No veranees en Brasil. No conozcas las playas de Florianópolis, Rio de Janeiro y mucho menos las del norte. No lo hagas al menos de que estés seguro que a partir de allí podrás hacerlo cada verano de tu vida.
No te embarques en esa aventura si después tendrás que optar por algunas de las playas de la costa argentina debido a que no has podido ahorrar lo suficiente o porque el cambio no te favorece.
Pensálo bien, porque cuando tengas que volver a vivir la experiencia de concurrir a una playa de nuestro mar austral sentirás que algo no está bien, que una situación forzada se estará por presentarse, como jugar al fútbol en una cancha empinada o reir a carcajadas en un velorio.
Irás por ejemplo a Punta Mogotes en Mar del Plata y apenas estaciones tu auto te darás cuenta que las puertas quedarán a merced de un viento incesante que podrá doblegarlas y romperlas. Caminarás con los bártulos necesarios hacia una playa de arena cubierta por una lágrima de polvo negruzco. La ignorancia te hará creer que alguien ha prendido fuego o desparramado una bolsa de carbón, pero no, un guardavidas te dirá que es una sustancia natural llamada yodo.
La sombrilla que te costará clavar por la apelmasada arena no cumplirá solo la función de cubrirte del sol, la pondrás a contra viento para refugiarte también como si estuvieras en la punta del Himalaya y que no se vuelen las cosas que necesitarás para pasar un día de playa agradable.
Verás que las personas, niños, jóvenes y viejos, pasarán caminando con camperas y buzos como si fuera junio, ¡pero es enero la puta que lo parió!, y vos, convencido por el almanaque, estarás en cueros y short porque será un día de bendita playa, y notarás que la piel de gallina te invadirá por completo aunque te cruces de brazos.
Notarás que en el mar habrá metido solo un ser humano cada cien metros. Pero claro: en un glorioso día de playa, no romper una ola será una acción que no podrá eludirse, una contravención, un delito. Porque en Argentina, en enero, es verano y en la playa se rompen olas, está decretado. Te autoconvencerás y te dirás que es como todo, que al principio será traumático ingresar en el mar, pero después la temperatura del cuerpo y su adaptación lo compensará, porque la naturaleza es sabia.
Entonces, parado frente al majestuoso océano, para juntar coraje, recordarás la semana anterior que pasaste en tu Mercedes natal, con sus treinta y cinco grados y ese tufo de humedad y asfalto que casi te asfixiaba mientras el sudor brotaba en el cuerpo y las sábanas se mojaban bajo tu espalda, cuando intentabas dormir con el ventilador a máxima potencia. Lo recordarás hasta niveles de sugestión y pensando en ello saldrás corriendo y te lanzarás a romper la primera ola que se te aparezca.
Los diez grados del agua te abrazarán sin piedad y te erguirás de inmediato, el viento patagónico te invitará a que ingreses nuevamente al agua salada. Lo harás rompiendo la segunda ola, notarás el principio de hipotermia y saldrás buscando ese aire cálido centroamericano que nunca, nunca, pero nunca existirá en ese lugar de la geografía sudamericana.
Volverás a la sombrilla -si es que aún el viento no la ha hecho volar- y te secarás con la toalla, luego te pondrás la remera y lamentarás no haber traído la campera de frisa, porque es enero y son las tres de la tarde, obvio. Entonces te indignarás
preguntándote a vos mismo, por qué carajo no pudiste ir nuevamente a una suave playa de aguas cálidas en Brasil, y reflexionarás concluyendo que tenés razón cuando pensás que hay manjares y lujos que uno no debería probar nunca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario