lunes, 29 de diciembre de 2014

NUEVAS ARTES



   Necesitaba emprender algunas de esas inquietudes que por causas de elección y de priorizar otras cosas quedan como deudas de vida. Ya se sabe: cuando un elige un camino se deja varios por transitar.
    Después de los cuarenta algunos caminos llegan a su fin, imposible ya iniciarme en el rugby, ni tampoco en el patinaje artístico, el primero porque podría terminar con algún tipo de lesión irreversible y el segundo porque mi columna vertebral, que en las radiografías se muestra con forma de S, le da a mi postura una forma ya humanoide que desplazándose sobre esos artilugios con ruedas resultaría el sumun del patetismo.
    Pintar. Es algo que siempre he envidiado y parece ser algo en lo que nunca es tarde para iniciarse. Durante unos seis años di clases de guitarra en El Limonero, cuando se encontraba en su antigua casa. Allí Pablo Russo, director de la casa y profesor de artística (y donde además tenía su atelier) sin querer, día a día, me introducía en ese gusto por descubrirse transformando la materia de cualquier soporte, tela, madera, metal, hasta inclusive una pared en obras artísticas con sólo pincelar sobre ellas.
    Aprendí muchas cosas con Pablo, muchas veces con sólo mirarlo y otras analizando sobre lo que el hacía. Como siempre, muy amable, Pablito escuchaba mis puntos de vista sobre lo que él iba creando. Con el correr de los años, me encontré discutiendo con él sobre proporciones, peso, trazos, formas, uniformidad y demás cosas.
   Llegó un momento que me notaba poseedor de un gran bagaje de conocimientos teóricos sobre el tema que tenía la impresión que iría a explotar. Se concentraba dentro de mí los conceptos de los pintores del renacimiento, los impresionistas y los expresionistas, pero prevalecía el surrealismo de la mano de Dalí y el cubismo de Picasso, uno por la técnica y el otro por la osadía. También el gusto de nuestro talento local Fifo Roggero retratando su aldea y mi aldea y por supuesto la imaginación de mi involuntario maestro: Pablo Russo.
   Para colmo de bienes ya me había casado y en poco tiempo mi esposa terminaba la carrera del profesorado de artes visuales, así que sentí que el pincel y las pinturas me perseguían por doquier, entonces me dije: ¿Por qué no?
   Necesitaba que esa iniciación, esa primera vez fuera especial, me di cuenta que podía combinarla con mi gran pasión que es la música. Es decir, si musicalizaba la ocasión dándole un marco espiritual podría lograr ese misterioso y mágico lugar de la creación en el que desaparecen las nociones del tiempo y del espacio.
   Elegí el sábado a la tarde, un día primaveral, nada de frio, nada de calor, anuncié en casa que me iniciaría por fin en algo postergado, me vieron llegar con los bártulos necesarios, las pinturas, los pinceles. Quería sorprender y sorprenderme, así que no pregunté nada. No quería aprovecharme de la ventaja que podría darme los conocimientos de mi esposa.
   Comencé con entusiasmo, sin prisa y con mucha alegría. Llega un momento en la creación artística que la ansiedad conspira contra el disfrute del momento, uno quiere terminar, quiere alcanzar la meta. También está el cansancio, como con cualquier cosa que uno emprende, por más pasión que a uno le genere. Como estaba trabajando a la intemperie debí apurarme y resignar el buen trazo y algunos detalles, la noche cambiaría mi impresión, no apreciaría lo mismo con luz artificial lo que había proyectado con luz natural. Los consejos de Pablo Russo venían a mí como un rio de críticas positivas que me alentaban a seguir. Supe que estaba en trance.
   Cuando la obra estuvo terminada me decidí a proceder como lo he visto en muchos artistas, destapar una cerveza, sentarme en un sillón un tanto alejado de la obra para poder percibir mejor su todo, en plenitud. El resultado no fue nada malo, pero  entendí por qué Miguel Angel para su magna realización en la Capilla Sixtina había utilizado empleados: la contractura de las cervicales que me ocasionó barnizar esos tirantes de la galería hizo que desistiera de esta actividad que algunos consideran terapéutica. El último sorbo de cerveza llegó con una revelación, ¿para qué incursionar en nuevas artes si uno con lo que ya tiene es suficiente?
Eso: ¿Para qué? 

