lunes, 8 de diciembre de 2014

¿EL PAJARO O EL AUTO?

     No me gusta lavar el auto. En mi orden de prioridades está allá muy abajo, después de cortar el pasto y hacer las compras en el súper. Admiro en secreto a aquellos seres que disponen de todo su empeño para mantener la limpieza de su vehículo.
He visto casos de personas obsesivas desarmando su coche, lustrando hasta sacar chispas, con productos especiales de limpieza, aspiradoras, lustradoras, compresores  e hidrolavadoras.  Me llena de curiosidad conocer que misterios ocurren para que una persona le guste tanto  lavar el auto.    
   Recuerdo que una vez charlando con un conocido, quién me manifestaba que al auto lo lavaba él, personalmente, y que jamás lo llevaba a un lavadero, no pude resistir mi curiosidad y le pregunté:
-¿Por qué?
-Porque te lo lavan para el orto.
-Pero te tiene que gustar.
-A mí me gusta.
-¿Te gusta? –no pude contener el asombro -¿Por?
-¿A vos qué cosa te gusta hacer?
-Tocar la guitarra…
-Bueno… a mí me gusta lavar el auto.
   Después me condimentó un poco la cosa diciéndome que mientras lo hacía escuchaba radio o ponía música, que inclusive la esposa le cebaba unos mates, pero no llegó a seducirme. Lavar el auto para mí es una acción dificultosa, una marcha cuesta arriba, lo intenté dos veces: la primera vez, debido a la pretensión de hacerlo bien, tarde tres horas y pico y me agarró la noche aún sin terminar. La segunda apenas me esmeré y quedó con más marcas y rayas que una cebra. En caso de emergencia aplico la estrategia de la lluvia: me siento en un sillón y lo manguereo pero al menos una vez por mes lo llevo al lavadero.
     Esta semana ocurrió lo que casi siempre ocurre, saco el auto del lavadero y al otro día un pájaro dejó su huella fétida en la puerta izquierda delantera. En cuanto veo la mancha blanquecina de caca sobre el brillo de la chapa ocurre lo que siempre ocurre, puteo al pájaro y a diosymaríasantísima, sé que si tuviera un arma en ese momento, por la cuestión de la emoción violenta, asesinaría a cualquier cosa que tuviera alas. Pero sucedió algo que no siempre ocurre, reflexioné:
   “¿Qué es lo que no debiera existir? ¿El pájaro o el auto?”
   El auto se me ha tornado indispensable y para alguien que una carrera de autos es una exhibición de carteles que giran y un árbol de leva una especie desconocida de la vegetación amazónica el hecho de depender de un automóvil es una condena agobiante. Las publicidades televisivas, que siempre son engañosas, casi siempre muestran al comprador del coche manejando plácidamente por la ruta como si volviera de un spa, lo que no muestran es todo lo que sucederá después: el pago del seguro, la patente, la necesidad de revisar el aceite y los filtros, el paso semanal por la estación de servicio, el cambio de neumáticos, la alineación y el balanceo, las rótulas, las veletas, el rayoncito, el otro rayoncito, la tierra en el vidrio, la humedad que empaña los vidrios y por supuesto: la caca de los pájaros
   El pájaro, animal no racional, sólo come, vuela y caga, seguramente desde su perspectiva superior los autos no le representan una amenaza, miles y miles de chapas coloridas y brillosas serán para el pobre ave un dato sin importancia, a lo sumo pensará -sabemos que no piensan pero aceptemos el verbo por esta vez- que no son árboles donde podrá guarecerse, ni agua de la que podrá beber ni tampoco insectos con los cual alimentarse, los autos no le son de utilidad y en su diminuto cerebro concluirá que al menos sirven para echarles un cago. Así de simple.

   En el futuro prometo pensar a la inversa: cuando un pájaro deje su caca en mi auto tomaré un elemento contundente y castigaré al auto por ser el causante de este malestar. Ahora lo tengo claro: lo que no deberían haber existido jamás son los autos.

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