La pesadilla me despertó. Eran las cinco de la mañana y sabía que no podía dormir más.
No hay dudas de por qué tuve ese sueño. Debo confesar que se trata de miedo. Temor que deviene de aquellos recitales que uno da como músico y a los que muy poca gente asiste. Tan poca que te hace dudar si vale la pena tocar. Pero uno es estoico por naturaleza y enfrenta ese viento frío en contra con valentía. Pero el temor queda.
Para que los cantautores, sin ser artistas populares reconocidos, tengamos una afluencia de público decente –no hablo de multitudes, cuarenta personas es un verdadero éxito- deben confluir varios factores, cercanía del lugar, buen clima, familiares y amigos solidarios, bajo o nada de valor de la entrada, que haya algo barato para comer y tomar, y por supuesto wi fi gratis.
Pero ya estoy lejos de la queja, así es el mundo, injusto y despiadado por momentos y de vez en cuando te hace una caricia.
A vivir con esto.
Vamos a la pesadilla.
Tenemos un recital, esta vez en trío, Damián Tessore al bajo y Maxi Rodriguez a la percusión, yo guitarra y voz. Llegamos al bar temprano pero ya es de noche. En una sala pequeña, justo a la entrada, está la batería armada y un precario sonido. El bar no me es conocido, a medida que se me van revelando sus instalaciones resulta una mezcla de varios bares de Mercedes.
Ahora estoy con Maxi afuera, en la única mesa sobre la vereda, armando la lista de lo que vamos a tocar. La escribo sobre un cuaderno. En la calle, que se parece mucho a la 25, no hay nadie. Damián sale del bar y me dice que están mi tío Jorge y mi tía Lili, raro, hace años que no vienen a un recital mío. Entro para saludarlos. Efectivamente son los únicos que están sentados en la sala. Atrás se ve un hombre grande, en penumbras tomando una copa, no le veo el rostro. A la derecha está la barra atendida por una chica.
Estoy afuera de nuevo y les pregunto a los chicos sino debería esperar a que venga alguien más para tocar. De pronto decido ir al baño, tomo un pasillo y paso por otra sala repleta de gente. De nuevo en la calle comento que podríamos haber elegido esa sala para tocar. Pero Damián, siempre sensato, me abre los ojos, esa gente está ahí porque seguramente no quiere presenciar ningún show.
Mi tío Jorge y mi tía Lili salen afuera y me buscan con la mirada, Jorge bosteza y me dice que se muere de sueño, se van. Solo queda el señor misterioso. Esperamos a que venga alguien más. Pero nadie más viene.
Estamos ahora sentados los tres adentros en una mesa frente a nuestros instrumentos. Intempestivamente comienza a entrar gente, ya no es una sala sino es una salita gigante, se encienden spots de luces que van enfocando a gente y más gente. Al poco tiempo el lugar es lo más parecido a un Luna Park, hay miles y miles de personas, es la imagen que recuerdo de estar en la parte de debajo de un estadio repleto y mirar hacia las gradas de arriba.
Luego se enciende una pantalla, ya tiene el aspecto de un cine, se apagan las luces y se proyecta algo, parece un programa deportivo. Todo el mundo mira la pantalla hipnotizado mientras un hombre habla sobre las bondades del deporte y la fortaleza mental. Salgo afuera y la calle es un desierto, oscuro y frío. Ingreso por la puerta y la luz de la calle da en el rostro de alguien que recuerdo como patovica del viejo Tijuana.
-Eh flaco- me dice de mal modo- cerrá que entra luz.
-Ya va, ya va –contesto.
La proyección sigue, tengo a mi lado a Gustavo Villalba –así son los sueños, los personajes y las secuencias aparecen y desaparecen- y le digo susurrando.
-Negro, no sé cómo es que viene tanta gente a ver esto…
-Claro –me dice –si lo pueden ver en su celular en la casa, no tienen sentido.
A mi otro lado, casi hombro con hombro, está Leo Routin que me aclara lo que pasa:
-Es una charla motivacional, boludo, sobre la felicidad, yo lo sigo a este chavón, pero hoy no sé qué le pasa, no está bueno.
Miro la pantalla y en letras gigantes amarillas sobro fondo negro se lee “¿Qué es la felicidad?”
Estoy de nuevo en mi mesa junto a Damián y Maxi y se me ocurre decir que podemos tocar cuando termine la proyección y aprovechar que hay gente. Con buen tino Maxi me responde lo que ya sé, que estas personas no vinieron para vernos y que nos van a tirar con todo.
Estamos de nuevo los tres afuera y siento pesar por no haber tocado, se me ocurre proponer lo que suelo decir en estos casos, que hagamos de cuenta que es un ensayo con público, aunque en verdad adentro de la sala ni siquiera está el señor misterioso. Solo gente que desde otras salas pasa por ahí, o porque va al baño o a la barra o entra y sale.
Tomamos coraje y empezamos a tocar, cierro los ojos, me duele ver la sala vacía y de esa forma invento un público que está en mi cabeza. Mientras canto voy sintiendo la estática del micrófono. Alguien me empuja de atrás y golpeo fuerte mis dientes superiores delanteros en la boca del micrófono, tengo la sensación vívida de que me he quebrado un diente y me desespero, no podré hablar ni sonreir ni cantar hasta vender mi casa y arreglarlo. Me despierto. El corazón me late fuerte. Toco con la lengua mis paletas. Están ahí, están ahí. Me vuelve el alma al cuerpo. Suspiro. Hoy la felicidad es eso: saber que estás vivo y que tus dientes están ahí.
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