceado costero.
Hacía calor y no había tanto viento. Las condiciones ideales para meterse al mar. Así lo hicimos con mi hija que tiene 14 años.
Vi una bandera roja clavada a unos diez metros de dónde nos dispusimos a romper olas y supuse que indicaba que el mar estaba peligroso. Y sí, se notaba bastante revuelto y agitado. Le dije a mi hija, Juanita, que nos mantuviéramos cerca de la gente que estaba nadando y no sobrepasemos la línea de los que están últimos. Y le di un consejo: si sentís que el mar te lleva no luchés con el agua, dejate llevar y hacé brazadas relajadas.
No soy buen nadador pero floto. Y tengo el suficiente temor al mar, cosa que me agudiza la prudencia. Pero Juanita es más temeraria que yo (como yo mismo lo era a su edad) y a cada momento le tenía que pedir que se mantuviera cerca.
Nos estábamos divirtiendo a veces rompiendo olas, otras montándolas, dejándonos llevar, hasta que en un momento me encuentré no haciendo pie. Me impulsé hacia arriba y vi a Juanita a tres o cuatro metros. Volví a hundirme y volví a salir, el contingente de personas que nos servía de referencia estaba lejos, una ola me vuelvió a hundir. Salí, intenté nadar hacia la playa pero sentí que no avancé. Me desesperé. Más me desesperé por Juanita.
-¡Salgamos!- le grité.
Pero noté que sonrió como si no hubiera sentido el peligro. ¿Está haciendo pie?
-¡Salí Juanita! -le ordené mientras luchaba por seguir a flote.
Y es ahí cuando vi desde la arena al guardavidas levantado el salvavidas naranja.
¿Qué? ¿A mí?
Hice lo que no debía hacer, luché, me tensé como una roca, el pulso se me aceleró como nunca y metí un croll anáquico y furioso. No hubiese soportado ver al rubio, bronceado, musculoso sacándome del mar mientras cientos de personas seguramente aplaudirían diciendo: Mirá el pelotudo ese.
A pesar del esfuerzo me habré desplazado no más de diez metros, hasta que hice pie. Estaba exhausto, fulminado. Levanté la vista y vi al guardavidas todavía con el salvavidas naranja en alto pero ahora en la otra mano me mostraba su pulgar arriba. Entendí que preguntaba cómo me encontraba. Le respondí con mi pulgar arriba. SÍ, estoy bien la concha de tu madre, dije en voz baja. Juanita ya estaba a mi lado. Sonriendo. Para ella no había pasado nada.
-Hice lo que me dijiste, pa. Me relajé y floté - me dijo mientras salíamos del mar ante la vista de todos.
Para mitigar la vergüenza fui a hablar con el petiso fachero. Estaba al lado de la bandera roja. Me di cuenta que había otro guardavidas a su lado. La espalda me dolía como si me hubieran fajado y la agitación y los latidos en el pecho me impedían hablar. Me explicó:
-La bandera roja indica que acá hay reflujo, es un lugar donde por el movimiento de las corrientes el mar te mete para adentro, la próxima vez que te pase nadá para los costados hasta encontrar las olas que te saquen.
Les di las gracias y caminamos para la sombrilla, lo hice sonriendo, aquí no ha pasado nada. A secarnos y esperar que pase el churrero.

