Hace un tiempo me encontré con un amigo en la calle, él había tenido un accidente grave que lo dejó internado por varias semanas. Si bien mantuvimos contacto virtual en modo cotidiano, encontrarnos cara a cara, después de una situación límite como fue la suya, tiene otro tenor emocional. Después de contarme cómo había sido su accidente, me dijo sonriendo, sin dramatismo:
-Por un momento pensé que me moría, Chori, y me pregunté ¿Y si esto fue todo? Y me dije: bueno, no estuvo tan mal.
Tenemos la misma edad así que no pude evitar sugestionarme al punto de la simbiosis y sentí por un instante un escalofrío en todo el cuerpo, como si pudiera ocurrirme a mí un accidente y en caso de que la muerte me avisara también me preguntaría, a modo de balance ¿Esto habrá sido todo? ¿Esto fue vivir? ¿Y cómo estuvo?
Puedo morir en cualquier momento. No tengo supersticiones y soy consciente de que puede pasar de un momento a otro. No siento al decir estos que estoy llamando a la tragedia o invocando al destino. Le temo más a la degradación física, al padecimiento de una enferemedad que a la siesta eterna.
Estoy escribiendo esto en 2020 y son seguramente pensamientos instropectivos a causa del confinamiento de la cuarentena por coronavirus. Se comprende. Hace pocos días, yendo a hacer las compras, crucé a una persona de mi edad a la que conozco muy vagamente y me pregunté: Si a ese muchacho de pronto le tocara morir ¿Qué sentirá que habrá sido su vida? Al menos yo sé sobre él que comenzó a trabajar después de terminar la escuela secundaria, que le gusta pescar, que se casó, tuvo hijos, se divorció, que económicamente le fue bien, que se está preparando (alguna vez se lo escuché decir en una cola de banco) para una jubilación holgada… pero, pensé, si se muere hoy, en su propio balance ¿creerá el que habrá estado bien su vida?
Vivo como inmortal hasta que alguna situación pone un alerta, el último aviso o alarma ocurrió en una internación por una gastroenteritis aguda que duró más de lo habitual hace ya un año, allí, acostado y vencido como un trapo en la cama de la clínica mirando la fachada del Hotel Mercedes me llegó el alerta: ¡Ey, no sos inmortal, acordate! En esos momentos, como cualquier hijo de vecino, temo morir, y pienso en mi hija que aún es una niña. En el fondo sé que sobreviviría sin mí y que con el tiempo pasaría a ser un recuerdo.
En una escena de la película Biutiful, el personaje de Javier Bardem está enfermo y sabe que va a morir pronto, le habla a su hija adolescente y le pide a ella que lo mire a los ojos, que le mire bien la cara y antes de abrazarla, llorando, le dice suplicando: “no me olvides”. Tengo presente siempre esa escena, cuando la vi recién había sido papá por primera vez y mi vida había cambiado por completo.
El cine, como la literatura, la música y el arte tiene esas cosas, a veces te demuestran que alguien puede decir y expresarte las cosas mejor que uno mismo. Te ayudan a comprender que no estás solo en tus sentimientos, que no tenés que asustarte por lo que te pasa. Cuando estoy así vulnerable, con ese alerta abstrayéndome de la inmortalidad, miro a los ojos a mi hija de diez años y sin que ella lo sepa se lo pido: si llega a pasar, no me olvides.
Por lo demás no debo escaparle al bulto, tengo la obligación de ser honesto conmigo, y hacerme la pregunta cada tanto ¿Y si esto fue todo? No es la respuesta inmediata lo que importa, lo esencial es hacer que cada día, mientras este acto de vivir continúe, llegado el momento, la respuesta final sea igual a la de mi querido amigo: No estuvo tan mal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario