Necesitaba
emprender algunas de esas inquietudes que por causas de elección y de priorizar
otras cosas quedan como deudas de vida. Ya se sabe: cuando un elige un camino se deja varios por transitar.
Después de los cuarenta algunos caminos llegan
a su fin, imposible ya iniciarme en el rugby, ni tampoco en el patinaje
artístico, el primero porque podría terminar con algún tipo de lesión
irreversible y el segundo porque mi columna vertebral, que en las radiografías
se muestra con forma de S, le da a mi postura una forma ya humanoide que
desplazándose sobre esos artilugios con ruedas resultaría el sumun del
patetismo.
Pintar. Es algo que siempre he envidiado y
parece ser algo en lo que nunca es tarde para iniciarse. Durante unos seis años
di clases de guitarra en El Limonero, cuando se encontraba en su antigua casa.
Allí Pablo Russo, director de la casa y profesor de artística (y donde además
tenía su atelier) sin querer, día a día, me introducía en ese gusto por
descubrirse transformando la materia de cualquier soporte, tela, madera, metal,
hasta inclusive una pared en obras artísticas con sólo pincelar sobre ellas.
Aprendí muchas
cosas con Pablo, muchas veces con sólo mirarlo y otras analizando sobre lo que
el hacía. Como siempre, muy amable, Pablito escuchaba mis puntos de vista sobre
lo que él iba creando. Con el correr de los años, me encontré discutiendo con
él sobre proporciones, peso, trazos, formas, uniformidad y demás cosas.
Llegó un momento
que me notaba poseedor de un gran bagaje de conocimientos teóricos sobre el
tema que tenía la impresión que iría a explotar. Se concentraba dentro de mí
los conceptos de los pintores del renacimiento, los impresionistas y los
expresionistas, pero prevalecía el surrealismo de la mano de Dalí y el cubismo
de Picasso, uno por la técnica y el otro por la osadía. También el gusto de
nuestro talento local Fifo Roggero retratando su aldea y mi aldea y por
supuesto la imaginación de mi involuntario maestro: Pablo Russo.
Para colmo de
bienes ya me había casado y en poco tiempo mi esposa terminaba la carrera del
profesorado de artes visuales, así que sentí que el pincel y las pinturas me
perseguían por doquier, entonces me dije: ¿Por qué no?
Necesitaba que esa
iniciación, esa primera vez fuera especial, me di cuenta que podía combinarla
con mi gran pasión que es la música. Es decir, si musicalizaba la ocasión
dándole un marco espiritual podría lograr ese misterioso y mágico lugar de la
creación en el que desaparecen las nociones del tiempo y del espacio.
Elegí el sábado
a la tarde, un día primaveral, nada de frio, nada de calor, anuncié en casa que
me iniciaría por fin en algo postergado, me vieron llegar con los bártulos
necesarios, las pinturas, los pinceles. Quería sorprender y sorprenderme, así
que no pregunté nada. No quería aprovecharme de la ventaja que podría darme los
conocimientos de mi esposa.
Comencé con entusiasmo, sin prisa y con mucha
alegría. Llega un momento en la creación artística que la ansiedad conspira
contra el disfrute del momento, uno quiere terminar, quiere alcanzar la meta.
También está el cansancio, como con cualquier cosa que uno emprende, por más
pasión que a uno le genere. Como estaba trabajando a la intemperie debí apurarme
y resignar el buen trazo y algunos detalles, la noche cambiaría mi impresión,
no apreciaría lo mismo con luz artificial lo que había proyectado con luz
natural. Los consejos de Pablo Russo venían a mí como un rio de críticas
positivas que me alentaban a seguir. Supe que estaba en trance.
Cuando la obra
estuvo terminada me decidí a proceder como lo he visto en muchos artistas,
destapar una cerveza, sentarme en un sillón un tanto alejado de la obra para
poder percibir mejor su todo, en plenitud. El resultado no fue nada malo, pero entendí por qué Miguel Angel para su magna
realización en la Capilla Sixtina había utilizado empleados: la contractura de
las cervicales que me ocasionó barnizar esos tirantes de la galería hizo que
desistiera de esta actividad que algunos consideran terapéutica. El último
sorbo de cerveza llegó con una revelación, ¿para qué incursionar en nuevas
artes si uno con lo que ya tiene es suficiente?
Eso: ¿Para qué?