Hacía calor y no había tanto viento. Las condiciones ideales para meterse al mar. Así lo hicimos con mi hija que tiene 14 años.
Vi una bandera roja clavada a unos diez metros de dónde nos dispusimos a romper olas y supuse que indicaba que el mar estaba peligroso. Y sí, se notaba bastante revuelto y agitado. Le dije a mi hija, Juanita, que nos mantuviéramos cerca de la gente que estaba nadando y no sobrepasemos la línea de los que están últimos. Y le di un consejo: si sentís que el mar te lleva no luchés con el agua, dejate llevar y hacé brazadas relajadas.
No soy buen nadador pero floto. Y tengo el suficiente temor al mar, cosa que me agudiza la prudencia. Pero Juanita es más temeraria que yo (como yo mismo lo era a su edad) y a cada momento le tenía que pedir que se mantuviera cerca.
Nos estábamos divirtiendo a veces rompiendo olas, otras montándolas, dejándonos llevar, hasta que en un momento me encuentré no haciendo pie. Me impulsé hacia arriba y vi a Juanita a tres o cuatro metros. Volví a hundirme y volví a salir, el contingente de personas que nos servía de referencia estaba lejos, una ola me vuelvió a hundir. Salí, intenté nadar hacia la playa pero sentí que no avancé. Me desesperé. Más me desesperé por Juanita.
-¡Salgamos!- le grité.
Pero noté que sonrió como si no hubiera sentido el peligro. ¿Está haciendo pie?
-¡Salí Juanita! -le ordené mientras luchaba por seguir a flote.
Y es ahí cuando vi desde la arena al guardavidas levantado el salvavidas naranja.
¿Qué? ¿A mí?
Hice lo que no debía hacer, luché, me tensé como una roca, el pulso se me aceleró como nunca y metí un croll anáquico y furioso. No hubiese soportado ver al rubio, bronceado, musculoso sacándome del mar mientras cientos de personas seguramente aplaudirían diciendo: Mirá el pelotudo ese.
A pesar del esfuerzo me habré desplazado no más de diez metros, hasta que hice pie. Estaba exhausto, fulminado. Levanté la vista y vi al guardavidas todavía con el salvavidas naranja en alto pero ahora en la otra mano me mostraba su pulgar arriba. Entendí que preguntaba cómo me encontraba. Le respondí con mi pulgar arriba. SÍ, estoy bien la concha de tu madre, dije en voz baja. Juanita ya estaba a mi lado. Sonriendo. Para ella no había pasado nada.
-Hice lo que me dijiste, pa. Me relajé y floté - me dijo mientras salíamos del mar ante la vista de todos.
Para mitigar la vergüenza fui a hablar con el petiso fachero. Estaba al lado de la bandera roja. Me di cuenta que había otro guardavidas a su lado. La espalda me dolía como si me hubieran fajado y la agitación y los latidos en el pecho me impedían hablar. Me explicó:
-La bandera roja indica que acá hay reflujo, es un lugar donde por el movimiento de las corrientes el mar te mete para adentro, la próxima vez que te pase nadá para los costados hasta encontrar las olas que te saquen.
Les di las gracias y caminamos para la sombrilla, lo hice sonriendo, aquí no ha pasado nada. A secarnos y esperar que pase el churrero.
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