LA TRANSICIÓN Y LA RUBIA
1988. Deba, boliche bailable en la que su
nombre deviene por ser el lugar un anterior local en el que funcionaba la
Dirección de la Energía de Buenos Aires. La música que más me gusta se escucha
temprano, antes de que la introducción The
Final Countdown, de Europe, dé inicio al baile propiamente dicho. Con mis
amigos (apenas tenemos dieciséis años) ingresamos una hora antes de la
medianoche, hay poca gente y es más fácil el ingreso. Sabemos que hoy puede
haber razzia, es decir, pueden encenderse las luces del local iluminándolo por
completo y la policía ingresaría a buscar menores pidiendo el documento. Pero
no nos importa, lo peor que puede pasar es un paseo en un colectivo de la
empresa de transporte del pueblo hasta la comisaría donde nuestros padres irán
a retirarnos luego previo llamado telefónico. En mis pensamientos está la chica
que me gusta, no sé su nombre todavía así que la he bautizado “La Rubia”.
¿Vendrá esta noche?
Allí en la
pista, temprano, suena en penumbras Confortably
Numb de Pink Floyd, espero el solo de guitarra para sentirme David Gilmour,
me transporto, estoy en estado alfa, beta y gama, disfrutando de ese mágico
sonido moviendo los dedos en mi stratocaster
imaginaria. Tengo puesto un jean azul, unos zapatos náuticos marrones y una
camisa a rayas con el cuello tirado hacia atrás como si me estuvieran tirando
de un hilo invisible. Todos los varones estamos en composé, uniformados, hay
variantes en los colores de las rayas de la camisa, a veces verdes, a veces
rojas, otras azules pero siempre sobre un fondo blanco. Ellas, las damas, usan pantalones blancos livianos, a veces
natural, y blusas de igual color, el cabello largo, algunas lacio, otras
ondulado.
La discoteca Deba se va colmando de gente, la música
es lenta, porque es la antesala a lo que vendrá. Cuando ya no cabe más nadie, las
cornetas de Europe estallan, las luces hacen su juego y el baile comienza.
Primero, como siempre: música movida.
No somos todo lo
valiente que queremos, sacamos a bailar a nuestras compañeras o amigas, sabemos
que no podrán decirnos que no. Somos ingeniosos, si nos gusta una de ellas
invitamos a bailar a la amiga. Lo hacemos sin temor, no habrá rechazo. Pasan los
hits de Erasure, Bon Jovi, Depeche Mode y otros. Nuestras amigas y compañeras se
cansan, bailan con nosotros pero miran hacia más allá siempre buscando a
alguien, luego cuchichean entre ellas, nosotros ya no importamos. Dejamos de
bailar de mutuo acuerdo y ahora viene lo difícil. Sacar a bailar pero con
riesgo. El rechazo es doloroso, pero no nos queda otra, lo intentamos, buena
suerte y mala suerte.
Hace rato que me
atrae La Rubia, y ella vino, está con una amiga. Busco a uno de mis amigos, al
que la memoria ha borrado, le pido que me ayude, le explico que hay una chica
que me gusta pero está con otra. La otra no lo impacta pero tampoco le provoca repulsión.
Somos crueles, no lo sabemos pero somos crueles. Todos y todas.
Las dos dicen
que sí. Ella no va a mi escuela pero la tengo vista y me gusta mucho, desde
hace tiempo. Ese oxímoron llamado rock nacional es lo que musicaliza el momento.
Hablamos y nos escuchamos lo que podemos. Nos comunicamos casi con mímica. La
música comienza a ser más lenta, Pretty
Woman de Roy Orbison da comienzo a la transición, es la señal que se vienen
los lentos. El ritmo es cada vez más sinuoso y cansino, y todas las parejas nos
miramos de soslayo, seguimos moviéndonos como marionetas electrificadas pero la
cadencia ya es propia de un minué. La transición es terrible, nadie da el
primer paso, ni nosotros las tomamos de la cintura, ni ellas nos toman del
cuello. El piano lentissimo de Total eclipse of the heart de Bonnie Tyler
se hace insostenible y amerita iniciar el baile pegado de una vez. De reojo veo
que todos lo hacen. Miro a la rubia y amago a tomar su cintura pero sus manos
no vienen a mi cuello, sí se acercan sus labios y me estremezco.
-Llegó mi novio, no bailo más, gracias –me dice al oído.
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