martes, 7 de mayo de 2024

EL CLIENTE SIEMPRE TIENE LA RAZÓN


Hacía rato que Tito no venía a desayunar a la Recova. Desde que se descompensó aquella mañana en su local. ¿Cuántos años hará que Tito tiene la zapatería? ¿Treinta? ¿Cuarenta? No sé, pero que hace mucho, seguro. Y al tipo se lo veía siempre al pie del cañón, atendiendo, controlando las vendedoras de la caja. Ultimamente no anda bien de salud, muchos años, mucha malasangre.
El me había dicho una vez, medio en broma, medio en serio que ya no estaba para atender a la gente, no porque no la soportara, es más, el remañido refrán "El cliente tiene siempre tiene la razón" lo repetía con frecuencia. Cuando había empezado a vender zapatos de joven lo hacía muy bien, amable, creativo, con todas la mañas de un vendedor pero después apenas crecés un poquito, decía él, viene una cataratas de problemas que atender: los impuestos, el sindicato, los proveedores, el banco, las empleadas.
Yo no quise preguntarle por el trabajo, había cerrado la zapatería y en el local ahora funcionaba una tienda de alimentos para mascotas. Pero se ve que Tito necesitaba hablar porque empezó a contarme sin que le preguntara nada.
Mirá querido, me dijo agitando la cucharita en el pocillo, yo ya no podía estar en la venta, me pasó hace un tiempo, justo antes de atender una clienta el contador me llamó al celular para decirme lo que tenía que pagar de ingresos brutos, era una fortuna ¡Qué poronga¡ le dije cuando corté. La chica que me esperaba me escuchó, yo tenía una cara de orto que ni te cuento. Pedí disculpas y me fui a la oficina. Ahí entendí que no debía ponerme a vender, para vender tenés que estar diez puntos de ánimo. Así que decidí dedicarme a la caja y la administración. Creí que ya tenía solucionado el tema, pero, aquella mañana...
Mientras Tito me contaba, Caio, el dueño de la Recova y Coqui, habitué religioso de todas las mañanas, se acercaron a la mesa. Tito estaba tan compenetrado en su relato que ni siquiera los saludó.
Se rompieron todos los códigos, prosiguió negando con la cabeza, fue una mañana que apenas habían entrado un par de clientes, apareció una madre con su hija. Silvia salió a atenderla pero la mujer dijo que solo iba a mirar. Yo estaba parado ahí, viendo hacia la calle por la vidriera pensando en no sé qué, cuando veo que la madre sacaba fotos a los zapatos; bueno, pensé, caprichos del nuevo mundo que se viene, algunos clientes mandan la foto porque quieren hacer un regalo y consultan al destinatario por si les gusta.
La hija, ya adolescente, llamó a la madre para decirle que le encantaban unas sandalias. La madre se acercó, les aclaro que yo estaba al lado, tomó la sandalia, comprobó la calidad doblando la suela y le dijo: sacale fotos que después la buscamos en internet. ¡Estaba al lado, la concha de su madre! ¿Qué pensó ¿que era un mueble? ¿Un viejo que no oye, no ve? Se me saltó la térmica ¡Fuera! le grité, como a los perros, la eché a la mierda. Y sí, me descompensé, se me aceleró el bobo, se me nubló la vista y caí al piso, tuvieron que llamar al Same y me internaron, dos stends y cambio de vida...
Coqui se quejaba por el tamaño del vigilante que le había tocado, Caio, como todo dueño atento le trajo otra y le dijo que era de regalo. Pensé que Tito había terminado pero sin dejar de mirar por el ventanal, siguió:
Se rompieron todos los códigos muchachos ¿Saben lo que se merece este mundo? que todo sea on line, que la gente salga a la calle y no haya un puto negocio, ni una mísera vidriera para ver, que todos engorden y se atrofien la salud mirando internet en sus casas, que ni siquiera se levanten de la cama, que venga un drone, un robot, lo que sea y le acerque el pollo con fritas comprado por delivey a la boca y coman mientras siguen mirando por el celular buscando qué cosa pueden comprar. ¿El cliente tiene siempre la razón? Pues que la tenga, carajo, que la tenga. Ahora que me jubilé, que la tenga.

viernes, 21 de abril de 2023

ALIMENTANDONOS


Hay momentos específicos en la vida de uno en que se comienza a dar vuelta una nueva página de



