viernes, 19 de julio de 2019

DE CÓMO ME SALVÓ EL LIBRO DE INGLÉS


Fue uno más de esos juegos violentos de escuela secundaria. Como buen cobarde escapaba de los lugares y momentos en que se ejecutaba la manteada (también llamada "la bola") a algún beneficiario del ritual solo porque cumplía años y así, en apenas segundos, se le destrozaba la cabeza a golpes, decenas de manotazos. No había que ser muy lúcido para darse cuenta de que uno también sería víctima cuando toque el festejo.
A decir verdad, también en la primaria, hubo ribetes violentos, recuerdo al Negro Ledesma sorprendiéndome abriendo un paragüas automático dándome de lleno con la punta en el centro de mi oreja derecha. Las lágrimas brotaron de mis ojos y quise, por unos segundos, matarlo como sea. Pero no era un chico violento, ya lo dije. Hoy el Negro es abogado defensor, pintaba para criminal.
Ya en tercer año de secundaria surgió un juego en aquellas eternas horas libres en que había que inventarse cosas para transcurrirlas sin hastío. No sé quién lo inició pero la nueva idea era tomar desprevenido a cualquiera y pegarle un puñetazo de revés en los testículos. Noté que los toquecitos secos del comienzo fueron tomando un tenor más intenso a medida que el juego crecía en número y tiempo. Me mantuve sentado, era mi mejor estrategia de defensa, conservar mis campanas ilesas a resguardo bajo el pupitre.
No recuerdo por qué -el tiempo borra detalles no esenciales- en un momento de calma del juego, me paré y me dirigí hacia la puerta del aula cuando intempestivamente la mano pesada del gordo Sanchez, que se encontraba parado junto a la puerta, con gran fuerza dio en el centro de mi pelvis, pero la contracción involuntaria de mi cuerpo hizo que impactara apenas bajo el ombligo errando el objetivo. Sin pensarlo, como acto reflejo, mi mano derecha, a puño cerrado, dio de lleno en los huevos del gordo Sanchez. Vi como se doblaba en dos y me puteaba en todos los idiomas. El gordo Sanchez era una mole. La persona con la que no había que meterse. Era más alto que yo, bastante más ancho y acostumbrado a pelear. Me fui afuera. Empecé a temer la represalia.
Cuando regresé al aula fue porque el profesor ta había llegado. El gordo Sanchez se sentaba en la fila siguiente a la mía, un banco más atrás.
-Perruolo -me dijo susurrando rencoroso-la ley del Taleón, Perruolo, cuando te agarre te capo, te quedás sin huevos.
Recuerdo claramente lo de la ley del Taleón, pues en esos días estudiábamos Grecia en la clase de historia y habíamos leído sobre la famosa ley de ojo por ojo, diente por diente, y en este caso, huevo por huevo.
Tuve terror. Me sentí desesperado. Sabía que aunque me cuidara en algún momento me sorprendería y la pasaría mal. Al menos el gordo tenía códigos porque no le hubiera costado nada cagarme a trompadas, pero el prometió cobrarse con la misma moneda.
Al otro día, sin saber cómo poder escapar de su venganza, antes de salir de casa tomé el libro del inglés técnico que habíamos usado hasta segundo año, y lo analicé: pequeño, relativamente espeso y de tapas azules dura como madera. Lo coloqué como escudo dentro del slip y lo sujeté mejor con el cinto del pantalón. Hice un simulacro, fui golpeando suavemente con mi mano primero y luego cada vez más fuerte. Me sentí aliviado, la protección funcionaba.
Lo llevé ese día, al otro y al otro, quizás completé la semana, me acostumbré al libro de inglés, a sacarlo en el baño para orinar y volver a ponerlo. Pero el gordo ya estaba en otra, había olvidado por completo su amenaza, se entretenía en otros ásperos y belicosos juegos.
Ahora que pasó el tiempo y nunca más vi al gordo desde el egreso de la secundaria, pienso en cómo pudo olvidar la represalia, qué cosa hizo que desistiera. Pobre gordo, qué poco hubiese durado en la Grecia antigua con el rencor tan efímero.

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