jueves, 14 de febrero de 2019

TRES SEGUNDOS, TRES MONEDAS


TRES SEGUNDOS, TRES MONEDAS

Las uñas de mi mano derecha no pueden cortarse, me son indispensables para tocar la guitarra. Para que no se dañen las limo seguido, de ese modo logro que no las enganche y se corten.
En el auto tengo una lima, en la sala donde doy clases, en casa, en el negocio en que trabajo, soy comprador compulsivo de limas de uña.
Días atrás salí de casa en auto. Ya conduciendo, al rascarme la pierna sobre el pantalón noté que una uña se me enganchó en sus hilos, cosa que sucede cuando están desparejas y ásperas. No sé si a todos los guitarristas le pasa lo mismo, pero yo entro en pánico cada vez que sucede, una uña rota es una catástrofe difícil de sobrellevar y más aún cuando hay show pronto.
Busqué la lima desesperadamente, estaba a la vista debajo del estéreo, y rogué para que el semáforo de 29 y 40 estuviera en rojo, así en ese tiempo limaba mi uña accidentada y recuperaba la calma.
El Destino estaba de mi lado, el semáforo en rojo recién comenzaba, tenía más de un minuto para trabajar y emprolijar la uña, y yo quedé estacionado justo antes del paso de cebra. Tomé la lima y aliviado comencé la tarea.
Sentí un grito, levanté la cabeza, frente a mí había un muchacho con tres pelotas, con la cara pintada, intentando que lo mire hacer su rutina de malabarista. Creo que hice un gesto de disculpa y bajé la mirada hacia la lima y mi uña, debía tener cuidado en no pasarme, así que la acción exigía concentración. Pero un nuevo grito me hizo levantar nuevamente la vista y allí estaba el malabarista requiriendo mi atención, creí leer su pensamiento, estaba diciéndome:

-Che, no seas ortiva, mirá así me largás una moneda.
 
En respuesta, no pude impedir un gesto de sorpresa seguido por otro de enojo. Bajé la vista, volví al vaivén de la lima sobre mi uña, pero ya estaba incómodo, de soslayo podía ver las pelotas de tenis danzando en el aire.

Pensé, mientras limaba, que podría bajarme del auto y explicarle que paso hasta ocho veces por día en esa esquina, cuando voy al trabajo a la mañana, cuando vuelvo al mediodía a buscar a mi hija para llevarla a la escuela, cuando vuelvo a almorzar, cuando retomo el trabajo a la tarde, cuando retiro a mi hija del cole, cuando vuelvo a trabajar a dar clases, y cuando vuelvo a la noche, le diría que valoro su trabajo, pero no siempre puedo expresarlo en dinero.
El reloj de cuenta regresiva marcaba que faltaban diez segundos, el malabarista me miraba fijo, nuevamente creí escuchar sus pensamientos:

-Burgués insensible, ni siquiera me miraste para no tener que largar una mísera moneda.

Su rostro era de desprecio, o furia. Por reacción y a modo de disculpa levanté la lima de uñas y se la mostré. Pero desvió la mirada y comenzó a caminar hacia mi ventanilla en busca de alguna remuneración. Busqué y tres monedas de dos pesos brillaban al lado del llavero. Me quedaban tres segundos de semáforo en rojo para decidir si iba a darle las tres monedas.

 Qué coincidencia pensé, tres segundos tres monedas.

¿DONDE QUEDA PONCHI?


¿DONDE QUEDA PONCHI?

   Primera vez en casi todo. Primera vez a Brasil. Primera vez en auto a Brasil. Primera vez con GPS. Salimos con mi esposa y mi pequeña hija de seis años un viernes a las diez de la noche. Apenas pasamos Luján la voz del GPS comenzó a repetir incansablemente “Camino peligroso-reduzca velocidad”.

-Papá, yo le haría caso a la señora…- me alerta temerosa mi hija desde su asiento trasero.

Viajar de noche no es recomendable cuando la ruta no es iluminada y el tráfico incesante en la dirección contraria encandila furiosamente. Al cabo de cuatro horas mis ojos quedaron destrozados. Pasamos puente Zárate Largo y a las seis de la mañana llegamos a Paso de los Libres. Luego de pasar la aduana, a las nueve de la mañana continuamos ya por Brasil.