Hay momentos específicos en la vida de uno en que se comienza a dar vuelta una nueva página de nuestra historia. Como quién dice, se baraja y se da de nuevo. Uno de esos instantes fue provocado por lo que le tocó vivir a Guillermo, amigo de tiempos de la facultad, que de la noche a la mañana, con apenas cuarenta años entró en el quirófano para destapar sus arterias mediante una angioplastia. Carmen, su esposa, me estuvo contando aquel día –hace dos años ya- el cambio radical que debería hacer en la alimentación porque esos conductos sanguíneos se habían obturado por las grasas que entraban al cuerpo de Guillermo por su adicción a los salames, chorizos y todo tipo de embutido, por los asados, los pucheros de cerdo, lechones al asador, achuras y todo lo que fuera carne roja. Guillermo era hasta allí nada más que carnívoro. Sólo el tomate, en forma de ensalada o salsa para los ravioles, y el pan completaban su dieta. Ahora debía reemplazar en su dieta las carnes rojas por productos de soja, pescado y pollo, aunque sin piel y sólo la pechuga.
Tuve miedo y empecé yo mismo a interiorizarme por la alimentación para enfermos coronarios. Había tenido unos pequeños dolorcitos en el pecho y me asusté. Así fue que la sal desapareció de mi cocina, la cerveza de mi heladera, los productos bajos en sodio y azúcar fueron cubriendo la alacena. Nada de crema y nada de grasas. Y por supuesto, nunca más carne roja.
Se dan coincidencias a veces que no dejan de ser asombrosas. Porque apenas dos o tres meses después salimos a comer con Carlos, compañero del laburo y un gran amigo, y cuando vino el mozo pidió tallarines con salsa en lugar del bife de chorizos con papa fritas habitual en él. Además le aclaró que la salsa no tuviera carne y los tallarines sin huevo. Le pregunté si andaba mal y me dijo que sí, que había estado cansado, con pesadez y desgano durante una semana y que había ido a ver al homeópata. El profesional le había diagnosticado una especie de mala alimentación y le sugirió no comer más carne. Carlos me contó, mientras el tuco de los tallarines le teñía de colorado las comisuras de los labios, que el homeópata le había preguntado: “¿qué pasa cuando un animal se muere?”. Carlos se me quedó mirando esperando que yo mismo le contestara la pregunta. “¿Se pudre?” dije dubitativo. Carlos asintió convencido, y mirándome a los ojos, como si me estuviera pronosticando una tragedia me contestó: “Eso es lo que pasa cuando comés carne, el animal se pudre en tu cuerpo”. Miré la porción de salmón al verdeo que quedaba en mi plato y empecé a sentir que me bajaba la presión. Ese mismo mediodía di vuelta una página del libro de mi vida.
Después lo supe, Carlos era vegano, lo que quiere decir que ningún animal ni sus derivados estaban incluidos en su alimentación. Entonces dije adiós a los huevos, el pescado, el pollo, la leche, el queso. A partir de ahora todo sería nada más que vegetal. Como dije antes, las coincidencias no dejan de ser asombrosas, y este cambio radical en mi vida trajo aparejado otro: mi esposa me abandonó, me dejó el auto y la casa, y se fue gritando que no pensaba andar embebiendo lentejas en agua toda la vida y me mandó a que me meta el brócoli en el orto. Por suerte no tenemos hijos y la separación no afectó a terceros.