    

lunes, 8 de diciembre de 2014

¿EL PAJARO O EL AUTO?

     No me gusta lavar el auto. En mi orden de prioridades está allá muy abajo, después de cortar el pasto y hacer las compras en el súper. Admiro en secreto a aquellos seres que disponen de todo su empeño para mantener la limpieza de su vehículo.
He visto casos de personas obsesivas desarmando su coche, lustrando hasta sacar chispas, con productos especiales de limpieza, aspiradoras, lustradoras, compresores  e hidrolavadoras.  Me llena de curiosidad conocer que misterios ocurren para que una persona le guste tanto  lavar el auto.    
   Recuerdo que una vez charlando con un conocido, quién me manifestaba que al auto lo lavaba él, personalmente, y que jamás lo llevaba a un lavadero, no pude resistir mi curiosidad y le pregunté:
-¿Por qué?
-Porque te lo lavan para el orto.
-Pero te tiene que gustar.
-A mí me gusta.
-¿Te gusta? –no pude contener el asombro -¿Por?
-¿A vos qué cosa te gusta hacer?
-Tocar la guitarra…
-Bueno… a mí me gusta lavar el auto.
   Después me condimentó un poco la cosa diciéndome que mientras lo hacía escuchaba radio o ponía música, que inclusive la esposa le cebaba unos mates, pero no llegó a seducirme. Lavar el auto para mí es una acción dificultosa, una marcha cuesta arriba, lo intenté dos veces: la primera vez, debido a la pretensión de hacerlo bien, tarde tres horas y pico y me agarró la noche aún sin terminar. La segunda apenas me esmeré y quedó con más marcas y rayas que una cebra. En caso de emergencia aplico la estrategia de la lluvia: me siento en un sillón y lo manguereo pero al menos una vez por mes lo llevo al lavadero.
     Esta semana ocurrió lo que casi siempre ocurre, saco el auto del lavadero y al otro día un pájaro dejó su huella fétida en la puerta izquierda delantera. En cuanto veo la mancha blanquecina de caca sobre el brillo de la chapa ocurre lo que siempre ocurre, puteo al pájaro y a diosymaríasantísima, sé que si tuviera un arma en ese momento, por la cuestión de la emoción violenta, asesinaría a cualquier cosa que tuviera alas. Pero sucedió algo que no siempre ocurre, reflexioné:
   “¿Qué es lo que no debiera existir? ¿El pájaro o el auto?”
   El auto se me ha tornado indispensable y para alguien que una carrera de autos es una exhibición de carteles que giran y un árbol de leva una especie desconocida de la vegetación amazónica el hecho de depender de un automóvil es una condena agobiante. Las publicidades televisivas, que siempre son engañosas, casi siempre muestran al comprador del coche manejando plácidamente por la ruta como si volviera de un spa, lo que no muestran es todo lo que sucederá después: el pago del seguro, la patente, la necesidad de revisar el aceite y los filtros, el paso semanal por la estación de servicio, el cambio de neumáticos, la alineación y el balanceo, las rótulas, las veletas, el rayoncito, el otro rayoncito, la tierra en el vidrio, la humedad que empaña los vidrios y por supuesto: la caca de los pájaros
   El pájaro, animal no racional, sólo come, vuela y caga, seguramente desde su perspectiva superior los autos no le representan una amenaza, miles y miles de chapas coloridas y brillosas serán para el pobre ave un dato sin importancia, a lo sumo pensará -sabemos que no piensan pero aceptemos el verbo por esta vez- que no son árboles donde podrá guarecerse, ni agua de la que podrá beber ni tampoco insectos con los cual alimentarse, los autos no le son de utilidad y en su diminuto cerebro concluirá que al menos sirven para echarles un cago. Así de simple.

   En el futuro prometo pensar a la inversa: cuando un pájaro deje su caca en mi auto tomaré un elemento contundente y castigaré al auto por ser el causante de este malestar. Ahora lo tengo claro: lo que no deberían haber existido jamás son los autos.

lunes, 1 de diciembre de 2014

ESCALERA DE ALUMINIO MULTIPROPOSITO


    “Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables.”