-Tratá de llegar a Torres, dormís ahí en un hotelucho, y a la mañana te quedan tres horas a Florianópolis.

   Fue la recomendación que acepté, entre otras que tuve. No sabía –o calculé mal- que hasta Torres me separaban veintitrés horas. A las cinco de la tarde llegábamos a Porto Alegre. Y recordé la advertencia en la que más énfasis pusieron mis asesores de viaje :
 
-¡Guarda con Porto Alegre, no te vayas a confundir en una salida porque si entrás a la ciudad no salís más!

  Pasé Porto Alegre, el supuesto infierno, con éxito, después sí: rumbo a Torres.

La noche llegó a las ocho y media, con ella la humedad comenzó a empañar los vidrios del auto, mi cansancio era notorio, a partir de allí transitamos media hora en la que me di cuenta que era imposible continuar. Cuando el GPS y los carteles anunciaronn salidas hacia la ciudad de Torres, tomé una de ellas. Oscuridad absoluta. No habíamos reservado ningún hotel, lo cual nos llevó a un segundo problema, no teníamos una dirección concreta para configurar el GPS.

 Ya hacía frío pero lo único que lograba desempañar los vidrios era el aire acondicionado, no es un hecho menor que necesitáramos un baño, que tengamos hambre, en fin, el mundo conspiraba contra nosotros.

 Cuando llegué a una zona poblada, periférica por lo visto, sin iluminación, bajé a llamar a la puerta de una casa. Un señor me atendió amablemente pero el diálogo fue imposible. Yo estaba seguro de poder entender el portugués porque, qué sé yo, mi experiencia hasta el momento fue escuchar a los jugadores de fútbol brasileros -por esto de que ser yo hincha de Boca Juniors y habernos enfrentado tantas veces en las innumerables copas Libertadores-. Pero, no, ni una palabra, ni tampoco el pobre hombre me entendía el español a mí.

 -¿Torres? –preguntaba yo.

 -Ponchi, ponchi –decía el hombre señalando hacia un lugar indefinido.

  -¿Dónde queda Ponchi?

  -Ponchi…-seguía señalando diciendo cosas que francamente me eran chino básico, bué, en este caso portugués básico.

Subí al auto, mientras intentábamos dilucidar qué nos había querido decir, y los nervios nos consumían, me propuse seguir la estrategia de los insectos: dirigirme a dónde se viera más luz. Llegamos a una zona dónde había un lago, o rio, típico de pueblo de pescadores, bajé a preguntar a un señor parado con su bicicleta y el diálogo fue similar, yo preguntando por Torres, y el hombre esforzándose por explicarme, de toda la perorata incomprensible yo volvía a escuchar “Ponchi, ponchi”

-Dios mío, qué mierda será Ponchi… –dije cuándo subí al auto.

Intenté continuar, y me di cuenta que estaba dando vueltas en círculos, quería rodear el lago, o lo que fuera, porque veía edificios del otro lado. Una mujer caminaba por la calle y bajé la ventanilla.

- Bona noite… Disculpe una pregunta  ¿Dónde queda Torres?

La mujer se acercó mientras me respondía sin preocuparse por hacerlo claramente. Es algo que noté en los brasileros; ellos, creo, entienden mucho mejor el español de lo que nosotros entendemos el portugués, y cuando hablan lo hacen como si dialogaran con otro brasilero. Pero al final de la frase volví a escuchar la palabra. Todos en el auto entendimos “ponchi”

-¿Ponchi?

-Ponchi –asintió la mujer.

-¡¿Dónde queda Ponchi?! –creo que la mujer notó mi ansiedad.

-Ponchi, ponchi –me repitía mientras con la mano dibujaba una parábola en el aire, y señalaba hacia el lago.

Miré hacia donde indicaba su mano y descubrí una construcción parabólica en la penumbra, sobre el lago, como a unos doscientos metros.

-¿Puente? –dije frunciendo el ceño. 

-¡Ponchi! –me contesta asintiendo y visiblemente contenta de que haya comprendido.