Me sentía más sano que nunca, adelgacé al punto de que podía contar mis costillas, debía tomar complejos vitamínicos porque dos por tres me sentía un poco débil pero logré adaptarme a esa nueva vida. Las pastas pasaron a ser el asado de mi alimentación. Ravioles de acelga, milanesas de soja, albóndigas de coliflor. Tardaba horas en el supermercado eligiendo qué comprar leyendo los ingredientes para no equivocarme. Tuve un conflicto con los sapos de casa. Sé que no entienden lo que uno pueda decirles –no estoy loco- pero no dejaba de inquietarlos porque ellos se devoraban los insectos. Corté pastito y quise probar si les apetecía, pero los batracios no parecían detectarlos. Solo los bichitos eran su obsesión. Esa noche confieso que me peleé con la naturaleza ¿Por qué si ya no podía comerme un choripán los sapos podían tragarse un escarabajo? Son momentos de debilidad.
Conocí a Franca. Lo que más me gustó de ella era que se llamaba Franca, no había conocido a nadie que se llamara Franca. Nos conocimos en un congreso de veganos en Entre Ríos y conversamos toda la noche. Franca era delgadísima. Cuando hicimos el amor acaricié sus costillas, sus clavículas pronunciadas y palpé la cavidad de su pierna entra la tibia y el peroné, ella hacía lo mismo conmigo. Fue una hermosa noche. Comenzamos a convivir, aprendimos todo sobre los derivados de petróleo y desechamos de nuestra vida todo lo que fuera antinatural. Andábamos en bicicleta. Y por nada del mundo subíamos a un micro o taxi, sólo subte porque son eléctricos. Al tiempo tuvimos una seria discusión sobre el uso de la electricidad porque ella decía que era producto de serias modificaciones a la madre naturaleza. Dimos de baja el servicio eléctrico, de gas, de telefonía e internet.
Una noche, tuvimos la misma revelación. Yo distraído arranqué una margarita de la planta del patio de casa y se la ofrecí. Mientras mirábamos las estrellas la flor comenzó a deslucirse, los pétalos se aflojaron y las hojitas del tallo se pusieron mustias. Nos sentimos asesinos. Yo lo vi en su rostro y ella en el mío. Otra página se daría vuelta: las plantas también tienen vida ¡Cómo es que podemos alimentarnos con ellas! A partir de allí, el agua fue nuestro único alimento. Probamos ingerir cascotes, tierra disuelta en agua, buñuelos de barro y arena pero no prosperó. Comenzamos a sentirnos débiles. Ingeríamos litros y litros de agua por día y por supuesto nos peleábamos para ir a orinar al baño, muchas veces nos encontrábamos juntos ella en el inodoro y yo en el bidet y viceversa.
Pasaron días, semanas, ya no cortábamos el pasto porque lo sentíamos un ser más, los cardos estaban enormes, uno de ellos me decía que no le gustaba andar con espinas pero que algo había que hacer para defenderse por el tema de la inseguridad, Franca discutía a menudo con la hiedra porque le pedía que se trepe al cerco y que no rastree tanto. Salvé varias moscas del acecho de las arañas. Una de ellas me emplazó para que no me metiera en sus asuntos, que no iba a estar tejiendo como una esclava todo el día para que yo ande quitándole el esfuerzo, por cierto, las arañas suelen tener un lenguaje bastante escatológico. Una noche en que se avecinaba una tormenta le ofrecí agua a Franca, pero ella lo rechazó. Le pregunté qué le pasaba. La forma de su calavera podía adivinarse bajo la piel de su rostro. “Estuve pensando” me dijo, “que en el agua hay pequeñas bacterias y yo no quiero ser una asesina”.
Lloramos juntos.

