-Correte gordo loro –me dijo el Sapo Matiucci mientras me daba un empujón y me desplazaba del flipper de Batman.
En el ambiente denso de Oykos, templo de juegos electrónicos de la ciudad en la década del 80, una fría tarde de invierno fui rebautizado: ya no era el Chori, el zurdo que jugaba decentemente al fútbol, el pibe que taladraba oídos con su canto y su guitarra sino que hora era el Gordo Loro.
Tenía catorce años recién cumplidos y por primera vez en mi vida me llamaban gordo, porque efectivamente estaba gordo; y durante esa tarde y por un tiempo más, fui el Gordo o el Gordo Loro. La incorporación del flamante apodo se debía a que tenía puesto un pulóver punto inglés de un verde estridente, notable, muy poco común. La rebeldía e innovación a la moda no era a causa de mi decisión: se debía a que las prendas que no tenían salida en la tienda de mis padres terminaban por vestir mi cuerpo.
La escuela secundaria había modificado mi vida: de un verano a pura energía y deporte en la Liga de Padres de Familia pasé a un invierno sedentario de kilos y kilos de pan con manteca con azúcar y café con leche. Aquella tarde de invierno en que fui a jugar a los juegos electrónicos en Oykos era la primera vez que salía de mi ostracismo sedentario y el Sapo Matiucci me revelaba que estaba gordo. Me sorprendí amargamente. Culpé al pullover que notoriamente era de un talle XL. Pero la confirmación vino minutos después, cuando jugando al Gaplus, escuché que alguien detrás de mí dijo:
Tenía catorce años recién cumplidos y por primera vez en mi vida me llamaban gordo, porque efectivamente estaba gordo; y durante esa tarde y por un tiempo más, fui el Gordo o el Gordo Loro. La incorporación del flamante apodo se debía a que tenía puesto un pulóver punto inglés de un verde estridente, notable, muy poco común. La rebeldía e innovación a la moda no era a causa de mi decisión: se debía a que las prendas que no tenían salida en la tienda de mis padres terminaban por vestir mi cuerpo.
La escuela secundaria había modificado mi vida: de un verano a pura energía y deporte en la Liga de Padres de Familia pasé a un invierno sedentario de kilos y kilos de pan con manteca con azúcar y café con leche. Aquella tarde de invierno en que fui a jugar a los juegos electrónicos en Oykos era la primera vez que salía de mi ostracismo sedentario y el Sapo Matiucci me revelaba que estaba gordo. Me sorprendí amargamente. Culpé al pullover que notoriamente era de un talle XL. Pero la confirmación vino minutos después, cuando jugando al Gaplus, escuché que alguien detrás de mí dijo:
-Cuando termine el gordo, estoy yo.
Me destruyó. Quería salir corriendo. Definitivamente era un gordo.Y ser gordo no era negocio, yo no tenía experiencia en ser El Gordo, El Gordito, el Gordo panceta con pan y manteca. Con los días ese desprecio gordofóbico empezó a ser más frecuente.
Esa noche dejé el pulover verde hecho un bollo en un rincón del ropero. Cada vez que lo veía allí me angustiaba.
Mi amigo Jano, con el que pasábamos juntos todos los días en aquellos tiempos, notando mi angustia me dio un consejo, un recurso que él ya utilizaba cuando le hacían bromas por su baja estatura. Me decía:
-Cuando te hinchen las pelotas cagáte de risa, y si podés cargáte sólo, hacéte chistes vos mismo, antes de que lo hagan ellos.
Fue un regalo de la vida, funcionaba perfecto. Lo puse en práctica y logré disipar un poco esa tormenta, pero ciertas desventajas eran inevitables, y el fútbol era una de ellas.
La modificación de los horarios en la escuela me había dejado fuera de las prácticas de fútbol, pero en la segunda mitad del año, cuando los días comenzaron alargarse y el horario de las prácticas se pasó más tarde, mi viejo me llevó nuevamente al club. El desaparecido club Austral donde jugaba.
-Jugá de tres –me dijo Perico Lopez, el técnico que nos tocaba ese año.
-Pero yo juego de cinco –le dije convencido.
-Pero hoy jugá de tres y no subas que no vas a poder volver. Quedate paradito.
