Hay momentos específicos en la vida de uno en que se comienza a dar vuelta una nueva página de
Hay momentos específicos en la vida de uno en que se comienza a dar vuelta una nueva página de nuestra historia. Como quién dice, se baraja y se da de nuevo. Uno de esos instantes fue provocado por lo que le tocó vivir a Guillermo, amigo de tiempos de la facultad, que de la noche a la mañana, con apenas cuarenta años entró en el quirófano para destapar sus arterias mediante una angioplastia. Carmen, su esposa, me estuvo contando aquel día –hace dos años ya- el cambio radical que debería hacer en la alimentación porque esos conductos sanguíneos se habían obturado por las grasas que entraban al cuerpo de Guillermo por su adicción a los salames, chorizos y todo tipo de embutido, por los asados, los pucheros de cerdo, lechones al asador, achuras y todo lo que fuera carne roja. Guillermo era hasta allí nada más que carnívoro. Sólo el tomate, en forma de ensalada o salsa para los ravioles, y el pan completaban su dieta. Ahora debía reemplazar en su dieta las carnes rojas por productos de soja, pescado y pollo, aunque sin piel y sólo la pechuga.
Tuve miedo y empecé yo mismo a interiorizarme por la alimentación para enfermos coronarios. Había tenido unos pequeños dolorcitos en el pecho y me asusté. Así fue que la sal desapareció de mi cocina, la cerveza de mi heladera, los productos bajos en sodio y azúcar fueron cubriendo la alacena. Nada de crema y nada de grasas. Y por supuesto, nunca más carne roja.
Se dan coincidencias a veces que no dejan de ser asombrosas. Porque apenas dos o tres meses después salimos a comer con Carlos, compañero del laburo y un gran amigo, y cuando vino el mozo pidió tallarines con salsa en lugar del bife de chorizos con papa fritas habitual en él. Además le aclaró que la salsa no tuviera carne y los tallarines sin huevo. Le pregunté si andaba mal y me dijo que sí, que había estado cansado, con pesadez y desgano durante una semana y que había ido a ver al homeópata. El profesional le había diagnosticado una especie de mala alimentación y le sugirió no comer más carne. Carlos me contó, mientras el tuco de los tallarines le teñía de colorado las comisuras de los labios, que el homeópata le había preguntado: “¿qué pasa cuando un animal se muere?”. Carlos se me quedó mirando esperando que yo mismo le contestara la pregunta. “¿Se pudre?” dije dubitativo. Carlos asintió convencido, y mirándome a los ojos, como si me estuviera pronosticando una tragedia me contestó: “Eso es lo que pasa cuando comés carne, el animal se pudre en tu cuerpo”. Miré la porción de salmón al verdeo que quedaba en mi plato y empecé a sentir que me bajaba la presión. Ese mismo mediodía di vuelta una página del libro de mi vida.
Después lo supe, Carlos era vegano, lo que quiere decir que ningún animal ni sus derivados estaban incluidos en su alimentación. Entonces dije adiós a los huevos, el pescado, el pollo, la leche, el queso. A partir de ahora todo sería nada más que vegetal. Como dije antes, las coincidencias no dejan de ser asombrosas, y este cambio radical en mi vida trajo aparejado otro: mi esposa me abandonó, me dejó el auto y la casa, y se fue gritando que no pensaba andar embebiendo lentejas en agua toda la vida y me mandó a que me meta el brócoli en el orto. Por suerte no tenemos hijos y la separación no afectó a terceros.
Me sentía más sano que nunca, adelgacé al punto de que podía contar mis costillas, debía tomar complejos vitamínicos porque dos por tres me sentía un poco débil pero logré adaptarme a esa nueva vida. Las pastas pasaron a ser el asado de mi alimentación. Ravioles de acelga, milanesas de soja, albóndigas de coliflor. Tardaba horas en el supermercado eligiendo qué comprar leyendo los ingredientes para no equivocarme. Tuve un conflicto con los sapos de casa. Sé que no entienden lo que uno pueda decirles –no estoy loco- pero no dejaba de inquietarlos porque ellos se devoraban los insectos. Corté pastito y quise probar si les apetecía, pero los batracios no parecían detectarlos. Solo los bichitos eran su obsesión. Esa noche confieso que me peleé con la naturaleza ¿Por qué si ya no podía comerme un choripán los sapos podían tragarse un escarabajo? Son momentos de debilidad.
Conocí a Franca. Lo que más me gustó de ella era que se llamaba Franca, no había conocido a nadie que se llamara Franca. Nos conocimos en un congreso de veganos en Entre Ríos y conversamos toda la noche. Franca era delgadísima. Cuando hicimos el amor acaricié sus costillas, sus clavículas pronunciadas y palpé la cavidad de su pierna entra la tibia y el peroné, ella hacía lo mismo conmigo. Fue una hermosa noche. Comenzamos a convivir, aprendimos todo sobre los derivados de petróleo y desechamos de nuestra vida todo lo que fuera antinatural. Andábamos en bicicleta. Y por nada del mundo subíamos a un micro o taxi, sólo subte porque son eléctricos. Al tiempo tuvimos una seria discusión sobre el uso de la electricidad porque ella decía que era producto de serias modificaciones a la madre naturaleza. Dimos de baja el servicio eléctrico, de gas, de telefonía e internet.
Una noche, tuvimos la misma revelación. Yo distraído arranqué una margarita de la planta del patio de casa y se la ofrecí. Mientras mirábamos las estrellas la flor comenzó a deslucirse, los pétalos se aflojaron y las hojitas del tallo se pusieron mustias. Nos sentimos asesinos. Yo lo vi en su rostro y ella en el mío. Otra página se daría vuelta: las plantas también tienen vida ¡Cómo es que podemos alimentarnos con ellas! A partir de allí, el agua fue nuestro único alimento. Probamos ingerir cascotes, tierra disuelta en agua, buñuelos de barro y arena pero no prosperó. Comenzamos a sentirnos débiles. Ingeríamos litros y litros de agua por día y por supuesto nos peleábamos para ir a orinar al baño, muchas veces nos encontrábamos juntos ella en el inodoro y yo en el bidet y viceversa.
Pasaron días, semanas, ya no cortábamos el pasto porque lo sentíamos un ser más, los cardos estaban enormes, uno de ellos me decía que no le gustaba andar con espinas pero que algo había que hacer para defenderse por el tema de la inseguridad, Franca discutía a menudo con la hiedra porque le pedía que se trepe al cerco y que no rastree tanto. Salvé varias moscas del acecho de las arañas. Una de ellas me emplazó para que no me metiera en sus asuntos, que no iba a estar tejiendo como una esclava todo el día para que yo ande quitándole el esfuerzo, por cierto, las arañas suelen tener un lenguaje bastante escatológico. Una noche en que se avecinaba una tormenta le ofrecí agua a Franca, pero ella lo rechazó. Le pregunté qué le pasaba. La forma de su calavera podía adivinarse bajo la piel de su rostro. “Estuve pensando” me dijo, “que en el agua hay pequeñas bacterias y yo no quiero ser una asesina”.
Lloramos juntos.
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