Leo y escucho en estos días una frase, de las tantas que se instalan que dice lo siguiente.
“Con el kirchnerismo las pensiones por discapacidad pasaron de 180 mil a más de un millón”.
Mi actividad de profesor de guitarra me hizo y me hace conocer mucha gente, y por lo tanto enterarme de sus problemas, sus necesidades y sus experiencias, como ellos conocen y conocieron también las mías.
Recuerdo en aquellos tiempos precedentes al gobierno de Néstor Kirchner a cuatro alumnos adultos con discapacidad, que no voy a mencionar nombres por supuesto. Dos de ellos con problemas psíquicos y dos con problemas físicos.
Los dos que tenían dificultades psíquicas dependían de sus familiares, pues no podían trabajar bajo ninguna circunstancia y dos de ellos, justamente quienes tenían limitaciones físicas trabajan por su cuenta, por lo que sobrellevaban grandes dolores al momento de hacerlo.
Una de ellas gastaba todo lo que podía en masajes y analgésicos. Ninguna de las dos personas serían aceptadas en un empleo privado y hacían cursos de lo que fuera con la esperanza de incrementar el curriculum. Una de ellas me pagaba con boletos del trueque.
Ninguno de ellos tenía un subsidio o pensión.
Eran tiempos en que los requisitos para lograr la pensión por discapacidad hacían que fuera imposible lograrlo. La única opción que podría haber en una ciudad como Mercedes es la de trabajar en el municipio, en alguna función en las que se pudieran adaptar. Llorando, una de esas personas, me dijo que le gustaría hacerlo pero no iba a permitirse “chuparle las medias a un político para lograrlo”.
Si haciendo memoria me doy cuenta que conocí mucha gente discapacitada estoy seguro que 180 mil discapacitados para una población de más de 35 millones (en 2002) es muy poco. Hoy mismo el gobierno asume que uno de cada diez sufre una discapacidad.
“¿Acaso hubo una guerra en estos doce años que aumentó la cantidad de discapacitados?”, dijo un periodista influyente sonriendo, festejando su propia o no tan propia ocurrencia. La ignorancia, el no conocer, el no conocernos nos hace menos humanos.
Yo tengo muy en claro que no quiero ver a la gente sufrir, pues yo no quiero sufrir y no estoy exento de que en algún momento pueda sufrir una discapacidad o le suceda a un ser querido. El estado, o sea todos nosotros, tenemos la responsabilidad de ser humanos, de ayudarnos, de no dejarnos sufrir.
Supe que dos de esas personas con el tiempo lograron sus pensiones. Las otras dos francamente las perdí de vista y no lo sé. Ojalá que sí.
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