miércoles, 3 de septiembre de 2014

EL ASADO Y LA VIRILIDAD

“Con su permiso voy a dentrar
aunque no soy convidado
pero en mi pago un asao
no es de naides y es de todos
yo voy a cantar a mi modo
después que haya churrasqueado”
Atahualpa Yupanki

    Mi suegro y mi concuñado me arrinconaron en una sobremesa.

   -¿Cuándo te vas a hacer un asado? –dijeron casi al unísono.

   No tengo parrilla, muchas veces pienso que debería invertir en construirla o comprar alguna de las tantas variantes que vienen prehechas pero siempre hay prioridades que se anteponen a tal propósito.

  -Hacelo en el piso, no tiene por qué ser en una parrilla –dijo mi suegro.

   Con desgano comienzo a excusarme. Les cuento de la molestia de tener que hacerlo con dos perras que se adueñaron del patio de casa y que podrían hacer fracasar el plan robándose la carne. Mi suegro y mi concuñado se cruzan en una mirada cómplice sugiriendo descreimiento y proponen que los ate, pero yo les pido que tengan en cuenta la requerida libertad de los animales, y luego ellos proponen que cubra la carne con algo, yo respondo que no es suficiente y así podríamos haber continuado la esgrima verbal hasta altas horas de la tarde. Decidí cortar por lo sano la conversación y sentencié:

   -Reivindico mi derecho a no querer hacer un asado, puedo invitarlos a una lasagna, una carne al horno con papas, empanadas con carne cortada al cuchillo, pero basta de pedirme que haga un asado como si de eso dependiera mi virilidad.
   
    Históricamente el asado ha sido cosa de hombres, los muchachos en la parrilla y las mujeres a la ensalada, y parece ser nomás que además del desempeño sexual y la cantidad de hijos, saber hacer un asado es la tercera condición que el hombre masculino debe poseer para consolidar su hombría. Cuando mi suegro me dice: Hacete un asado, siento lo mismo que si me dijera “hacete hombre, carajo”.

   Me encanta el asado y debo haber comido en los últimos diez años, más de cien realizados por mi suegro. Pero apenas recuerdo un sólo asado hecho por mi concuñado en su casa, en el que terminé trabajando humeándome frente a su parrilla porque el anfitrión se fue a bañar para poder ser un comensal perfumado y bien vestidito. Junto a su hermano terminamos sirviendo los chorizos y el vacío mientras el señor de la casa (era su cumpleaños) nos esperaba de punta en blanco sentado en la cabecera de la mesa. Esa única vez comí asado en su casa y ya quiere que lo compense.

  Una vez leí que el asado en la Argentina se lo hace de un modo como en ningún otro país, y que la razón es porque se confía en la buena carne de nuestros novillos. En otros lugares tirar la carne a la parrilla sin ningún tipo de maceración o condimento es un camino al fracaso en el que el resultado puede terminar siendo algo parecido a una suela de zapatos desabrida.

   No hay ningún secreto y la teoría me la sé de memoria: prender el fuego, esperar que las brasas enciendan totalmente, colocar las brasas, limpiar la parrilla, salar la carne y distribuirla estratégicamente, cocinarlas muy bien de un solo lado y darlas vuelta.  Es decir que debo confirmar mi masculinidad haciendo una cocción básica que un chico se siete años resolvería perfectamente. 

    Pero mi suegro y mi concuñado son inflexibles, quieren ver al macho haciendo el asado. Ellos se pierden la complejidad de un lomo a la crema, un pollo a la ciruela con papas noisette o mis bifes a la criolla. Claro que para algunos de estos platos debo picar cebolla, lo cual me hace lagrimear a granel, y es sabido que llorar es de maricones.