Jugar de tres y no subir es peor que ser arquero. En todo el primer tiempo toqué la pelota tres o cuatro veces. Perico me había mojado la oreja, había lastimado mi orgullo, sin querer por supuesto, y como la orden de no atacar seguramente no se debía a un orden táctico, sino a mi deficiente estado físico, quise demostrarle que podía hacerlo.
Ya en el segundo tiempo, en cuanto vi la oportunidad, piqué unos veinte metros a la búsqueda del pase, pero la pelota fue interceptada por un defensor que despejó y me obligó a retomar mi puesto. Cuando llegué sentí que los pulmones me iban a estallar, me incliné y me tomé las rodillas tratando de recuperar el aire. No volví a desobedecer. Terminé la práctica casi desvanecido. Había hecho un solo pique y quedé fulminado.
Cuando subimos al auto papá me dijo:
-Hablé con Perico –mi viejo fue sincero – dijo que estás pesado, que te va a costar.
Fue un cuchillazo al corazón. Esa noche no pude dormir. No eran tiempos de nutricionistas, de terapias psicoanalíticas, de conciencia alimentaria, es decir, la conciencia alimentaria te determinaba que si estabas gordito y robusto eras sano. Pero yo no quería que me desplazaran por gordo y que me hagan jugar al fútbol en un puesto miserable con la única condición de no dejar pasar un delantero.
-Hablé con Perico –mi viejo fue sincero – dijo que estás pesado, que te va a costar.
Fue un cuchillazo al corazón. Esa noche no pude dormir. No eran tiempos de nutricionistas, de terapias psicoanalíticas, de conciencia alimentaria, es decir, la conciencia alimentaria te determinaba que si estabas gordito y robusto eras sano. Pero yo no quería que me desplazaran por gordo y que me hagan jugar al fútbol en un puesto miserable con la única condición de no dejar pasar un delantero.
Bajé doce kilos en dos semanas. En alguna revista había leído que debía comer cada dos o tres horas, dejar las harinas, mucho líquido, y nada de grasas. Lo hice en soledad, mis padres trabajaban todo el día y no llevaban un seguimiento cotidiano sobre lo que hacía. Además, de los dos días de práctica, agregué por mi cuenta tres días más en el que corría hasta diez kilómetros y sumaba una rutina de ejercicios.
No fue fácil igual. Uno de aquellos días de extrema dieta, caminando,vi que un auto pasó por encima a un perrito, al lado mío, el alarido de dolor me estremeció, la vista se me nubló y sentí que las piernas se me vencían como gelatina, caí al piso. Un par de personas me asistieron hasta que me repuse. Supe que había tenido una baja de presión. En los días siguientes me volvió a suceder antes de un partido pero pude reponerme y jugarlo. Busqué en la enciclopedia de medicina que había en casa lo relacionado con la baja de presión y deduje que era por mi adelgazamiento brusco y comencé a comer más sin detenerme en el entrenamiento. Así fue que lo fui regulando. Los bajones de presión desaparecieron.
Antes de fin de año recuperé mi puesto de cinco y la cinta de capitán. Había ganado la capitanía por no faltar nunca a las prácticas. Y porque Perico y Birola se habían enterado de que yo entrenaba por mi cuenta.
Tiempo después, en el invierno siguiente, buscando abrigo levanté una pila de ropa del placard y atrás, en el rincón, yacía hecho un bollo el pulóver punto inglés color verde loro. Tomé coraje y me lo puse, me miré al espejo, estaba estirado y deformado, le había tomado bronca pero ahora lo veía como un luchador derrotado, vencido luego de la contienda, un enemigo respetable. Me lo saqué y lo coloqué en una bolsa para luego dejarlo en el canasto de la basura.
A la mañana siguiente el canasto estaba vacío, sentí alivio.
Tiempo después, en el invierno siguiente, buscando abrigo levanté una pila de ropa del placard y atrás, en el rincón, yacía hecho un bollo el pulóver punto inglés color verde loro. Tomé coraje y me lo puse, me miré al espejo, estaba estirado y deformado, le había tomado bronca pero ahora lo veía como un luchador derrotado, vencido luego de la contienda, un enemigo respetable. Me lo saqué y lo coloqué en una bolsa para luego dejarlo en el canasto de la basura.
A la mañana siguiente el canasto estaba vacío, sentí alivio.
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