martes, 7 de mayo de 2024

EL CLIENTE SIEMPRE TIENE LA RAZÓN


Hacía rato que Tito no venía a desayunar a la Recova. Desde que se descompensó aquella mañana en su local. ¿Cuántos años hará que Tito tiene la zapatería? ¿Treinta? ¿Cuarenta? No sé, pero que hace mucho, seguro. Y al tipo se lo veía siempre al pie del cañón, atendiendo, controlando las vendedoras de la caja. Ultimamente no anda bien de salud, muchos años, mucha malasangre.
El me había dicho una vez, medio en broma, medio en serio que ya no estaba para atender a la gente, no porque no la soportara, es más, el remañido refrán "El cliente tiene siempre tiene la razón" lo repetía con frecuencia. Cuando había empezado a vender zapatos de joven lo hacía muy bien, amable, creativo, con todas la mañas de un vendedor pero después apenas crecés un poquito, decía él, viene una cataratas de problemas que atender: los impuestos, el sindicato, los proveedores, el banco, las empleadas.
Yo no quise preguntarle por el trabajo, había cerrado la zapatería y en el local ahora funcionaba una tienda de alimentos para mascotas. Pero se ve que Tito necesitaba hablar porque empezó a contarme sin que le preguntara nada.
Mirá querido, me dijo agitando la cucharita en el pocillo, yo ya no podía estar en la venta, me pasó hace un tiempo, justo antes de atender una clienta el contador me llamó al celular para decirme lo que tenía que pagar de ingresos brutos, era una fortuna ¡Qué poronga¡ le dije cuando corté. La chica que me esperaba me escuchó, yo tenía una cara de orto que ni te cuento. Pedí disculpas y me fui a la oficina. Ahí entendí que no debía ponerme a vender, para vender tenés que estar diez puntos de ánimo. Así que decidí dedicarme a la caja y la administración. Creí que ya tenía solucionado el tema, pero, aquella mañana...
Mientras Tito me contaba, Caio, el dueño de la Recova y Coqui, habitué religioso de todas las mañanas, se acercaron a la mesa. Tito estaba tan compenetrado en su relato que ni siquiera los saludó.
Se rompieron todos los códigos, prosiguió negando con la cabeza, fue una mañana que apenas habían entrado un par de clientes, apareció una madre con su hija. Silvia salió a atenderla pero la mujer dijo que solo iba a mirar. Yo estaba parado ahí, viendo hacia la calle por la vidriera pensando en no sé qué, cuando veo que la madre sacaba fotos a los zapatos; bueno, pensé, caprichos del nuevo mundo que se viene, algunos clientes mandan la foto porque quieren hacer un regalo y consultan al destinatario por si les gusta.
La hija, ya adolescente, llamó a la madre para decirle que le encantaban unas sandalias. La madre se acercó, les aclaro que yo estaba al lado, tomó la sandalia, comprobó la calidad doblando la suela y le dijo: sacale fotos que después la buscamos en internet. ¡Estaba al lado, la concha de su madre! ¿Qué pensó ¿que era un mueble? ¿Un viejo que no oye, no ve? Se me saltó la térmica ¡Fuera! le grité, como a los perros, la eché a la mierda. Y sí, me descompensé, se me aceleró el bobo, se me nubló la vista y caí al piso, tuvieron que llamar al Same y me internaron, dos stends y cambio de vida...
Coqui se quejaba por el tamaño del vigilante que le había tocado, Caio, como todo dueño atento le trajo otra y le dijo que era de regalo. Pensé que Tito había terminado pero sin dejar de mirar por el ventanal, siguió:
Se rompieron todos los códigos muchachos ¿Saben lo que se merece este mundo? que todo sea on line, que la gente salga a la calle y no haya un puto negocio, ni una mísera vidriera para ver, que todos engorden y se atrofien la salud mirando internet en sus casas, que ni siquiera se levanten de la cama, que venga un drone, un robot, lo que sea y le acerque el pollo con fritas comprado por delivey a la boca y coman mientras siguen mirando por el celular buscando qué cosa pueden comprar. ¿El cliente tiene siempre la razón? Pues que la tenga, carajo, que la tenga. Ahora que me jubilé, que la tenga.

No hay comentarios:

Publicar un comentario