jueves, 13 de abril de 2023

¿Y, CÓMO ESTUVO?


Hace un tiempo me encontré con un amigo en la calle, él había tenido un accidente grave que lo dejó internado por varias semanas. Si bien mantuvimos contacto virtual en modo cotidiano, encontrarnos cara a cara, después de una situación límite como fue la suya, tiene otro tenor emocional. Después de contarme cómo había sido su accidente, me dijo sonriendo, sin dramatismo:
-Por un momento pensé que me moría, Chori, y me pregunté ¿Y si esto fue todo? Y me dije: bueno, no estuvo tan mal. 
Tenemos la misma edad así que no pude evitar sugestionarme al punto de la simbiosis y sentí por un instante un escalofrío en todo el cuerpo, como si pudiera ocurrirme a mí un accidente y en caso de que la muerte me avisara también me preguntaría, a modo de balance ¿Esto habrá sido todo? ¿Esto fue vivir? ¿Y cómo estuvo?
Puedo morir en cualquier momento. No tengo supersticiones y soy consciente de que puede pasar de un momento a otro. No siento al decir estos que estoy llamando a la tragedia o invocando al destino. Le temo más a la degradación física, al padecimiento de una enferemedad que a la siesta eterna. 
 Estoy escribiendo esto en 2020 y son seguramente pensamientos instropectivos a causa del confinamiento de la cuarentena por coronavirus. Se comprende. Hace pocos días, yendo a hacer las compras, crucé a una persona de mi edad a la que conozco muy vagamente y me pregunté: Si a ese muchacho de pronto le tocara morir ¿Qué sentirá que habrá sido su vida? Al menos yo sé sobre él que comenzó a trabajar después de terminar la escuela secundaria, que le gusta pescar, que se casó, tuvo hijos, se divorció, que económicamente le fue bien, que se está preparando (alguna vez se lo escuché decir en una cola de banco) para una jubilación holgada… pero, pensé, si se muere hoy, en su propio balance ¿creerá el que habrá estado bien su vida?
Vivo como inmortal hasta que alguna situación pone un alerta, el último aviso o alarma ocurrió en una internación por una gastroenteritis aguda que duró más de lo habitual hace ya un año, allí, acostado y vencido como un trapo en la cama de la clínica mirando la fachada del Hotel Mercedes me llegó el alerta: ¡Ey, no sos inmortal, acordate! En esos momentos, como cualquier hijo de vecino, temo morir, y pienso en mi hija que aún es una niña. En el fondo sé que sobreviviría sin mí y que con el tiempo pasaría a ser un recuerdo. 
En una escena de la película Biutiful, el personaje de Javier Bardem está enfermo y sabe que va a morir pronto, le habla a su hija adolescente y le pide a ella que lo mire a los ojos, que le mire bien la cara y antes de abrazarla, llorando, le dice suplicando: “no me olvides”. Tengo presente siempre esa escena, cuando la vi recién había sido papá por primera vez y mi vida había cambiado por completo. 
El cine, como la literatura, la música y el arte tiene esas cosas, a veces te demuestran que alguien puede decir y expresarte las cosas mejor que uno mismo. Te ayudan a comprender que no estás solo en tus sentimientos, que no tenés que asustarte por lo que te pasa. Cuando estoy así vulnerable, con ese alerta abstrayéndome de la inmortalidad, miro a los ojos a mi hija de diez años y sin que ella lo sepa se lo pido: si llega a pasar, no me olvides. 
Por lo demás no debo escaparle al bulto, tengo la obligación de ser honesto conmigo, y hacerme la pregunta cada tanto ¿Y si esto fue todo? No es la respuesta inmediata lo que importa, lo esencial es hacer que cada día, mientras este acto de vivir continúe, llegado el momento, la respuesta final sea igual a la de mi querido amigo: No estuvo tan mal.

domingo, 24 de julio de 2022

EL SUEÑO DE LA CASA PROPIA Y LA ¿CULTURA? DEL DÓLAR

EL SUEÑO DE LA CASA PROPIA Y LA ¿CULTURA? DEL DÓLAR

 

¿Para qué queremos dólares?

La respuesta en general de las personas será que es para conservar el ahorro.

 

¿Y para qué ahorrar en dólares?

Algunos lo harán para viajar, otros para cambiar el auto y una porción importante y con mayores ingresos para comprar un inmueble, ya sea para invertir o para vivienda.

En nuestro país la compra-venta de inmuebles está dolarizada, y desregularizada. Rara vez el monto declarado de una operación es lo real sino que lo que se declara en escrituras son valores inferiores, con el objetivo de reducir impuestos.

 

Como lo que se declara no tiene coincidencia con la realidad y no hay obligación alguna de certificar la entrega de dinero las operaciones se hacen habitualmente en dólares aunque en lo declarado figure en pesos.

 

En la actualidad esto da la particularidad de que el vendedor de una propiedad exige como condición que el pago se haga en dólares ya que es un modo de conservar el valor, tanto sea para ahorro o futuras compras o inversiones.

 

A vuelo de pájaro, en el casco urbano mercedino debe haber no menos 1000 casas en venta. Propiedades que hace años que deambulan en inmobiliarias y algunas luciendo carteles de venta en sus frentes y otras no. No se puede decir que el mercado inmobiliario está floreciente. Es un mercado dolarizado e inflado en el que casi es una utopía adquirir la vivienda propia, sobre todo para los jóvenes trabajadores.

