Greta llegó a casa cachorrita, estaba en una jaulita en las que las veterinarias tienen perros para vender o regalar. Como era de raza inclasificable y muy pequeña no tenía precio. Fue en 2005, al poco tiempo de casarnos. A lo largo de su vida convivió con perros y gatos a los que fue sobreviviendo y soportó dos mudanzas.
Quince años después Greta ya era viejita y estaba muy deteriorada. La causa de su debacle física se debía únicamente a que no consciente de su pequeñez, en cada oportunidad en que se escapaba y salía a la calle, se enfrentaba y toreaba a cualquier perro sin importarle el tamaño. Y por supuesto cobró lindo. Asiduamente terminábamos en la veterinaria para curar sus heridas.
Uno de aquellos enfrentamientos la había dejado renga. Otro sin un ojo. A pesar de que iba quedando limitada y vulnerable no cesaba en enfrentarse con cuanto perro se encontrara y fue perdiendo una a una cada batalla.
Una noche de copiosa lluvia regresé a casa en el auto, escuchaba música más fuerte de lo habitual, antes de llegar abrí el portón automático, ingresé al garaje, y luego de parar el motor, aún con la música fuerte escuché unos llorisqueos caninos. Bajé, fui hacia la parte trasera del auto y vi a Greta ensangrentada gritando en el piso. Se me detuvo el corazón. La aplasté. La hice mierda, pensé. Entré a casa desesperado mientras la presión me bajaba y le conté a mi esposa llorando que había pisado a Greta.
-Pelotudo, eso es porque entraste con todo- me dijo.
-Sí papá, esto no te lo voy a perdonar– dijo mi hija, y sentí que esas palabras me cortaban filosamente el vientre.
Congelado por la culpa no atiné a hacer nada. Cobardía absoluta, lo confieso.
Por suerte ellas se ocuparon de curarla y lavarla, yo no dormí esperando que se hiciera la hora de ir lo de Pepe, el veterinario. A primera hora estaba allí con Greta en la caja. Le expliqué que no sabía que había pasado, que nunca había sentido que la había pisado, ninguna brusquedad en el andar me lo hizo notar y que a lo mejor otra opción es que al cerrar el portón automático la había enganchado. La culpa me carcomía.
-Olvidate –me dijo mientras la revisaba–la mordió un perro grande.
-¿Cómo?
Me mostró los orificios provocado por los colmillos en la cadera. Sentí que me alivianaba. Ya no era el homicida. Ahora podía visualizar lo ocurrido: cuando ingresé con el auto, apagué el motor y no cerré inmediatamente el portón porque me quedé escuchando una canción que me gustaba, seguramente en ese lapso Greta salió y como siempre, afuera, alguno de sus enemigos la esperaba.
Greta ya no se recuperó de ese ataque, a su parcial ceguera se le agregó la rotura de cadera por la mordida y no podía caminar, día a día fue apagándose hasta que entró en una especie de agonía, no comía y a la fuerza le hacíamos tomar agua.
Llamé Pepe y le expliqué la situación.
-Traela, le ponemos una inyección así ya no sufre.
Tuve suerte de que fuera él quien lo propusiera, obviamente en casa estábamos convencidos de que debería aplicarse la eutanasia pero no queríamos asumir la responsabilidad de sugerirlo.
Tuve una idea. Aprovechando que nuestra hija estaba en la escuela, cavaría su tumbita en el patio de casa antes de llevarla al veterinario así luego de regreso tendría todo preparado para su sepultura. Medí el cuerpo de Greta extendiendo mi mano y luego cavé como para que cupiera cómodamente su dos palmas de cuerpo.
Entramos en la veterinaria con ella en una cajita y lamenté el mal gusto que suele tener el destino, o la suerte, o lo que fuera: adentro había una persona a la que conozco solo por Facebook que se manifiesta muy a favor del cuidado de las mascotas y por su publicaciones demostraba que era un militante férreo de la protección animal. El detalle que me inquietó fue que estaba con un mate en la mano, señal de que estaría allí por mucho tiempo.
-A ver qué le pasa a esta chiquita –dijo Pepe que venía de su sala –ponela en el piso.
No sé qué clase de misterios provocan ciertas cosas pero la verdad es que Greta, una vez que tocó el piso, comenzó a moverse con una vitalidad desproporcionada. Arrastrando su cadera torcida chocaba contra las bolsas de alimentos, los almohadones, los banquitos…
-¡Ah no! Pero esta chiquita está muy bien, puede moverse, no, no –decía Pepe mientras la seguía con la mirada.
Yo miraba a Greta y no podía creer. Qué perra hija de puta, tres días sin moverse y ahora parecía una bola de flipper descontrolada rebotando sin parar.
-No, no –repetía Pepe –mientras recibía el mate ya sin agua del militante canino -esta chiquita está bien todavía, hay que esperar, se va a recuperar...
Subimos al auto llenos de vergüenza y bronca, al menos yo sentía eso. Volví y tapé el pozo.
Un par de semanas después el perro de la vecina logró vencer el alambrado que separaba nuestros terrenos y la atacó. No supimos que daño pudo haberle hecho, no había herida a la vista pero desde ese momento quedó quietita sin moverse, sin comer y beber, nuevamente. Luego de tres días inmóvil Greta ya apenas respiraba, no tenía otro reflejo de vida.
Pepe, por suerte, estaba solo en la veterinaria, llegamos con Greta en la cajita, la revisó, intentó estimularla y ya no dudó, preparó todo y nos dijo que esperemos afuera. Esta vez el pozo lo hice cuando regresamos. Todavía estaba la tierra floja y removida de la vez anterior.