¿DONDE QUEDA PONCHI?
Primera vez en casi
todo. Primera vez a Brasil. Primera vez en auto a Brasil. Primera vez con GPS.
Salimos con mi esposa y mi pequeña hija de seis años un viernes a las diez de
la noche. Apenas pasamos Luján la voz del GPS comenzó a repetir incansablemente
“Camino peligroso-reduzca velocidad”.
-Papá, yo le haría caso a la señora…- me alerta temerosa mi
hija desde su asiento trasero.
Viajar de noche no es recomendable cuando la ruta no es iluminada y el tráfico incesante en la dirección contraria encandila furiosamente. Al cabo de cuatro horas mis ojos quedaron destrozados. Pasamos puente Zárate Largo y a las seis de la mañana llegamos a Paso de los Libres. Luego de pasar la aduana, a las nueve de la mañana continuamos ya por Brasil.
-Tratá de llegar a Torres, dormís ahí en un hotelucho, y a
la mañana te quedan tres horas a Florianópolis.
Fue la
recomendación que acepté, entre otras que tuve. No sabía –o calculé mal- que
hasta Torres me separaban veintitrés horas. A las cinco de la tarde llegábamos
a Porto Alegre. Y recordé la advertencia en la que más énfasis pusieron mis
asesores de viaje :
-¡Guarda con Porto Alegre, no te vayas a confundir en una
salida porque si entrás a la ciudad no salís más!
Pasé Porto Alegre,
el supuesto infierno, con éxito, después sí: rumbo a Torres.
La noche llegó a
las ocho y media, con ella la humedad comenzó a empañar los vidrios del auto,
mi cansancio era notorio, a partir de allí transitamos media hora en la que me
di cuenta que era imposible continuar. Cuando el GPS y los carteles anunciaronn
salidas hacia la ciudad de Torres, tomé una de ellas. Oscuridad absoluta. No
habíamos reservado ningún hotel, lo cual nos llevó a un segundo problema, no
teníamos una dirección concreta para configurar el GPS.
Ya hacía frío pero lo único que lograba desempañar los vidrios era el aire acondicionado, no es un hecho menor que necesitáramos un baño, que tengamos hambre, en fin, el mundo conspiraba contra nosotros.
Ya hacía frío pero lo único que lograba desempañar los vidrios era el aire acondicionado, no es un hecho menor que necesitáramos un baño, que tengamos hambre, en fin, el mundo conspiraba contra nosotros.
Cuando llegué a una zona poblada, periférica por lo visto, sin iluminación, bajé a llamar a la puerta de una casa. Un señor me atendió amablemente pero el diálogo fue imposible. Yo estaba seguro de poder entender el portugués porque, qué sé yo, mi experiencia hasta el momento fue escuchar a los jugadores de fútbol brasileros -por esto de que ser yo hincha de Boca Juniors y habernos enfrentado tantas veces en las innumerables copas Libertadores-. Pero, no, ni una palabra, ni tampoco el pobre hombre me entendía el español a mí.
-¿Torres? –preguntaba
yo.
-Ponchi, ponchi
–decía el hombre señalando hacia un lugar indefinido.
-¿Dónde queda Ponchi?
-Ponchi…-seguía señalando diciendo cosas que francamente me eran chino básico, bué, en este caso portugués básico.
Subí al auto, mientras intentábamos dilucidar qué nos había
querido decir, y los nervios nos consumían, me propuse seguir la estrategia de
los insectos: dirigirme a dónde se viera más luz. Llegamos a una zona dónde
había un lago, o rio, típico de pueblo de pescadores, bajé a preguntar a un
señor parado con su bicicleta y el diálogo fue similar, yo preguntando por
Torres, y el hombre esforzándose por explicarme, de toda la perorata incomprensible
yo volvía a escuchar “Ponchi, ponchi”
-Dios mío, qué mierda será Ponchi… –dije cuándo subí al auto.
Intenté continuar, y me di cuenta que estaba dando vueltas en círculos, quería rodear el lago, o lo que fuera, porque veía edificios del otro lado. Una mujer caminaba por la calle y bajé la ventanilla.
- Bona noite… Disculpe una pregunta ¿Dónde queda Torres?
La mujer se acercó mientras me respondía sin preocuparse por hacerlo claramente. Es algo que noté en los brasileros; ellos, creo, entienden mucho mejor el español de lo que nosotros entendemos el portugués, y cuando hablan lo hacen como si dialogaran con otro brasilero. Pero al final de la frase volví a escuchar la palabra. Todos en el auto entendimos “ponchi”
-¿Ponchi?
-Ponchi –asintió la mujer.
-¡¿Dónde queda Ponchi?! –creo que la mujer notó mi ansiedad.
-Ponchi, ponchi –me repitía mientras con la mano dibujaba una parábola en el aire, y señalaba hacia el lago.
Miré hacia donde indicaba su mano y descubrí una construcción parabólica en la penumbra, sobre el lago, como a unos doscientos metros.
-¿Puente? –dije frunciendo el ceño.
-¡Ponchi! –me contesta asintiendo y visiblemente contenta de que haya comprendido.
Evidentemente había un puente, el que cruzamos con el auto, el que nos llevó al centro de Torres, y luego al hotel donde cenamos y nos bañamos, y en el que luego de apoyar la cabeza en la almohada me reproché no haber practicado un poquito de portugués antes de emprender el viaje.
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