 

-¡Vendeme tu casa en pesos si pensás así!- me dicen agentes inmobiliarios, contadores, abogados, inversores y amigos a los que le he mencionado esta hipótesis.

Les respondo que en las condiciones actuales yo también exigiría dólares, y no es un juicio de valor: lo haríamos todos si tuviéramos que vender una propiedad que nos pertenece.

 

Hay un circuito informal de la economía cotidiana en la compra-venta de inmuebles que en lugar de aportar dólares al sistema legal de la economía tracciona para sacarlos.

 

Si existiera la imposición, por norma estatal, de que toda compra-venta inmobiliaria (al menos lo que figure declarado) se vea reflejado en una transacción bancaria en pesos (transferencia, depósito, cheque) obligaría a aceptar pesos al vendedor y lograría que el comprador de la propiedad ingrese sus dólares al sistema. Un amigo trabajador de Afip me dijo que esa norma está y que en todo caso no se controla. Si fuera así, entonces debería hacerse.

 

Por ejemplo ¿Tiene sentido y posibilidades de éxito que los préstamos hipotecarios sean en pesos para que el objetivo de compra esté valuado y se exija en dólares?

 

Probablemente, por un tiempo, esta imposición aumentaría la recesión en el mercado inmobiliario pero luego se activaría progresivamente. Quizás, pesificando las operaciones inmobiliarias, el sueño de la casa propia comience a ser un sueño posible y se reduzca la desesperación por atesorar en dólares.

 

Mucho se habla de que el argentino ya tiene impuesta la cultura del dólar, pero todo hábito es modificable con normativas que instalen un nuevo "hábito".

 

La moneda de cambio vale por lo que con ella se puede comprar, y la normalización de que las propiedades se venden, sin excepción en dólares, hace que el peso solo tenga valor para el consumo cotidiano.

 

Cada vez hay más personas, empleados, profesionales, cuentapropistas, con trabajos formales no pueden alcanzar el sueño de tener la casa propia. Eso genera frustración y la creencia de que el sistema no funciona ya que no se le ha garantizado el derecho a la vivienda.

 

 