    Así comienza el Julio Cortázar sus instrucciones para subir una escalera, texto que aparece entre otros en Historias de Cronopios y Famas.

   La verdad es que no he dejado de observar la conformación de una escalera, es de ese tipo de inventos que evidentemente no han de tener creador definido, y si bien cierta biografía sospechosa dice que las primeras escaleras aparecieron allá por el siglo 6000 antes de Cristo, uno imagina que en cualquier parte del mundo y en cualquier tiempo, cuando ha existido la necesidad de subir o bajar distancias imposibles, a esa persona en cuestión, se le ha venido a la mente alguna de las tantas formas que tienen las escaleras, y de algún modo se las ha ingeniado para fabricar escalones o peldaños.

   Tengo algo de vértigo y no me seducen las escaleras, vivo en una casa de planta baja pero muchas veces he tenido que hacer uso de alguna, o para subir al techo para ver porque se filtra el agua, o para pintar o cambiar una lamparita. En el último tiempo las lamparitas de mi casa comenzaron a quemarse y como no soy amante de la “reparación en casa” fui postergando el hecho de cambiarlas, primero sucumbió la de una habitación, luego la de la otra, luego las dos tortugas de afuera, y por último la del comedor. Esta última fue clave para tomar la decisión, sobre todo cuando confundí un pedazo de pan con la manito de mi hija.

 La excusa ante los ruegos de mi familia para que cambie las lamparitas, era que no teníamos escalera, pues las lamparitas de mi casa están todas bastante altas, algo que nos fue difícil prever al momento de hacer la instalación, y ni siquiera con la ayuda de una pequeña escalera de seis peldaños puedo alcanzar. Y la verdad es que ya me da vergüenza seguir molestando a mis vecinos para pedirles, por enésima vez, una escalera.

 Me decidí entonces en comprar la Escalera Aluminio Multipropósito, que como bien define el rótulo es una escalera de aluminio que será útil en innumerables propósitos que uno deba emprender. ¿Por qué me decidí por uno de esas? Porque he visto que pueden plegarse hasta ser apenas un cubilete liviano de un metro veinte de altura, lo cual facilita al momento de guardarlas y transportarlas.

Cuando la cargué en el auto luego de pagar en la ferretería noté que la satisfacción me invadía el cuerpo, ¿Ese pequeño bulto me llevaría a los cuatro metros de altura? ¿así yo engordara hasta pesar los ciento cincuenta kilos que permite como límite de peso?

  La alegría terminó cuando comencé la proeza de desplegarla. Leí sus instrucciones, mucho menos literarias que las de Cortázar, y noté que la cosa no iría a ser sencilla, un tramo para acá, otro para allá y no podía entender qué clase de forma estaba tomando ese pequeño robotito de aluminio. Yo necesitaba ese tipo de forma tradicional, un triángulo isósceles, tipo casita, en el que la escalera podría sostenerse por sí sola sin la necesidad de apoyarla. Por momentos parecía llegar al objetivo, pero confundido por las trabas, con el miedo a no aplastarme un dedo, no lograba que adquiera una forma razonable y en uno de los intentos la pata impactó contra el esquinero donde está el teléfono y los retratos y adornos volaron por el living. Esa pequeña estructura aparentemente inofensiva comenzaba a tomar vida propia.

Al fin hubo éxito y cambié el foquito del living, pero lo peor estaba por suceder: para ir hacia una de las habitaciones, debido a que hay que transitar por el pasillo, tuve que plegar totalmente los tramos porque en ninguna de sus diversas formas podía atravesar los estrechos ángulos. Nuevamente las dudas y los conflictos, cuatro veces tuve que repetir los procesos, plegado, desplegado, plegado desplegado… puertas abolladas, paredes rayadas y cachas en los muebles fue el lamentable saldo de la tarea.

La modernidad tiene estas cosas, ya no siento que tengo una Escalera Aluminio Multipropósito, sino que estoy seguro de tener un enemigo en casa.