“Con su permiso voy
a dentrar
aunque no soy
convidado
pero en mi pago un
asao
no es de naides y
es de todos
yo voy a cantar a
mi modo
después que haya
churrasqueado”
Atahualpa Yupanki
Mi suegro y mi concuñado
me arrinconaron en una sobremesa.
-¿Cuándo te vas
a hacer un asado? –dijeron casi al unísono.
No tengo
parrilla, muchas veces pienso que debería invertir en
construirla o comprar alguna de las tantas variantes que vienen
prehechas pero siempre hay prioridades que se anteponen a tal propósito.
-Hacelo en el
piso, no tiene por qué ser en una parrilla –dijo mi suegro.
Con desgano comienzo a excusarme. Les cuento de la molestia de tener que hacerlo con dos perras que se adueñaron del patio de
casa y que podrían hacer fracasar el plan robándose la carne. Mi suegro y mi concuñado se cruzan en una mirada cómplice sugiriendo descreimiento y proponen que los ate, pero yo les pido que tengan en
cuenta la requerida libertad de los animales, y luego ellos proponen que cubra
la carne con algo, yo respondo que no es suficiente y así podríamos haber continuado la esgrima verbal hasta
altas horas de la tarde. Decidí cortar por lo sano la conversación y sentencié:
-Reivindico mi
derecho a no querer hacer un asado, puedo invitarlos a una lasagna, una carne
al horno con papas, empanadas con carne cortada al cuchillo, pero basta de
pedirme que haga un asado como si de eso dependiera mi virilidad.
Históricamente
el asado ha sido cosa de hombres, los muchachos en la parrilla y las mujeres a la
ensalada, y parece ser nomás que además del desempeño sexual y la cantidad de
hijos, saber hacer un asado es la tercera condición que el hombre masculino
debe poseer para consolidar su hombría. Cuando mi suegro me dice: Hacete un
asado, siento lo mismo que si me dijera “hacete hombre, carajo”.
Me encanta el
asado y debo haber comido en los últimos diez años, más de cien realizados por mi suegro. Pero apenas recuerdo un sólo asado hecho por mi concuñado en su
casa, en el que terminé trabajando humeándome frente a su parrilla porque el anfitrión
se fue a bañar para poder ser un comensal perfumado y bien vestidito. Junto a
su hermano terminamos sirviendo los chorizos y el vacío mientras el señor de la casa (era
su cumpleaños) nos esperaba de punta en blanco sentado en la cabecera de la
mesa. Esa única vez comí asado en su casa y ya quiere que lo compense.
Una vez leí que
el asado en la Argentina se lo hace de un modo como en ningún otro país, y que
la razón es porque se confía en la buena carne de nuestros novillos. En otros
lugares tirar la carne a la parrilla sin ningún tipo de maceración o
condimento es un camino al fracaso en el que el resultado puede terminar
siendo algo parecido a una suela de zapatos desabrida.
No hay ningún
secreto y la teoría me la sé de memoria: prender el fuego, esperar que las
brasas enciendan totalmente, colocar las brasas, limpiar la parrilla, salar la
carne y distribuirla estratégicamente, cocinarlas muy bien de un solo lado y darlas
vuelta. Es decir que debo confirmar mi
masculinidad haciendo una cocción básica que un chico se siete años resolvería
perfectamente.
Pero mi suegro
y mi concuñado son inflexibles, quieren ver al macho haciendo el asado. Ellos
se pierden la complejidad de un lomo a la crema, un pollo a la ciruela con
papas noisette o mis bifes a la criolla. Claro que para algunos de estos platos
debo picar cebolla, lo cual me hace lagrimear a granel, y es sabido que llorar
es de maricones.