domingo, 19 de octubre de 2014

LA TRANSICIÓN Y LA RUBIA


LA TRANSICIÓN Y LA RUBIA

1988. Deba, boliche bailable en la que su nombre deviene por ser el lugar un anterior local en el que funcionaba la Dirección de la Energía de Buenos Aires. La música que más me gusta se escucha temprano, antes de que la introducción The Final Countdown, de Europe, dé inicio al baile propiamente dicho. Con mis amigos (apenas tenemos dieciséis años) ingresamos una hora antes de la medianoche, hay poca gente y es más fácil el ingreso. Sabemos que hoy puede haber razzia, es decir, pueden encenderse las luces del local iluminándolo por completo y la policía ingresaría a buscar menores pidiendo el documento. Pero no nos importa, lo peor que puede pasar es un paseo en un colectivo de la empresa de transporte del pueblo hasta la comisaría donde nuestros padres irán a retirarnos luego previo llamado telefónico. En mis pensamientos está la chica que me gusta, no sé su nombre todavía así que la he bautizado “La Rubia”. ¿Vendrá esta noche?

Allí en la pista, temprano, suena en penumbras Confortably Numb de Pink Floyd, espero el solo de guitarra para sentirme David Gilmour, me transporto, estoy en estado alfa, beta y gama, disfrutando de ese mágico sonido moviendo los dedos en mi stratocaster imaginaria. Tengo puesto un jean azul, unos zapatos náuticos marrones y una camisa a rayas con el cuello tirado hacia atrás como si me estuvieran tirando de un hilo invisible. Todos los varones estamos en composé, uniformados, hay variantes en los colores de las rayas de la camisa, a veces verdes, a veces rojas, otras azules pero siempre sobre un fondo blanco. Ellas, las damas,  usan pantalones blancos livianos, a veces natural, y blusas de igual color, el cabello largo, algunas lacio, otras ondulado.

La discoteca Deba se va colmando de gente, la música es lenta, porque es la antesala a lo que vendrá. Cuando ya no cabe más nadie, las cornetas de Europe estallan, las luces hacen su juego y el baile comienza. Primero, como siempre: música movida.

 No somos todo lo valiente que queremos, sacamos a bailar a nuestras compañeras o amigas, sabemos que no podrán decirnos que no. Somos ingeniosos, si nos gusta una de ellas invitamos a bailar a la amiga. Lo hacemos sin temor, no habrá rechazo. Pasan los hits de Erasure, Bon Jovi, Depeche Mode y otros. Nuestras amigas y compañeras se cansan, bailan con nosotros pero miran hacia más allá siempre buscando a alguien, luego cuchichean entre ellas, nosotros ya no importamos. Dejamos de bailar de mutuo acuerdo y ahora viene lo difícil. Sacar a bailar pero con riesgo. El rechazo es doloroso, pero no nos queda otra, lo intentamos, buena suerte y mala suerte.
  
Hace rato que me atrae La Rubia, y ella vino, está con una amiga. Busco a uno de mis amigos, al que la memoria ha borrado, le pido que me ayude, le explico que hay una chica que me gusta pero está con otra. La otra no lo impacta pero tampoco le provoca repulsión. Somos crueles, no lo sabemos pero somos crueles. Todos y todas.
 
Las dos dicen que sí. Ella no va a mi escuela pero la tengo vista y me gusta mucho, desde hace tiempo. Ese oxímoron llamado rock nacional es lo que musicaliza el momento. Hablamos y nos escuchamos lo que podemos. Nos comunicamos casi con mímica. La música comienza a ser más lenta, Pretty Woman de Roy Orbison da comienzo a la transición, es la señal que se vienen los lentos. El ritmo es cada vez más sinuoso y cansino, y todas las parejas nos miramos de soslayo, seguimos moviéndonos como marionetas electrificadas pero la cadencia ya es propia de un minué. La transición es terrible, nadie da el primer paso, ni nosotros las tomamos de la cintura, ni ellas nos toman del cuello. El piano lentissimo de Total eclipse of the heart de Bonnie Tyler se hace insostenible y amerita iniciar el baile pegado de una vez. De reojo veo que todos lo hacen. Miro a la rubia y amago a tomar su cintura pero sus manos no vienen a mi cuello, sí se acercan sus labios y me estremezco.
  
 -Llegó mi novio, no bailo más, gracias –me dice al oído.   


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