lunes, 6 de diciembre de 2021

GRETA Y SU TUMBA


Greta llegó a casa cachorrita, estaba en una jaulita en las que las veterinarias tienen perros para vender o regalar. Como era de raza inclasificable y muy pequeña no tenía precio. Fue en 2005, al poco tiempo de casarnos. A lo largo de su vida convivió con perros y gatos a los que fue sobreviviendo y soportó dos mudanzas.
Quince años después Greta ya era viejita y estaba muy deteriorada. La causa de su debacle física se debía únicamente a que no consciente de su pequeñez, en cada oportunidad en que se escapaba y salía a la calle, se enfrentaba y toreaba a cualquier perro sin importarle el tamaño. Y por supuesto cobró lindo. Asiduamente terminábamos en la veterinaria para curar sus heridas.
Uno de aquellos enfrentamientos la había dejado renga. Otro sin un ojo. A pesar de que iba quedando limitada y vulnerable no cesaba en enfrentarse con cuanto perro se encontrara y fue perdiendo una a una cada batalla.
Una noche de copiosa lluvia regresé a casa en el auto, escuchaba música más fuerte de lo habitual, antes de llegar abrí el portón automático, ingresé al garaje, y luego de parar el motor, aún con la música fuerte escuché unos llorisqueos caninos. Bajé, fui hacia la parte trasera del auto y vi a Greta ensangrentada gritando en el piso. Se me detuvo el corazón. La aplasté. La hice mierda, pensé. Entré a casa desesperado mientras la presión me bajaba y le conté a mi esposa llorando que había pisado a Greta.
-Pelotudo, eso es porque entraste con todo- me dijo.
-Sí papá, esto no te lo voy a perdonar– dijo mi hija, y sentí que esas palabras me cortaban filosamente el vientre.
Congelado por la culpa no atiné a hacer nada. Cobardía absoluta, lo confieso.
Por suerte ellas se ocuparon de curarla y lavarla, yo no dormí esperando que se hiciera la hora de ir lo de Pepe, el veterinario. A primera hora estaba allí con Greta en la caja. Le expliqué que no sabía que había pasado, que nunca había sentido que la había pisado, ninguna brusquedad en el andar me lo hizo notar y que a lo mejor otra opción es que al cerrar el portón automático la había enganchado. La culpa me carcomía.
-Olvidate –me dijo mientras la revisaba–la mordió un perro grande.
-¿Cómo?
Me mostró los orificios provocado por los colmillos en la cadera. Sentí que me alivianaba. Ya no era el homicida. Ahora podía visualizar lo ocurrido: cuando ingresé con el auto, apagué el motor y no cerré inmediatamente el portón porque me quedé escuchando una canción que me gustaba, seguramente en ese lapso Greta salió y como siempre, afuera, alguno de sus enemigos la esperaba.
Greta ya no se recuperó de ese ataque, a su parcial ceguera se le agregó la rotura de cadera por la mordida y no podía caminar, día a día fue apagándose hasta que entró en una especie de agonía, no comía y a la fuerza le hacíamos tomar agua.
Llamé Pepe y le expliqué la situación.
-Traela, le ponemos una inyección así ya no sufre.
Tuve suerte de que fuera él quien lo propusiera, obviamente en casa estábamos convencidos de que debería aplicarse la eutanasia pero no queríamos asumir la responsabilidad de sugerirlo.
Tuve una idea. Aprovechando que nuestra hija estaba en la escuela, cavaría su tumbita en el patio de casa antes de llevarla al veterinario así luego de regreso tendría todo preparado para su sepultura. Medí el cuerpo de Greta extendiendo mi mano y luego cavé como para que cupiera cómodamente su dos palmas de cuerpo.
Entramos en la veterinaria con ella en una cajita y lamenté el mal gusto que suele tener el destino, o la suerte, o lo que fuera: adentro había una persona a la que conozco solo por Facebook que se manifiesta muy a favor del cuidado de las mascotas y por su publicaciones demostraba que era un militante férreo de la protección animal. El detalle que me inquietó fue que estaba con un mate en la mano, señal de que estaría allí por mucho tiempo.
-A ver qué le pasa a esta chiquita –dijo Pepe que venía de su sala –ponela en el piso.
No sé qué clase de misterios provocan ciertas cosas pero la verdad es que Greta, una vez que tocó el piso, comenzó a moverse con una vitalidad desproporcionada. Arrastrando su cadera torcida chocaba contra las bolsas de alimentos, los almohadones, los banquitos…
-¡Ah no! Pero esta chiquita está muy bien, puede moverse, no, no –decía Pepe mientras la seguía con la mirada.
Yo miraba a Greta y no podía creer. Qué perra hija de puta, tres días sin moverse y ahora parecía una bola de flipper descontrolada rebotando sin parar.
-No, no –repetía Pepe –mientras recibía el mate ya sin agua del militante canino -esta chiquita está bien todavía, hay que esperar, se va a recuperar...
Subimos al auto llenos de vergüenza y bronca, al menos yo sentía eso. Volví y tapé el pozo.
Un par de semanas después el perro de la vecina logró vencer el alambrado que separaba nuestros terrenos y la atacó. No supimos que daño pudo haberle hecho, no había herida a la vista pero desde ese momento quedó quietita sin moverse, sin comer y beber, nuevamente. Luego de tres días inmóvil Greta ya apenas respiraba, no tenía otro reflejo de vida.
Pepe, por suerte, estaba solo en la veterinaria, llegamos con Greta en la cajita, la revisó, intentó estimularla y ya no dudó, preparó todo y nos dijo que esperemos afuera. Esta vez el pozo lo hice cuando regresamos. Todavía estaba la tierra floja y removida de la vez anterior.
Miguel Schafrik, Walter Chiqui Acenso y 7 personas más
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