Evidentemente había un puente, el que cruzamos con el auto, el que nos llevó al centro de Torres, y luego al hotel donde cenamos y nos bañamos, y en el que luego de apoyar la cabeza en la almohada me reproché no haber practicado un poquito de portugués antes de emprender el viaje.
  

CINCUENTA PULGADAS

CINCUENTA PULGADAS
Me lo terminó confesando antes de irnos, cuándo ya habíamos cantado como papagayos en celo en el karaoke más de cien canciones.
Antes de que Coqui sirva el asado -pobre Coqui, siempre le toca asar a él-, mientras estábamos disfrutando del salame, el queso y las aceitunas, Pedro comenzó a descargar su bronca sobre un vecino que le compró un televisor smart de cincuenta pulgadas.
Como la acústica del quincho de Fabricio hace que uno solo pueda escuchar al que está al lado, pues esa noche éramos casi veinte personas y el murmullo era estrenduoso, mis oidos sirvieron de catarsis para el resentimiento de Pedro.
Pedro trabaja de empleado en un local de una cadena de electrodomésticos, no le va mal, pues su esposa trabaja en tribunales y ya tienen su casa propia, y tener casa es una ventaja para nada deleznable en estos tiempos.
-Sabés que pasa Chori...-me dijo casi gritando al oido-, que el Pocho (buen tipo, no tengo nada que decir con eso, ojo) no tiene un mango partido al medio. Tiene una casita, que es un rancho, ladrillos huecos y chapa, los nenes, si vos vieras como andan en la calle, de ojotas en invierno, sucios, mal vestidos.
-¿Cuántos tiene? -pregunté, más por demostrar interés que por curiosidad.
-¡Cinco!, cuatro varones y una nena, la más chiquita, la mujer los lleva en moto a la escuela de a tres, o ¡cuatro a veces! Una locura.
-¿Y él a qué se dedica?
-Hace changas, corta el pasto, peón de albañil, lava autos, que trabaja, trabaja... pero la casa se le viene abajo, es un colgado, pero el tipo vino al local y se llevó un Samsung cincuenta pulgadas, ¡Ni yo tengo un cincuenta pulgadas! ¿Vos tenés un cincuenta pulgadas?
-Y sí -contesté casi con culpa -pero un JVC...
-Bueno, ¿ves? Vos no te zarpaste y te compraste un Samsung, vos tenés tu casa, pintadita, bien hecha, y aún así te compraste un JVC.
Asentí, me sentía intimidado.
-Ahora, imaginate la postal -hizo un cuadrado imaginario en el aire-, un rancho de dos por dos, la ventana a la calle abierta y un cojudo televisor encendido HD inmenso como un cine... no tiene relación entendés, no tiene relación...
-Perdoná que te pregunte -dije sonriendo para mitigar la ironía-, ¿vos ganaste una comisión con esa venta, o no?
-Sí, pero no es el caso, porque si tuviera más confianza con Pocho le diría que está invirtiendo mal la guita, porque con esa plata se puede comprar los materiales para otra habitación, qué sé yo, las aberturas, no sé...
La noche siguió. Si algo tienen los karaokes de bueno es que al cantar ciertas canciones olvidadas algunos recuperan algo de sensibilidad dormida y agazapada por la dureza del mundo que nos toca vivir. No es noticia que los años nos generan callos en alma. Pedro, totalmente en pedo, cantó emocionado "Para el pueblo lo que es del pueblo, porque el pueblo se lo ganó" de Piero, y casi lloró entonando Ojalá de Silvio Rodriguez.
Ya en el ocaso de la noche cayó derrumbado en el sofá sentándose a mi lado, yo también había casi vaciado un Campari así que no estoy seguro de que dijo lo que escuché, pero creo que sí.
-Sabés qué pasa Chori, que cuando Pocho se llevó el smart, yo sentí envidia.
-Pero si vos te podés comprar el cincuenta pulgadas.
-No, sentí envidia porque yo vi que él tenía la libertad de comprarlo, se lo vi en el rostro, él se pasa por las pelotas lo que uno crea que es necesario antes que comprarse un smart. Le chupa un huevo ¿entendés?
-Entiendo.