TRES SEGUNDOS, TRES MONEDAS
Las uñas de mi mano derecha no pueden cortarse, me son indispensables para tocar la guitarra. Para que no se dañen las limo seguido, de ese modo logro que no las enganche y se corten.
Las uñas de mi mano derecha no pueden cortarse, me son indispensables para tocar la guitarra. Para que no se dañen las limo seguido, de ese modo logro que no las enganche y se corten.
En el auto tengo una lima, en la sala donde doy clases, en casa, en el negocio en que trabajo, soy comprador compulsivo de limas de uña.
Días atrás salí de casa en auto. Ya conduciendo, al rascarme la pierna sobre el pantalón noté que una uña se me enganchó en sus hilos, cosa que sucede cuando están desparejas y ásperas. No sé si a todos los guitarristas le pasa lo mismo, pero yo entro en pánico cada vez que sucede, una uña rota es una catástrofe difícil de sobrellevar y más aún cuando hay show pronto.
Busqué la lima desesperadamente, estaba a la vista debajo del estéreo, y rogué para que el semáforo de 29 y 40 estuviera en rojo, así en ese tiempo limaba mi uña accidentada y recuperaba la calma.
El Destino estaba de mi lado, el semáforo en rojo recién comenzaba, tenía más de un minuto para trabajar y emprolijar la uña, y yo quedé estacionado justo antes del paso de cebra. Tomé la lima y aliviado comencé la tarea.
Sentí un grito, levanté la cabeza, frente a mí había un muchacho con tres pelotas, con la cara pintada, intentando que lo mire hacer su rutina de malabarista. Creo que hice un gesto de disculpa y bajé la mirada hacia la lima y mi uña, debía tener cuidado en no pasarme, así que la acción exigía concentración. Pero un nuevo grito me hizo levantar nuevamente la vista y allí estaba el malabarista requiriendo mi atención, creí leer su pensamiento, estaba diciéndome:
-Che, no seas ortiva, mirá así me largás una moneda.
En respuesta, no pude impedir un gesto de sorpresa seguido por otro de enojo. Bajé la vista, volví al vaivén de la lima sobre mi uña, pero ya estaba incómodo, de soslayo podía ver las pelotas de tenis danzando en el aire.
Pensé, mientras limaba, que podría bajarme del auto y explicarle que paso hasta ocho veces por día en esa esquina, cuando voy al trabajo a la mañana, cuando vuelvo al mediodía a buscar a mi hija para llevarla a la escuela, cuando vuelvo a almorzar, cuando retomo el trabajo a la tarde, cuando retiro a mi hija del cole, cuando vuelvo a trabajar a dar clases, y cuando vuelvo a la noche, le diría que valoro su trabajo, pero no siempre puedo expresarlo en dinero.
-Che, no seas ortiva, mirá así me largás una moneda.
En respuesta, no pude impedir un gesto de sorpresa seguido por otro de enojo. Bajé la vista, volví al vaivén de la lima sobre mi uña, pero ya estaba incómodo, de soslayo podía ver las pelotas de tenis danzando en el aire.
Pensé, mientras limaba, que podría bajarme del auto y explicarle que paso hasta ocho veces por día en esa esquina, cuando voy al trabajo a la mañana, cuando vuelvo al mediodía a buscar a mi hija para llevarla a la escuela, cuando vuelvo a almorzar, cuando retomo el trabajo a la tarde, cuando retiro a mi hija del cole, cuando vuelvo a trabajar a dar clases, y cuando vuelvo a la noche, le diría que valoro su trabajo, pero no siempre puedo expresarlo en dinero.
El reloj de cuenta regresiva marcaba que faltaban diez segundos, el malabarista me miraba fijo, nuevamente creí escuchar sus pensamientos:
-Burgués insensible, ni siquiera me miraste para no tener que largar una mísera moneda.
Su rostro era de desprecio, o furia. Por reacción y a modo de disculpa levanté la lima de uñas y se la mostré. Pero desvió la mirada y comenzó a caminar hacia mi ventanilla en busca de alguna remuneración. Busqué y tres monedas de dos pesos brillaban al lado del llavero. Me quedaban tres segundos de semáforo en rojo para decidir si iba a darle las tres monedas.
Qué coincidencia pensé, tres segundos tres monedas.
-Burgués insensible, ni siquiera me miraste para no tener que largar una mísera moneda.
Su rostro era de desprecio, o furia. Por reacción y a modo de disculpa levanté la lima de uñas y se la mostré. Pero desvió la mirada y comenzó a caminar hacia mi ventanilla en busca de alguna remuneración. Busqué y tres monedas de dos pesos brillaban al lado del llavero. Me quedaban tres segundos de semáforo en rojo para decidir si iba a darle las tres monedas.
Qué coincidencia pensé, tres segundos tres monedas.