En una semana, dos noticias, una local de la
ciudad de Mercedes y otra de trascendencia nacional cuentan la fatalidad de
niños perdiendo la vida por desplazarse en vehículos. Una madre con sus niños
en moto embiste un camión en Mercedes y un niño de siete años manejando un
cuatriciclo en una playa en Pinamar.
Allí estamos entonces para señalar con el dedo
y juzgar –y prejuzgar- sobre el descuido de los adultos con sus hijos. Lo
hacemos todos.
Cuando ocurrió primero
el caso de la pobre madre que por necesidad se desplazaba sobrecargando su moto,
muchos, orillando el racismo, consideraron una tragedia propia los pobres; la
inconsciencia, la falta de educación, etc. Cuando los mismos se enteran del
segundo caso, un niño de siete años que ya no por necesidad sino por diversión
fallece chocando con otro cuatriciclo, todos aquellos argumentos segregativos quedan
obsoletos:
La tragedia no
discrimina.
En una charla donde
se debatía esto con amigos, observando las sentencias condenatorias sobre la
mujer de la moto, lo pregunté:
-¿Nadie tuvo un
momento de imprudencia en su vida?
Por suerte mis amigos
son sinceros y sin esperar demasiado respondieron que sí.
-¿Saben cuál es la
diferencia? –repregunté y me respondí al instante -, el azar.
Ante la mirada de
suspenso y el silencio, continué:
-Bueno, algunos lo
llaman destino, a mi me gusta más hablar de cuestiones azarosas, en mi caso,
una vez llevaba a mi hija en auto a la casa de una amiguita, para llegar había
que hacer unos dos o tres kilómetros de ruta, y olvidé colocarle el cinturón, me
di cuenta a mitad de trayecto, pero no me detuve en la banquina a colocárselo,
faltaba poco para llegar y decidí continuar. La imprudencia la tuve, pero tuve
suerte que no coincidiera con algo que desatara una fatalidad. El azar o el destino
quiso que no pasara.
Después seguí
teorizando sobre la idea de que vivimos en un mundo difícil que hace que una
mujer pobre deba trasladarse riesgosamente en moto para sus quehaceres o que un
pibe deba colocarse en riesgo en un cuatriciclo para lograr una diversión mejor,
y que todos debemos cuidarnos, que a
veces no hay casco que te salve si te gusta la velocidad, que no debemos juzgar
apresuradamente… pero mis amigos ya no me escuchaban, igual los quiero.